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Morena: entre la élite dorada y la militancia empobrecida, la crisis de un partido en el poder

 

“Morena nació prometiendo austeridad y justicia; hoy enfrenta lujos, corrupción y acusaciones de narcopolítica que amenazan con devorar su propia legitimidad.”



Cuando Morena nació, se presentó como la antítesis del viejo régimen: un movimiento que hablaba de austeridad republicana, de humildad juarista, de un “primero los pobres” que galvanizó a millones de mexicanos cansados de las élites políticas. Ese relato fundacional fue suficiente para conquistar la presidencia en 2018 y arrasar en las urnas a lo largo del país. Sin embargo, hoy, apenas siete años después, la fuerza que prometía regenerar la vida pública enfrenta una crisis interna profunda, que combina viejos vicios con nuevas ambiciones.


El contraste es brutal: una dirigencia convertida en élite dorada, con estilos de vida de millonarios, frente a una militancia que sigue en la precariedad y que observa, con desconcierto y rabia, cómo la narrativa de la austeridad se derrumba.


El peso del legado y la fragilidad de la unidad

Claudia Sheinbaum, presidenta nacional de Morena, enfrenta un reto que pocos desean: gobernar un partido que todavía vive bajo la sombra de su fundador. Andrés Manuel López Obrador mantiene una influencia centralizada, casi autoritaria, sobre la vida interna del movimiento. Pero su figura ya no garantiza cohesión. Morena se fragmenta porque la disciplina obradorista funcionaba como cemento simbólico; sin él en la primera línea, la fractura se vuelve inevitable.


Las tensiones son visibles en el Congreso: se estima que alrededor del 40% de los legisladores que integran el frente oficialista no son plenamente afines a Morena. Varios provienen de alianzas pragmáticas, de partidos satélite o de negociaciones de coyuntura. Esa diversidad, que en 2018 parecía un activo, hoy se traduce en deslealtades y rebeliones soterradas.


Corrupción, opacidad y la sombra de los viejos vicios

La austeridad republicana fue un mito eficaz, pero el mito se rompió. Más de 100 casos de presunta corrupción durante el sexenio anterior han estallado en medios y tribunales, erosionando la credibilidad del partido. Los nombres son conocidos: desde contratos inflados en Dos Bocas, hasta redes de influencia en Sembrando Vida. El propio dirigente nacional de Morena, Mario Delgado, arrastra cuestionamientos sobre la opacidad en el manejo de recursos partidistas, mientras cuadros históricos como Yeidckol Polevnsky quedaron marcados por negocios inmobiliarios dudosos.


El resultado es un partido que, mientras sigue administrando un poder inmenso a nivel federal, estatal y municipal, ya no puede sostener con credibilidad el discurso de la pobreza franciscana. Morena se convirtió en lo que juró destruir: una maquinaria con élites ricas y militancia pobre.


Las tribus: el PRD reencarnado

Lo que más preocupa es la repetición del viejo guion del PRD: el surgimiento de tribus internas. Morena ya no es un bloque compacto. Al contrario, se divide en corrientes que disputan candidaturas, contratos y poder simbólico. El enfrentamiento público entre Adán Augusto López y Ricardo Monreal sobre irregularidades financieras en el Senado fue apenas un preludio: se trata de la institucionalización del faccionalismo.


Estas tribus no solo desgastan; pueden incubar rupturas. Ya existen voces internas que plantean la creación de un nuevo partido que garantice estabilidad hasta 2030 en caso de que Morena pierda la mayoría legislativa. Un escenario que parecía impensable en 2018 hoy es parte del cálculo político.


Gobernadores contra gobernadores: el fuego amigo

Las acusaciones cruzadas entre gobernadores de Morena, actuales y anteriores, reflejan un deterioro acelerado. En redes sociales, en ruedas de prensa o incluso en tribunales, se lanzan denuncias sobre corrupción, pactos con el crimen organizado y manejo delictivo de recursos. La llamada “familia morenista” se ha convertido en un campo de batalla donde cada grupo busca sobrevivir o ampliar su cuota de poder.


Mientras tanto, la ciudadanía observa con desconfianza. Lo que alguna vez fue percibido como un proyecto ético hoy aparece como un espejo más del sistema político mexicano, plagado de soberbia y ambición.


La élite dorada y la militancia empobrecida

El problema no es solo ético; es simbólico. Morena, que surgió como el partido de los pobres, es dirigido hoy por una cúpula millonaria. Andy López Beltrán viajando a Tokio con facturas de lujo, Mario Delgado cenando en Lisboa, Monreal hospedándose en hoteles exclusivos, Bartlett acumulando propiedades: todo ello dibuja un retrato de una élite desconectada de las bases.


La militancia, en cambio, sigue siendo la que llena mítines, pega carteles, recorre barrios con sus propios recursos. Una militancia pobre que mira con frustración cómo la austeridad se volvió privilegio de discurso y no de vida.


El “efecto Trump”: crimen organizado y la lista negra

A esta crisis doméstica se suma un factor externo que la agrava: el regreso de Donald Trump con un discurso agresivo hacia México. En su narrativa de campaña, Trump señaló  que líderes políticos mexicanos de estar vinculados al crimen organizado, filtrado de haber recibido dinero para financiar campañas y de figurar en listas de políticos ligados al narcotráfico y al huachicol.


Este señalamiento, amplificado veladamente por agencias estadounidenses y replicado en medios internacionales, coloca a Morena en un terreno aún más pantanoso. No se trata solo de presiones diplomáticas o arancelarias: se trata de una acusación que toca el corazón de su legitimidad. Mientras Sheinbaum intenta mantener la unidad interna, Trump alimenta la percepción de que Morena es un partido penetrado por los cárteles, debilitando así su imagen ante la opinión pública nacional e internacional.


El “efecto Trump” no une al partido en torno a la defensa de la soberanía, como muchos imaginarían; por el contrario, profundiza las divisiones. Algunos cuadros plantean negociar y minimizar tensiones; otros, atrincherarse en un discurso nacionalista. En cualquier caso, la acusación de vínculos con el narco se convierte en un catalizador que agudiza la crisis interna de Morena, dejándolo vulnerable frente a su propio electorado y frente a la presión externa.


Última escena

Morena no está en crisis porque la oposición sea fuerte; está en crisis porque se está traicionando a sí mismo. Las tribus internas, los escándalos de corrupción, la élite dorada que se pasea entre lujos mientras el pueblo sobrevive apenas con programas sociales: todo ello dibuja la paradoja de un movimiento que nació para transformar y hoy se consume en su propia contradicción.


El gran dilema de Claudia Sheinbaum será si tiene la fuerza y la legitimidad para someter a los nuevos millonarios de la 4T y reconstruir un relato de credibilidad. De no hacerlo, Morena corre el riesgo de repetir la historia del PRI y el PRD: partidos que creyeron ser eternos y terminaron devorados por su soberbia.


La austeridad republicana murió. Lo que está por verse es si con ella morirá también la promesa de la Cuarta Transformación. Y ahora, con Trump señalando la complicidad con el crimen organizado, esa pregunta se vuelve todavía más urgente.




📌 Fuentes consultadas:

[1] Buzos: Fracturas y crisis internas en Morena, el inicio de su declive

[2] Alfonso Zárate: ¿Crisis en Morena?

[3] Político MX

[4] José Ramón Cossío: Escándalo o pecado: la crisis en Morena


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