Desde el búnker estratégico de Querétaro
MIRADA CRÍTICA
Inteligencia Política · Narrativa · Poder
Por Raúl Reyes Gálvez es un consultor, estratega y analista político que interpreta la realidad desde la narrativa, el poder y la comunicación.
“ El poder de negociar rara vez nace de la fuerza que se tiene, sino de la duda que se siembra sobre ella” de Thomas C. Schelling, teórico de la negociación estratégica.
Son las cinco de la mañana. La Bialetti empieza a empujar el agua mientras la cocina permanece en silencio. Thomas Schelling enseñó que, en una negociación, el poder no siempre pertenece a quien conserva más opciones: a veces gana margen quien logra limitarse de manera creíble y obliga al otro a cargar con el costo de mover primero. La debilidad, bajo ciertas condiciones, se convierte en fuerza. Ricardo Astudillo Suárez, dirigente estatal del Partido Verde Ecologista de México, confirmó el 6 de septiembre de 2026 que el proceso para elegir al candidato de la coalición a la gubernatura de Querétaro sigue abierto y que falta una encuesta entre su perfil y el de Santiago Nieto. La pregunta que ordena esta disección no es si habrá o no una nueva medición, sino a quién conviene mantenerla como amenaza ya quién podría perjudicar convertirla en resultado.
La encuesta vale más mientras sigue cerrada
La posición más rentable para Astudillo continúa dentro de la coalición, con autonomía suficiente para negociar desde un lugar diferenciado. No necesita romper con Morena: necesita que Morena calcule que sostener al Verde adentro cuesta menos que enfrentarlo afuera. Ahí la encuesta deja de ser un procedimiento demoscópico y se convierte en instrumento de presión. Santiago Nieto Castillo, coordinador estatal designado por Morena, respondió que desconoce esa segunda medición y recordó que ya ganó dos ejercicios internos frente a cinco aspirantes. El secretario general del partido en el estado, Israel Alejandro Pérez Ibarra, fue más allá: dijo que Morena local no ha sido notificada y calificó el nombramiento de Nieto como irrevocable. Ese doble desmentido no cierra el asunto, lo confirma como disputa: nadie se toma el trabajo de negar una encuesta irrelevante dos veces en la misma semana. Astudillo, por su parte, confirmó que se reunirá con Nieto el 10 de septiembre sin que el desacuerdo represente ruptura. Mientras la ambigüedad sobreviva, el Verde sigue cobrando.
El riesgo empieza cuando Morena dice sí
Toda amenaza política carga una vulnerabilidad: la contraparte puede aceptarla. Si Morena admite la nueva medición, desaparece la ambigüedad que sostiene la capacidad negociadora del Verde y aparece una pregunta incómoda: cuánto pesa cada organización cuando la expectativa se sustituye por un número comparable. La senadora Beatriz Robles sostuvo públicamente que en la encuesta interna que definió la coordinación, Nieto quedó primero, Gilberto Herrera segundo, ella tercera, Astrid Ortega cuarta, Astudillo quinto y Luis Humberto Fernández sexto. No existe base pública completa de ese ejercicio, por lo que el orden no debe leerse como precisión estadística; sí revela que quien reclama volver a medirse no parte, según ese antecedente, de una posición de liderazgo.
Tener presencia no es tener ejército
El propio Astudillo cifra su aportación a la coalición en cerca de 85 mil votos en 2024. Comparada con la arquitectura completa de Morena, la cifra se lee distinta: en el Congreso local, de 25 diputaciones, Morena ocupa 10 y el Verde apenas 2. La encuesta de QM Estudios de Opinión para El Heraldo de México, del 25 de agosto de 2026, midió intención de voto por partido: 38 por ciento para el PAN, 35 para Morena y apenas 1 para el Verde. Tener presencia política no equivale a tener estructura: una cosa es contar con operadores y enclaves territoriales; otra es sostener secciones, colonias, universidades y enlaces capaces de movilizar de forma permanente. En digital ocurre lo mismo: un ejército se mide en comunidades articuladas, nodos de amplificación y producción distribuida de contenido, no en una cuenta activa administrada por un community manager. Esa es precisamente la infraestructura que el Verde no ha construido en Querétaro con la profundidad que exhibe Morena.
De Schelling a Sun Tzu: cuando la amenaza debe probarse
Hasta aquí, Schelling explica la mesa: cómo un actor menor negocia por encima de su peso limitando voluntariamente su margen. Pero ninguna negociación flota en el vacío, descansa sobre organización y capacidad de convertir la amenaza en hecho. Justo ahí termina la lógica de la restricción estratégica y empieza la evaluación de fuerzas: Schelling enseña cómo se fabrica poder negociador; Sun Tzu obliga a preguntar cuánto pesa ese poder cuando llega el momento de comparar ejércitos. El estratega chino sostuvo que antes del enfrentamiento deben compararse organización, disciplina, mando y preparación, y advirtió sobre el actor menor que calcula mal su fuerza frente a un adversario superior.
Traslado a Querétaro, ese cálculo previo tiene nombre concreto: el terreno es la militancia con presencia física sostenida en el estado; el mando es la cadena de operadores capaz de ejecutar una instrucción sin fricción interna; la disciplina es la capacidad de sostener un mensaje único durante semanas sin fuga. En esos tres indicadores Morena exhibe ventaja documentable en diputaciones, estructura territorial y aparato digital; el Verde, hasta ahora, solo ha mostrado el mando personal de Astudillo, no una cadena replicable sin él. Los dos marcos son complementarios, no opuestos: uno explica por qué la debilidad puede negociar como si fuera ventaja; el otro recuerda que ninguna ventaja negociadora borra la diferencia entre los ejércitos que sostienen a cada jugador.
En Italia, Matteo Renzi condujo durante años a Italia Viva, un partido con menos del 3 por ciento del voto nacional, como bisagra capaz de tumbar a los gobiernos amenazando con retirar su respaldo; la estrategia se agotó en 2022, cuando las urnas redujeron al partido a una fracción marginal del Parlamento y la amenaza quedó expuesta frente a la fuerza real que decía representar.
El principal activo del PVEM es su utilidad marginal dentro de una elección competida: un partido menor puede valer más adentro de una coalición porque sus votos y operadores modifican equilibrios estrechos, sin que eso lo convierta en equivalente del socio dominante. Ahí está la frontera del juego de Astudillo. Mientras la conversación permanece en el costo de una ruptura, el Verde eleva su precio porque Morena calcula cuánto perdería sin él; en cuanto la discusión pasa a una encuesta real, el problema cambia: deja de importar cuánto cuesta perder al socio y empieza a importar cuánto representa realmente ese socio.
El precio puede subir; el peso termina apareciendo
El verdadero riesgo para Astudillo no es que Morena recache la encuesta: una negativa fortalecería su relación y mantendría intacta la incertidumbre sobre cuánto cuesta perder al Verde. El riesgo empieza si Morena acepta, abre la medición y obliga a transformar una amenaza rentable en evidencia verificable. Ahí termina la ventaja de la niebla. La debilidad se convierte en fuerza cuando reduce opciones y obliga al otro a calcular costos, pero deja de serlo cuando pretende borrar una asimetría demasiado grande para sostenerse solo con negociación.
Cuando se apagan los micrófonos, el poder regresa a su anatomía básica: organización, territorio, militancia, redes y capacidad de movilización. Astudillo puede seguir cobrando mientras la pregunta permanezca abierta; en cuanto alguien —Morena, una encuestadora, la fecha del 10 de septiembre— decida cerrarla con un resultado, dejará de negociar con la niebla y empezará a negociar con el número exacto de su propio ejército.
Detrás de la exigencia de una nueva medición en la coalición de la Cuarta Transformación en Querétaro tarde una aritmética de poder que el Partido Verde no puede ganar.