Si las cifras se sostienen, el 3 de noviembre convierte a Trump en un presidente que solo puede bloquear, y Querétaro lo sentirá primero en la aduana.
Desde el búnker estratégico de Querétaro
“Toda la política es local.”
Thomas P. «Tip» O'Neill, presidente de la
Cámara de Representantes de Estados Unidos (1977-1987)
A las cinco de la mañana, la Bialetti no avisa cuando el agua hierve. Avisa cuando la presión ya no cabe en el depósito de abajo y la válvula lateral empieza a silbar. Para entonces el proceso lleva varios minutos ocurriendo en silencio, contra el metal.
Estados Unidos tiene esa válvula programada para el martes 3 de noviembre, cuando se renuevan las 435 curules de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. El silbido de ese día se viene cargando desde marzo, cuando el choque petrolero empezó a empujar el precio de la gasolina.
Si los números de esta semana se sostienen, ese martes no se acaba el periodo de Donald Trump, que concluye el 20 de enero de 2029, pero sí su capacidad de gobernar con un Congreso que le aprueba lo que pide. La pregunta que ordena esta columna es qué hace con su pluma un presidente así y quién paga la cuenta. Llamo a lo que sigue presidencia de veto: un mandatario que conserva la firma para bloquear y para decretar, y que ya no consigue leyes.
La gasolina votó antes que los electores
La Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos publicó el miércoles 14 de octubre que la inflación anual de septiembre subió a 3.7%, desde 3.4% en agosto, y que la gasolina cuesta 34.2% más que hace un año. Solo en septiembre subió 9.1% y explicó más de la mitad del alza de todos los precios del mes. Llenar un tanque que en septiembre de 2025 costaba 100 dólares hoy cuesta alrededor de 134.
La aprobación del presidente siguió la misma curva. Ipsos midió 31% entre el 16 y el 19 de octubre, el nivel más bajo que esa encuestadora ha registrado en los dos mandatos de Trump, y 32% en el levantamiento que cerró el 26 de octubre. Cuatro mediciones seguidas de la misma casa desde el 20 de septiembre, todas entre 31% y 32%, ya dibujan un piso.
La idea de Tip O'Neill se vuelve literal en Estados Unidos: el surtidor de la esquina es la oficina de gobierno que más visita un votante. Ahí se lee un número en una pantalla, y ese número lo vio cada elector de los 50 estados durante seis meses.
La lectura cambia con un dato de la Reserva Federal, el banco central estadounidense. El 16 de septiembre, bajo Kevin Warsh, a quien el propio Trump eligió para encabezarla, subió la tasa de interés a un rango de 3.75% a 4%, la primera alza desde julio de 2023, por 12 votos a 0. Dicho de otro modo, el presidente nombró al hombre que encareció el crédito para autos, hipotecas y tarjetas siete semanas antes de la elección. Nombrar a alguien y poder ordenarle algo resultaron ser dos cosas distintas.
Los republicanos ya calculan cuánto cuesta seguirlo
Bruce Bueno de Mesquita, politólogo de la Universidad de Nueva York, explica la permanencia de un líder por la coalición que lo sostiene: mientras el jefe entregue beneficios a quienes lo mantienen en el cargo, ellos se quedan; cuando apartarse les cuesta menos que seguirlo, se van. Cada representante republicano conserva su escaño gracias a votantes que cargan gasolina cada semana, y la Casa Blanca no puede bajarles ese recibo.
Las propias mediciones de Ipsos ofrecen el indicador. Entre los republicanos, la aprobación de Trump bajó de 86% en enero a 73% en el levantamiento del 17 al 20 de septiembre. Trece puntos perdidos en la propia base pueden decidir un distrito competido. La teoría tiene un límite: anticipa el incentivo, pero no fecha la deserción, porque antes del 3 de noviembre todavía no hay votaciones nominales que la pongan a prueba.
Quien controla la Cámara decide qué se discute
Kalshi y Polymarket, plataformas donde la gente apuesta dinero real sobre resultados, daban el sábado 24 de octubre alrededor de 91% de probabilidad a una Cámara demócrata y 67% a un Senado demócrata. Dos de cada tres no equivale a certeza. Los republicanos tienen hoy 53 senadores contra 47, y los demócratas necesitan cuatro escaños netos, porque un empate lo rompe el vicepresidente republicano.
Peter Bachrach y Morton Baratz describieron en 1962 la segunda cara del poder: también manda quien decide qué temas nunca llegan a votarse. Una mayoría demócrata en la Cámara elegiría a los presidentes de las comisiones, citaría a funcionarios a declarar y, por disposición constitucional, tendría en sus manos el arranque de toda ley de impuestos. Como diputado local en Querétaro aprendí que quien controla el orden del día decide también qué asuntos se quedan esperando en un cajón.
El punto ciego está del lado de quien parece ganar. Aun con las dos cámaras, los demócratas no tendrían los dos tercios que exige la Constitución para anular un veto, así que toda ley que Trump rechace quedaría muerta. Desde enero, además, el precio del tanque llevaría también el nombre de la mayoría del Congreso, rumbo a la elección presidencial de 2028. Ganar ambas cámaras convierte a los demócratas en copropietarios de la factura que hoy le cobran a Trump.
Querétaro exporta a un país partido
Lo que el presidente pierda en leyes lo compensa con órdenes ejecutivas, aranceles y vetos, y para Querétaro esa compensación tiene cifras. Según Data México, de la Secretaría de Economía, 80.5% de lo que el estado exportó en 2024 fue a Estados Unidos, unos 13 mil 369 millones de dólares. Entre enero y marzo de 2026 vendió al exterior 4 mil 661 millones de dólares, el mayor monto para un primer trimestre, con las autopartes como primer producto.
Esas cajas salen de los parques industriales de El Marqués y del corredor aeroespacial de Colón hacia una frontera donde Washington cobra 10% a las mercancías mexicanas que no cumplen las reglas del T-MEC, el tratado comercial de América del Norte, en revisión desde el 1 de julio. Esos aranceles salieron de la Oficina Oval, y un Congreso opositor puede investigarlos, pero difícilmente revertirlos frente a un presidente dispuesto a vetar.
«Ganar ambas cámaras convierte a los demócratas en copropietarios de la factura que hoy le cobran a Trump.»
México conoce una escena parecida. La inflación de 1995 cerró cerca de 52% y la de 1997 en 15.72%. Aun con los precios a la baja, el 6 de julio de 1997 el PRI perdió por primera vez la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados, y ese mismo día Querétaro eligió a Ignacio Loyola, su primer gobernador panista. El votante castigó el precio que recordaba, y Ernesto Zedillo negoció cada presupuesto hasta el final del sexenio. La diferencia impide calcar ambos casos: en 1997 la oposición llegó repartida entre PAN, PRD y partidos menores, mientras que los demócratas llegarían como un solo bloque.
A Trump le quedan los aranceles
Trump hizo campaña prometiendo bajar los precios desde el primer día. La gasolina fue en sentido contrario y su propio presidente de la Reserva Federal encareció el crédito. Ninguna de las dos cosas pasó por el Congreso, y las dos llegaron a la boleta.
Ahí aparece la contradicción que deja el martes. A una presidencia de veto le quedan sobre todo los decretos comerciales, y los aranceles encarecen lo que compran los mismos votantes que hoy castigan los precios. La presión no desaparece con la elección; busca otra salida, y la que tiene más a mano es la aduana.
Cada arancel que Trump firme para demostrar que aún manda terminará en el precio de la misma bomba que hoy le está cobrando.



