En Querétaro, la filtración de dos encuestas convirtió el proceso interno del PAN en su primera crisis rumbo a 2027.
Desde el búnker estratégico de Querétaro
MIRADA CRÍTICA
Inteligencia Política · Narrativa · Poder
Por Raúl Reyes Gálvez es un consultor, estratega y analista político que interpreta la realidad desde la narrativa, el poder y la comunicación
“Quien dice organización dice oligarquía”. Robert Michels, Los partidos políticos (1911)
A las cinco de la mañana la Bialetti se arma en tres piezas, y la rosca que une el depósito con la jarra decide lo demás. Si queda floja, el vapor escapa por la junta con un silbido corto, la presión nunca alcanza para empujar el agua por el embudo y el café sale aguado o no sale. El fuego puede ser perfecto y la fuga ocurre en la unión.
El PAN de Querétaro vive ese momento. La filtración de dos encuestas a un periodista abrió una fuga en la pieza que une a sus aspirantes con su dirigencia: el procedimiento para elegir a la coordinación estatal de Cuidar Querétaro. Un partido que pierde presión en esa unión entra en terapia intensiva. La pregunta que ordena lo que sigue es si la dirigencia de Martín Arango conserva autoridad para apretar la rosca antes de 2027.
La fuga empezó antes de la filtración
La filtración es el episodio más visible de una secuencia. Primero se movieron las fechas, y las encuestas que iban a definir la coordinación a finales de septiembre perdieron calendario cierto. Después se abrió la invitación a la ciudadanía para participar y, en los hechos, se retiró. Al final dos mediciones llegaron a manos de un periodista y de ahí a las redes. Cada paso, por separado, admite una explicación administrativa. Juntos describen un proceso con fuga, una competencia interna cuyas reglas cambian mientras se juega y cuya información sale por canales que nadie autorizó en público.
Un proceso interno se sostiene con legitimidad, credibilidad y confianza, y la filtración desgasta las tres en el mismo movimiento. Quien quedó arriba en esas encuestas recibe un triunfo bajo sospecha; quien quedó abajo recibe un agravio con documento. Ambos salen convencidos de que el árbitro tomó partido, y esa convicción no se corrige con un comunicado de la dirigencia estatal.
El silencio como método de conducción
Frente a la competencia, la dirigencia eligió la veda. La práctica habitual en un proceso abierto deja crecer a los aspirantes mientras recorren los 18 municipios y miden su arrastre antes de la definición. El PAN queretano impuso silencio y aislamiento, como monjes cartujos que guardan clausura mientras afuera la competencia sigue. Movimiento Ciudadano y Morena nunca firmaron esa regla, y cada semana de clausura es una semana en que el electorado conoce mejor a los aspirantes de otros partidos y escucha menos a los del PAN, que tampoco pueden responder.
Steven Lukes llamó segunda dimensión del poder a la capacidad de decidir qué asuntos ni siquiera llegan a discutirse. La veda opera así: retira de la conversación pública la disputa interna y la deja en manos de quien administra fechas y encuestas. La contradicción aparece cuando el control del silencio coincide con la fuga de información. Una dirigencia que prohíbe hablar a sus aspirantes y deja circular sus encuestas exhibe que su silencio admite excepciones.
En un partido que durante décadas han conducido grupos y familias identificables, la dirigencia vale por su capacidad de arbitrar entre ellos. El epígrafe describe la tendencia de toda organización a concentrar las decisiones en una cúpula. En Querétaro la cúpula conserva el procedimiento y pierde el reconocimiento de quienes lo acatan, que es la materia prima de cualquier arbitraje. Los líderes de grupo entrevistados en la capital durante más de año y medio ya describían esa erosión antes de las encuestas, a propósito de promesas de campaña incumplidas.
Una crisis que el público juzga prevenible
W. Timothy Coombs clasifica las crisis por la responsabilidad que el público atribuye a la organización. Las que se perciben como prevenibles, producto de una falla de conducción, cargan la atribución más alta. Una filtración dentro de un proceso que la propia dirigencia diseñó y calendarizó cae en esa categoría. Para la conversación en redes, la identidad de quien entregó las encuestas al periodista pesa menos que la pregunta de por qué la dirigencia no lo evitó.
Martín Arango quedó colocado en esa posición. Con la filtración, el proceso que conduce tomó una ruta contraria a la que necesita un partido que llega a 2027 desde el gobierno estatal, y quedó abierto un camino inminente hacia la fractura. Cabe el argumento de que ninguna dirigencia controla a todos los encuestadores ni a todos los periodistas. El argumento es atendible y llega tarde, porque la atribución de responsabilidad ya se formó en el primer ciclo de conversación.
Proceso con fuga: una competencia cuyas reglas cambian mientras se juega.
La fractura tiene antecedente medible. La investigación de campo de esta columna documentó en la capital un bloque panista agraviado de entre 8 y 10 puntos, que en territorio se percibe entre 10 y 12. Sobre el cómputo de 2024, cuando la coalición PAN-PRI-PRD ganó el ayuntamiento con 252,293 votos frente a 205,254 de Morena-PVEM-PT, una disidencia de 10 puntos alcanzaba para perder la capital por 4,185 votos sin que un solo operador cambiara de partido. El margen era estrecho desde antes, porque en 73 de las 440 secciones la ventaja panista fue menor a 12 puntos. Ese cálculo se hizo antes de la filtración, y cada aspirante que hoy se siente agraviado por el proceso suma operadores a ese bloque.
La resta que favorece a terceros
El PAN de Querétaro es invencible mientras está unido. Dividido, pierde ese atributo y abre dos puertas. En la capital, Movimiento Ciudadano obtuvo 29,998 votos en 2024, 5.9% de la votación, y con Armando Rivera ofrece un destino disponible para el panista inconforme. En el estado, Santiago Nieto encuentra un escenario donde le basta con que el PAN reste. Morena-PVEM-PT llegó a 40.1% en la capital, y en todos los escenarios de disidencia esa cifra permanece igual mientras la ventaja panista desaparece.
Ambos beneficiarios cargan su propio límite. Un Movimiento Ciudadano que crece con votos prestados hereda un agravio ajeno, y un agravio se repara con más facilidad que una lealtad nueva.
Lo que la veda no pudo callar
El Partido Popular español recorrió una secuencia comparable en febrero de 2022. El choque entre la dirección nacional de Pablo Casado y la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso, detonado por información sobre un contrato que llegó a la prensa, se convirtió en una crisis de arbitraje en la que militancia y dirigentes regionales dejaron de reconocer a la dirección como juez. Casado anunció su salida en una semana y un congreso extraordinario en Sevilla eligió a Alberto Núñez Feijóo en abril de ese año. La diferencia limita la comparación. En España la contraparte tenía gobierno y votos propios, mientras en Querétaro el daño recae sobre la medición misma, el instrumento diseñado para dar certeza a todos.
Un partido resiste una derrota en encuesta con relativa facilidad. Le cuesta más resistir la sospecha de que la encuesta tuvo dueño, porque esa sospecha viaja de sección en sección sin necesidad de pruebas y se instala donde el PAN gana sus elecciones, en la colonia y en la casilla. La presión que no sube termina perdiéndose por la unión. En 2027 el PAN enfrentará primero la factura de su propio procedimiento y después a sus adversarios. Un partido que pidió silencio a sus aspirantes dejó que hablaran sus encuestas.