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El relato del agua como verdad revelada: la narrativa de Kuri y la sombra del autoritarismo


 “En Querétaro, el agua dejó de ser un derecho y se convirtió en dogma. Quien no cree en El Batán, es un traidor; quien pregunta, un enemigo; y quien exige transparencia, un hereje. Así no se gobierna: así se impone una fe ciega disfrazada de progreso.”


Salgo a caminar por la ciudad. Mismo recorrido de siempre. Mismo café de la esquina. Mismas calles. Pero algo ha cambiado. Ya no hay lonas del gobierno anunciando obras; ahora cuelga el silencio. Ya no se exhiben cifras, proyecciones ni estudios: se repiten eslóganes como letanías. “Agua para todos”, “tecnología de punta”, “infraestructura moderna”. El Batán, más que una política hídrica, se ha vuelto un evangelio. Uno donde la fe sustituye al dato, y la obediencia al debate.


Lo que el gobernador Mauricio Kuri presenta como una solución técnica, es en realidad una sofisticada narrativa de poder, construida meticulosamente para ocultar un modelo de endeudamiento estructural, dividir a la sociedad, y blindar un proyecto público con lógica privada, sin transparencia ni legitimidad democrática.


Detrás del discurso del agua, lo que se impone es un régimen narrativo donde el chantaje emocional, el relato ornamental y la exclusión del disenso operan como instrumentos de control, no de gobernanza. Y si algo enseña la teoría de la narrativa política, es que el relato no sólo explica el poder: lo produce.


El chantaje emocional como arquitectura de obediencia

La narrativa política del Proyecto El Batán se estructura desde el inicio sobre una disyuntiva falsa, pero emocionalmente poderosa: agua o caos. Este binarismo no busca informar, sino condicionar. George Lakoff lo explica con claridad: los relatos que mueven a las masas no apelan al dato, sino al marco moral. En este caso, la escasez se convierte en amenaza, y el proyecto, en salvación.


Así nace el chantaje emocional como forma de gobierno. Se invoca una crisis futura para desactivar la crítica presente. El ciudadano ya no puede preguntar sin culpa, sin parecer egoísta, mezquino o traidor al desarrollo. Este chantaje opera sobre cuatro pilares clave que identifican los estudios de Noël Carroll y Paul Ricoeur en la construcción de relatos ideológicos:


  • La amenaza: si no se aprueba El Batán, Querétaro se quedará sin agua.
  • La victimización: el gobierno es atacado por los que “no hacen nada”.
  • La culpabilización: quien se opone, “politiza el agua” o “quiere que fracase Querétaro”.
  • El control: se impide el debate bajo la excusa de la urgencia.


Así se construye un estado de excepción emocional, donde el ciudadano renuncia a la deliberación a cambio de una promesa de seguridad.



El relato ornamental: símbolos sin sustancia

Uno de los recursos narrativos más eficaces y peligrosos es el uso del referente internacional como decorado simbólico. En la narrativa de Kuri, Israel, Singapur o California son citados como ejemplos de vanguardia tecnológica. Pero jamás se presenta un solo cuadro comparativo. No hay cifras de eficiencia, costos por metro cúbico, ni marcos jurídicos semejantes.


Esto responde a lo que Christian Salmon llama “ornamentación narrativa”: el uso de símbolos prestigiosos para legitimar decisiones sin sustento. En palabras de Roland Barthes, son mitos modernos: signos vaciados de contenido, pero cargados de prestigio. El decorado sustituye al análisis. Y ese decorado tiene una función precisa: impedir que el ciudadano compare, cuestione o exija.


En este modelo, el discurso público ya no informa, sino que distrae. El relato no explica el proyecto, lo embellece.


Técnica sin transparencia: el argumento de autoridad vacía

Mauricio Kuri afirma que El Batán cuenta con “más de 40 estudios técnicos”, “tecnología de punta” y una “visión a 50 años”. Pero ninguno de esos documentos ha sido publicado en su totalidad. No hay estimaciones de litros por segundo. No se explica el modelo energético. No se detalla la operación ni el mantenimiento del sistema.


Este uso del tecnicismo sin prueba concreta es lo que Jacques Rancière denomina “consenso policial del saber”: una estrategia donde el saber no se discute, se impone. La técnica se convierte en una frontera infranqueable para el ciudadano. No para resolver, sino para excluir.


Aquí, el dato no está ausente: está secuestrado. Y quien lo controla, controla el sentido común de la política pública.



El Batán como narrativa del autoritarismo

Pero lo más preocupante no es la falta de técnica. Lo más preocupante es que esa falta se disfraza de virtud. El Batán es presentado como un proyecto tan “urgente”, tan “necesario”, tan “visionario”, que cualquier duda resulta inconveniente. Así se gesta la narrativa del autoritarismo: la que concentra decisiones, elimina el disenso, y manipula la información bajo el discurso de la eficiencia.


Como advierte Hannah Arendt, el autoritarismo no siempre se impone con violencia; muchas veces se cuela en el lenguaje, en los procesos, en la forma de comunicar. No hay necesidad de callar a la oposición si basta con no mencionarla. No hace falta censura directa si se margina toda pregunta fuera del guion.


En Querétaro, la democracia no ha sido abolida: ha sido silenciada bajo la alfombra de un PowerPoint.


Un proyecto opaco, una deuda invisible

Detrás de esta narrativa se esconde el verdadero rostro del proyecto: un manual de endeudamiento disfrazado de política hídrica. El Batán costará más de 41 mil millones de pesos, a pagarse en 30 años mediante una Asociación Público-Privada (APP). Sin consulta pública. Sin acceso al contrato. Sin garantía de que el volumen de agua justificará el costo.


Este modelo ya ha fracasado en otras latitudes. En el Reino Unido, la deuda pública asociada a las APP se quintuplicó en menos de dos décadas. Los costos se dispararon, los servicios se precarizaron, y muchas de esas alianzas fueron abandonadas por insostenibles. Todo eso bajo el mismo discurso: progreso, modernidad, urgencia, eficiencia.


Eso pasó allá, con Parlamento, prensa libre y ciudadanía organizada. Imaginen aquí.


Narrativa y simulacro

Cuando la narrativa se construye sobre el chantaje emocional, el ornamento internacional y el autoritarismo técnico, no se está discutiendo un proyecto hídrico: se está ensayando un nuevo régimen narrativo del poder.


Uno donde los contratos se firman con tinta invisible, las decisiones se toman a puerta cerrada y la ciudadanía sólo es llamada a creer, no a participar.


El Batán no es una política pública: es una ficción construida para endeudar, desmovilizar y silenciar.

Y en esa ficción, lo primero que se sacrifica es el derecho a la verdad.


Última escena 

Un gobierno que necesita inducir miedo para aprobar un proyecto, no confía en su proyecto.

Un gobierno que llama traidor a quien pregunta, no gobierna: impone.

Y un proyecto que se esconde detrás de símbolos y frases vacías, no busca resolver un problema: busca controlar un relato y esconder todo. 


Porque cuando el agua se convierte en dogma y la técnica en simulacro, la democracia ya no fluye: se estanca.


Y lo que debería ser una solución, se convierte —gota a gota— en una trampa financiera de endeudamiento. 



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