martes, 26 de agosto de 2025

El Mayo, Washington y la soberanía en ruinas

 



“El Mayo confesó, Washington aplaudió… y México quedó desnudo: narco, poder y soberanía en ruinas.”


El 25 de agosto de 2025 no fue un lunes cualquiera. Fue un lunes negro. Ese día, Ismael “El Mayo” Zambada, uno de los hombres más buscados en la historia del narcotráfico, se declaró culpable en una corte de Nueva York. No lo hizo en México, no fue un tribunal mexicano el que escuchó sus confesiones sobre toneladas de droga traficada, sobre sobornos a policías, militares y políticos. Fue Estados Unidos quien se arrogó el derecho de juzgarlo, quien retuvo los bienes y quien exhibió ante el mundo lo que aquí siempre supimos, pero rara vez se quiso reconocer: que México tiene una narcopolítica incrustada hasta la médula.


El problema no es solo Zambada. El problema es lo que revela su confesión: un Estado que entregó su soberanía judicial, que se resignó a mirar cómo el vecino del norte se queda con los capos y con sus fortunas, mientras en territorio mexicano quedan los muertos, las viudas y los huérfanos. Más de 1,500 vidas se apagaron en Sinaloa tras su captura y extradición. La ecuación es insultante: ellos obtienen resultados, nosotros acumulamos cadáveres.



La nueva narrativa de Sheinbaum: continuidad o ruptura



Claudia Sheinbaum ha intentado diferenciarse de Andrés Manuel López Obrador en el terreno de la relación bilateral. Mientras su antecesor se enredaba en desplantes retóricos contra Donald Trump, ella ha optado por una diplomacia pragmática: resultados, no discursos. Lo deja ver en su cálculo inmediato: entregar capos, exhibir operativos y ganar oxígeno frente a las presiones de Washington.


El respaldo de la fiscal general estadounidense, Pam Bondi, a la administración mexicana no es gratuito. Washington necesita mostrar que la guerra contra las drogas sigue viva y que la Casa Blanca de Trump puede presumir logros históricos en la captura de líderes criminales. A cambio, Sheinbaum consigue lo que considera un respiro en otras áreas: la negociación del T-MEC, la contención de las voces trumpistas que claman por operaciones militares en suelo mexicano, y un margen político para evitar embestir directamente contra gobernadores o senadores de su propio partido vinculados al narco.


Pero aquí se abre la grieta narrativa: ¿puede un gobierno que se proclama como la cuarta transformación de México sostener un discurso de soberanía, cuando la justicia contra los capos se libra en cortes extranjeras? ¿Puede hablar de ruptura histórica con el pasado cuando repite la misma lógica de entregar a Estados Unidos a quienes deberían ser juzgados en territorio nacional?



El juego político: arrestos diferidos y sacrificios calculados


En Palacio Nacional existe la creencia de que los arrestos pueden dosificarse. Primero Iván Archibaldo Guzmán, pieza de cambio para demostrar eficacia y contener a Trump. Después, eventualmente, algún político menor para simular mano dura. Lo que se busca evitar es lo inminente: que las investigaciones estadounidenses terminen alcanzando a figuras centrales del oficialismo, como gobernadores o líderes legislativos.


Es la política como ajedrez: sacrificar peones para salvar a la reina. Pero en este juego, las reglas no las dicta México, sino Washington. La visita confirmada de Marco Rubio en septiembre es prueba de ello: Estados Unidos marca los tiempos y los temas. Y el gobierno mexicano, atrapado entre la necesidad de sobrevivir políticamente y el miedo a exhibir su propia narcopolítica, acepta el rol de socio menor en un tablero que debería disputar con dignidad.



La teoría política de la corrupción aplicada a México



La corrupción, decía Karl Popper, no es solo un abuso de poder sino un quiebre del pacto social que sostiene a la democracia. Cuando la corrupción se convierte en sistema, el Estado deja de ser garante del interés público y pasa a ser operador de intereses privados. Eso es lo que revela el caso Zambada: que el narcotráfico y la política mexicana no son mundos paralelos, sino vasos comunicantes.


La lista de once políticos —gobernadores en funciones, exmandatarios, fiscales, jueces— vinculados por investigaciones periodísticas con distintos cárteles confirma que el fenómeno no tiene color partidista: es transversal. Y la confesión de El Mayo ante un tribunal extranjero le da a esa lista un peso que ninguna declaración presidencial puede neutralizar.


México queda así expuesto en el escenario internacional: como un país que no controla a sus criminales, que no juzga a sus corruptos y que permite que otro Estado haga el trabajo. El costo no es solo simbólico: es la erosión de la legitimidad interna y la fragilidad de la narrativa soberana.



La herida de la soberanía


El triunfo que Estados Unidos presume tiene un lado oscuro: el injerencismo. Zambada no cayó por la fortaleza institucional de México, sino por una operación avalada y orquestada desde Washington. El resultado es una herida profunda en la soberanía.


La presidenta puede aprobar nuevas leyes, puede reorganizar el Poder Judicial, puede intentar construir un discurso distinto. Pero nada borrará la imagen de un capo mexicano confesando ante un juez extranjero lo que los jueces mexicanos nunca escucharon. Nada borrará la evidencia de que la justicia, cuando se trata de los grandes peces, no ocurre aquí, sino allá.



Última escena: el teatro de la justicia



Imagino la última escena como un teatro invertido. En Nueva York, un juez estadounidense dicta sentencia contra un hombre que durante medio siglo fue el fantasma del narco. En México, los políticos se observan en silencio, midiendo sus palabras, temiendo que el eco de esas confesiones los alcance. Afuera, la sociedad se pregunta cómo fue posible que un Estado entero funcionara tanto tiempo al servicio de un criminal.


Lo dramático es que no es solo la historia de Zambada: es la historia de México expuesta ante el mundo. Washington presume justicia, la 4T presume pragmatismo, y el país queda desnudo, sin soberanía judicial, con un sistema político señalado y con la mancha indeleble de la narcopolítica.


Ese es el verdadero desafío de Sheinbaum: romper no con la retórica de su antecesor, sino con los hechos que hoy la igualan. Porque si México no puede juzgar a sus propios criminales, la promesa de transformación queda reducida a simulacro. Y un país que convierte la justicia en espectáculo ajeno es un país que sigue siendo rehén de su propia sombra.


jueves, 21 de agosto de 2025

La narrativa del poder vacío: El liderazgo posgobernante y la construcción simbólica del consenso en Querétaro

 



“No gobierna, pero decide. No compite, pero elige. El poder ya no está en el sillón: está en la sombra que lo espera."



En la política, el poder no siempre reside en el cargo, sino en la capacidad de narrar la realidad. En Querétaro, mientras el gobernador Mauricio Kuri González ejerce el poder formal del Estado, una figura posgobernante —Francisco Domínguez Servién— ha comenzado a ocupar un espacio más poderoso: el de la narrativa. No gobierna, pero define. No impone, pero sugiere. No compite, pero decide. Este fenómeno no es un accidente institucional; es una manifestación clara de lo que la teoría de la narrativa política denomina el poder simbólico del exlíder: aquel que, tras abandonar el trono, se convierte en el guardián del sentido.


El caso de “Pancho” Domínguez no es nuevo en la historia política mexicana, pero sí es paradigmático en su ejecución contemporánea. Su aparición reciente en el programa Revelaciones, lejos de ser un simple acto mediático, constituye un momento fundacional en la construcción de una narrativa hegemónica: la del liderazgo postergado por el bien común. En este relato, Domínguez se presenta no como un aspirante, sino como un árbitro moral; no como un rival, sino como un garante de la unidad. Y en esta construcción, el vacío de poder dejado por Kuri —un vacío aún no visible, pero ya estructural— comienza a llenarse con una figura que, aunque no ostenta cargo, sí ejerce influencia.


El vacío de poder: más allá del cargo


El concepto de "vacío de poder" suele asociarse a crisis institucionales o sucesiones inciertas. Pero en contextos estables como Querétaro, el vacío no es institucional, sino narrativo. A medida que un gobernador se acerca al final de su mandato, su capacidad para definir el futuro se erosiona. Ya no es el centro de la historia; es parte del pasado inmediato. Kuri, aunque aún en funciones, ha comenzado a transitar hacia esa condición: su tiempo como actor principal se agota. El poder narrativo —la facultad de decir quién será, quién debe ser, quién puede ser— comienza a desplazarse.


Aquí es donde Domínguez irrumpe con una estrategia de desplazamiento simbólico. No dice: “yo debería ser”. Dice: “yo no pelearé”. No propone: “yo soy el mejor”. Asegura: “Kuri elegirá”. En apariencia, esto es humildad. En realidad, es una operación de *legitimación por delegación*. Al reconocer a Kuri como el árbitro de la sucesión, Domínguez se coloca por encima del conflicto, pero no por fuera de él. Se convierte en el testigo autorizado, el narrador que puede decir: “esto es así porque debe ser así”.


La narrativa política: el poder de contar quién es quién


La teoría de la narrativa política, desarrollada por autores como Mark Fishman, Murray Edelman y más recientemente por Roger Chartier y Frank Ankersmit, sostiene que el poder no se ejerce solo mediante decisiones, sino mediante historias. Los actores políticos no solo compiten por votos o cargos; compiten por quién tiene derecho a contar la historia del presente.


En este sentido, Domínguez no está construyendo un discurso electoral, sino una *mitología política*. Su narrativa se articula en tres ejes:


1. La unidad como virtud cívica: “La división hace que pierda, el que no llega unido”. Aquí, el interés personal se convierte en pecado, y la sumisión al elegido en acto de patriotismo emocional. Esta retórica no es nueva —es la vieja moral del partido único— pero se actualiza con un tono posmoderno: no se impone, se *invita* a la obediencia.


2. La deslegitimación de las tribus: “Enemigo de las tribus… Kuristas, Panchistas, Anayistas”. Esta frase, aparentemente inclusiva, es profundamente excluyente. Al condenar las etiquetas, Domínguez las reproduce. No se puede prohibir un nombre sin antes reconocer su existencia. Y al hacerlo, él mismo se convierte en la única figura que puede trascenderlas. Él no es “panchista”, es “Pancho”. El nombre propio se convierte en marca, en símbolo de una autoridad que se niega a ser categorizada.


3. El sacrificio como capital simbólico: “No me encarto… doy paso a las nuevas generaciones”. Esta narrativa del retiro voluntario es una de las más poderosas en la política posmoderna. No es debilidad; es fortaleza disfrazada de renuncia. Como el César que se retira a su villa, Domínguez se presenta como quien podría volver, pero elige no hacerlo. Y en esa elección, acumula capital moral: el del que no necesita el poder para tener influencia.


El ungido y el pacto de silencio


Lo más revelador del mensaje de Domínguez es su afirmación de que Kuri elegirá al candidato. Sólo a uno. Aquí, el proceso democrático —tan cacareado en los discursos partidistas— se subordina a una lógica de designación simbólica. No se trata de que gane el mejor, sino de que sea aceptado el elegido. Y el mecanismo de aceptación no es el voto, sino la sumisión colectiva. “Tendrán que sumarse, cerrar filas. Hacer una operación cicatriz”.


Este lenguaje no es democrático; es terapéutico. La política se convierte en una cura para la herida de la división. El candidato no es un contendiente, sino un antídoto. Y el exgobernador, en este esquema, no es un actor, sino un sacerdote de la reconciliación.


Pero hay un trasfondo más siniestro: la descalificación de la competencia interna como traición. Al decir que los demás deben tener “humildad”, Domínguez está definiendo lo que no debe ser: un aspirante que cuestione el orden. Y al mencionar a Felifer, Del Prete, Nava, Dorantes y Guerrero como figuras con “madurez política”, está trazando una línea entre quienes están dentro del relato y quienes podrían estar fuera. El mensaje es claro: el poder no se conquista, se recibe. Y quien lo recibe, lo hace por gracia, no por mérito.


El legado y el potrillo: la dinastía simbólica


El toque final de esta narrativa es la mención de su hijo, Francisco Domínguez Castro, a quien describe como “cercano al PAN”, aunque “no afiliado”. Aquí, Domínguez realiza una operación de sucesión simbólica sin sucesión formal. No impone a su heredero, pero lo presenta como el natural. El mensaje no es “él será”, sino “él podría ser”. Y en esa ambigüedad, reside el poder: el de sembrar el futuro sin parecer que lo controla.


Este gesto recuerda a las dinastías políticas europeas, donde el rey abdica, pero deja a su hijo como príncipe heredero. En Querétaro, no hay monarquía, pero hay monarquía simbólica. Y Pancho, aunque no use corona, ya ha comenzado a designar al sucesor.


Última escena: el poder que no se ve, pero todo lo mueve


El vacío de poder que deja Kuri no será llenado por un nuevo gobernador, sino por una narrativa. Y esa narrativa ya tiene autor: Francisco Domínguez Servién. Él no busca el cargo, porque ya tiene algo más valioso: la capacidad de definir quién lo obtendrá. En política, eso es el poder absoluto disfrazado de ausencia.


Como escribiera Pierre Bourdieu, el poder simbólico es aquel que se ejerce sin que se note que se ejerce. Domínguez no da órdenes; da consejos. No impone; sugiere. No compite; bendice. Y en ese gesto, reinstala un orden donde él, aunque no gobierne, sigue siendo el centro.


La pregunta no es si ganará en 2027. La pregunta es si alguien podrá ganar sin su palabra. Porque en Querétaro, ya no basta con tener votos. Se necesita, también, la narrativa. Y por ahora, esa narrativa tiene dueño.


Pancho no pelea.  Pero gana.

lunes, 18 de agosto de 2025

Morena: entre la élite dorada y la militancia empobrecida, la crisis de un partido en el poder

 

“Morena nació prometiendo austeridad y justicia; hoy enfrenta lujos, corrupción y acusaciones de narcopolítica que amenazan con devorar su propia legitimidad.”



Cuando Morena nació, se presentó como la antítesis del viejo régimen: un movimiento que hablaba de austeridad republicana, de humildad juarista, de un “primero los pobres” que galvanizó a millones de mexicanos cansados de las élites políticas. Ese relato fundacional fue suficiente para conquistar la presidencia en 2018 y arrasar en las urnas a lo largo del país. Sin embargo, hoy, apenas siete años después, la fuerza que prometía regenerar la vida pública enfrenta una crisis interna profunda, que combina viejos vicios con nuevas ambiciones.


El contraste es brutal: una dirigencia convertida en élite dorada, con estilos de vida de millonarios, frente a una militancia que sigue en la precariedad y que observa, con desconcierto y rabia, cómo la narrativa de la austeridad se derrumba.


El peso del legado y la fragilidad de la unidad

Claudia Sheinbaum, presidenta nacional de Morena, enfrenta un reto que pocos desean: gobernar un partido que todavía vive bajo la sombra de su fundador. Andrés Manuel López Obrador mantiene una influencia centralizada, casi autoritaria, sobre la vida interna del movimiento. Pero su figura ya no garantiza cohesión. Morena se fragmenta porque la disciplina obradorista funcionaba como cemento simbólico; sin él en la primera línea, la fractura se vuelve inevitable.


Las tensiones son visibles en el Congreso: se estima que alrededor del 40% de los legisladores que integran el frente oficialista no son plenamente afines a Morena. Varios provienen de alianzas pragmáticas, de partidos satélite o de negociaciones de coyuntura. Esa diversidad, que en 2018 parecía un activo, hoy se traduce en deslealtades y rebeliones soterradas.


Corrupción, opacidad y la sombra de los viejos vicios

La austeridad republicana fue un mito eficaz, pero el mito se rompió. Más de 100 casos de presunta corrupción durante el sexenio anterior han estallado en medios y tribunales, erosionando la credibilidad del partido. Los nombres son conocidos: desde contratos inflados en Dos Bocas, hasta redes de influencia en Sembrando Vida. El propio dirigente nacional de Morena, Mario Delgado, arrastra cuestionamientos sobre la opacidad en el manejo de recursos partidistas, mientras cuadros históricos como Yeidckol Polevnsky quedaron marcados por negocios inmobiliarios dudosos.


El resultado es un partido que, mientras sigue administrando un poder inmenso a nivel federal, estatal y municipal, ya no puede sostener con credibilidad el discurso de la pobreza franciscana. Morena se convirtió en lo que juró destruir: una maquinaria con élites ricas y militancia pobre.


Las tribus: el PRD reencarnado

Lo que más preocupa es la repetición del viejo guion del PRD: el surgimiento de tribus internas. Morena ya no es un bloque compacto. Al contrario, se divide en corrientes que disputan candidaturas, contratos y poder simbólico. El enfrentamiento público entre Adán Augusto López y Ricardo Monreal sobre irregularidades financieras en el Senado fue apenas un preludio: se trata de la institucionalización del faccionalismo.


Estas tribus no solo desgastan; pueden incubar rupturas. Ya existen voces internas que plantean la creación de un nuevo partido que garantice estabilidad hasta 2030 en caso de que Morena pierda la mayoría legislativa. Un escenario que parecía impensable en 2018 hoy es parte del cálculo político.


Gobernadores contra gobernadores: el fuego amigo

Las acusaciones cruzadas entre gobernadores de Morena, actuales y anteriores, reflejan un deterioro acelerado. En redes sociales, en ruedas de prensa o incluso en tribunales, se lanzan denuncias sobre corrupción, pactos con el crimen organizado y manejo delictivo de recursos. La llamada “familia morenista” se ha convertido en un campo de batalla donde cada grupo busca sobrevivir o ampliar su cuota de poder.


Mientras tanto, la ciudadanía observa con desconfianza. Lo que alguna vez fue percibido como un proyecto ético hoy aparece como un espejo más del sistema político mexicano, plagado de soberbia y ambición.


La élite dorada y la militancia empobrecida

El problema no es solo ético; es simbólico. Morena, que surgió como el partido de los pobres, es dirigido hoy por una cúpula millonaria. Andy López Beltrán viajando a Tokio con facturas de lujo, Mario Delgado cenando en Lisboa, Monreal hospedándose en hoteles exclusivos, Bartlett acumulando propiedades: todo ello dibuja un retrato de una élite desconectada de las bases.


La militancia, en cambio, sigue siendo la que llena mítines, pega carteles, recorre barrios con sus propios recursos. Una militancia pobre que mira con frustración cómo la austeridad se volvió privilegio de discurso y no de vida.


El “efecto Trump”: crimen organizado y la lista negra

A esta crisis doméstica se suma un factor externo que la agrava: el regreso de Donald Trump con un discurso agresivo hacia México. En su narrativa de campaña, Trump señaló  que líderes políticos mexicanos de estar vinculados al crimen organizado, filtrado de haber recibido dinero para financiar campañas y de figurar en listas de políticos ligados al narcotráfico y al huachicol.


Este señalamiento, amplificado veladamente por agencias estadounidenses y replicado en medios internacionales, coloca a Morena en un terreno aún más pantanoso. No se trata solo de presiones diplomáticas o arancelarias: se trata de una acusación que toca el corazón de su legitimidad. Mientras Sheinbaum intenta mantener la unidad interna, Trump alimenta la percepción de que Morena es un partido penetrado por los cárteles, debilitando así su imagen ante la opinión pública nacional e internacional.


El “efecto Trump” no une al partido en torno a la defensa de la soberanía, como muchos imaginarían; por el contrario, profundiza las divisiones. Algunos cuadros plantean negociar y minimizar tensiones; otros, atrincherarse en un discurso nacionalista. En cualquier caso, la acusación de vínculos con el narco se convierte en un catalizador que agudiza la crisis interna de Morena, dejándolo vulnerable frente a su propio electorado y frente a la presión externa.


Última escena

Morena no está en crisis porque la oposición sea fuerte; está en crisis porque se está traicionando a sí mismo. Las tribus internas, los escándalos de corrupción, la élite dorada que se pasea entre lujos mientras el pueblo sobrevive apenas con programas sociales: todo ello dibuja la paradoja de un movimiento que nació para transformar y hoy se consume en su propia contradicción.


El gran dilema de Claudia Sheinbaum será si tiene la fuerza y la legitimidad para someter a los nuevos millonarios de la 4T y reconstruir un relato de credibilidad. De no hacerlo, Morena corre el riesgo de repetir la historia del PRI y el PRD: partidos que creyeron ser eternos y terminaron devorados por su soberbia.


La austeridad republicana murió. Lo que está por verse es si con ella morirá también la promesa de la Cuarta Transformación. Y ahora, con Trump señalando la complicidad con el crimen organizado, esa pregunta se vuelve todavía más urgente.




📌 Fuentes consultadas:

[1] Buzos: Fracturas y crisis internas en Morena, el inicio de su declive

[2] Alfonso Zárate: ¿Crisis en Morena?

[3] Político MX

[4] José Ramón Cossío: Escándalo o pecado: la crisis en Morena