martes, 22 de abril de 2025

El Cónclave: una partida de ajedrez en la penumbra del poder

 


“En el ajedrez del poder, ni la fe ni la astucia bastan: solo quien entiende las sombras decide el destino del juego”


Una elección papal no es solo un acto de fe. Es también —y tal vez sobre todo— un rito del poder. La película Cónclave (2024), dirigida por Edward Berger, es una demostración precisa y perturbadora de ello. Quien piense que en la Capilla Sixtina solo se reza, no ha entendido nada del ajedrez político que se juega bajo sus frescos. Cada sotana oculta una estrategia, cada rezo una táctica, y cada voto, una jugada con consecuencias históricas. No estamos ante un drama religioso, sino frente a una disección quirúrgica del poder en su forma más pura: la lucha por el mando entre iguales que se dicen hermanos, pero se mueven como enemigos en un tablero de alianzas frágiles y ambiciones voraces.


El gran acierto de Cónclave es mostrar que el poder no necesita del estruendo para consolidarse. A veces, basta el silencio, la mirada, el gesto calculado. En ese sentido, el filme es una clase magistral de narrativa política donde las palabras pesan menos que las intenciones, y donde la historia se decide no por lo que se dice, sino por lo que se calla. La elección del nuevo Papa —esa figura que cargará con los pecados, esperanzas y contradicciones de mil millones de fieles— se transforma en un campo de batalla donde el dogma, la tradición y el cambio se enfrentan con una crudeza que desmonta la fantasía de santidad.


Las piezas en movimiento


Cada cardenal en la película encarna una corriente, un mundo, una memoria. Bellini, progresista y reluctante; Adeyemi, disruptivo y mestizo; Tedesco, conservador y reaccionario; Tremblay, pragmático y maquiavélico. Y en el centro, el cardenal Lawrence, decano y equilibrista, atrapado entre la obediencia al ritual y la conciencia de que el Vaticano, como cualquier poder, se pudre cuando el secreto se convierte en sistema.


Ninguno de ellos es santo. Todos juegan. Todos ocultan. Todos tienen un precio. Y eso no los hace menos humanos, sino más reales. La película nos recuerda que el poder siempre ha estado hecho de carne, no de dogmas. Los escándalos que estallan —desde la ocultación de abusos hasta la manipulación de votos— no son excepciones sino síntomas de una lógica de supervivencia política que impregna incluso los lugares donde supuestamente habita la divinidad.


Y aquí radica la profundidad de la cinta: en desmontar la imagen idílica de la Iglesia sin necesidad de atacarla. No es un filme contra la fe, sino contra la hipocresía. No es un ataque al cristianismo, sino a quienes lo usan como escudo para perpetuar privilegios, lavar culpas o blindar intereses.


Un tablero cerrado, una partida abierta


El cónclave, como espacio físico y simbólico, es el claustro perfecto para que el poder se vuelva teatro. No hay prensa, no hay cámaras, no hay público. Solo actores encerrados, sin escapatoria, obligados a desenmascararse entre ellos. La política, despojada de ornamentos, se convierte en lo que es: un juego crudo donde cada quien calcula, mide, esconde. El ajedrez aquí no es solo una metáfora: es la arquitectura profunda del relato.


Cada votación es un movimiento. Cada discurso, una amenaza. Cada silencio, una advertencia. La estrategia se despliega en la oscuridad, porque solo en la penumbra se forjan las verdaderas decisiones. La tensión no se resuelve con mayorías simples, sino con equilibrios precarios, con pactos invisibles, con claudicaciones que nadie admite pero todos comprenden. El humo blanco que sale de la chimenea no anuncia la voluntad divina, sino el momento en que los jugadores han acordado dejar de combatir.


Y sin embargo, lo más perturbador es el final. Ese giro inesperado que revela un secreto devastador y deja claro que, incluso cuando se cree haber ganado, el poder siempre se reserva una última carta. El “jaque mate” no lo da quien más votos consigue, sino quien conoce mejor las reglas ocultas del sistema. Esa es la lección más amarga que deja la película: en política, muchas veces la verdad no importa, porque el relato es más fuerte que la realidad.


La narrativa como herramienta de control


Cónclave también es una lección sobre el poder de la narrativa. Cada facción eclesiástica intenta imponer no solo a su candidato, sino su propia versión de lo que debería ser la Iglesia. Es una guerra de relatos disfrazada de deliberación. Los conservadores apelan a la defensa de la tradición como escudo contra el caos. Los progresistas esgrimen el evangelio de la inclusión como bandera de cambio. Y ambos manipulan, seleccionan y tergiversan pasajes, símbolos, encíclicas y silencios para justificar sus decisiones. El poder aquí no se impone con fuerza, sino con palabras, con gestos, con la capacidad de hacer que una historia parezca inevitable.


Lo mismo ocurre en la política contemporánea. Gobernar es narrar. Y quien controla el relato, controla las emociones, los temores, las esperanzas de las masas. No se trata ya de tener la razón, sino de parecer auténtico. De emocionar. De construir enemigos y promesas. El poder ha dejado de ser vertical para convertirse en emocional. Y la película lo muestra con crudeza: no gana el más santo, sino el más astuto. No el que escucha a Dios, sino el que convence mejor a los hombres.


El cardenal Vincent Benítez es el corazón del Cónclave, un outsider mexicano cuya fe y humildad lo convierten en un contrapeso a las ambiciones y corrupciones del juego político vaticano. En el ajedrez político de la película, Benítez es la pieza que, desde una posición inicial de aparente insignificancia, logra el jaque mate, no por astucia, sino por su autenticidad. Aunque su trasfondo en Kabul y el giro de su intersexualidad son licencias creativas, estos elementos refuerzan su rol como símbolo de esperanza y cambio. La actuación de Carlos Diehz, impregnada de vulnerabilidad y fuerza, hace de Benítez un personaje memorable, cuya historia trasciende la ficción para invitar a reflexionar sobre el poder, la fe y la inclusión en cualquier esfera de la vida.


Epílogo


Decía Maquiavelo que “los hombres en general juzgan más por los ojos que por las manos, porque ver pertenece a todos, tocar a pocos”. En Cónclave, como en todo juego de poder, lo que se ve es solo el teatro. Lo que importa ocurre en la sombra. Y quien quiera gobernar debe entender que la virtud —como la fe— no basta si no está acompañada de estrategia. El poder no premia la pureza, premia la inteligencia. No castiga la mentira, castiga la torpeza. Y en esa lógica brutal, pero profundamente real, se decide el destino de instituciones, pueblos y religiones.


Porque al final, incluso el trono de San Pedro se juega como una partida de ajedrez. Y en ese tablero, como en la vida, no gana quien más cree en Dios, sino quien sabe moverse entre los hombres del cónclave. 


viernes, 11 de abril de 2025

El arte de la espera: ajedrez político entre Morena y Kuri en Querétaro

 


“Querétaro se juega en silencio: mientras Kuri administra, Morena mueve piezas con estrategia.”


Esta es una mirada crítica. Una columna sin complacencias, escrita desde la trinchera de quienes entienden que el poder no es un espacio estático, sino un tablero de ajedrez donde cada movimiento define el destino. Querétaro, por años bastión de la derecha tecnocrática, se ha convertido en uno de los terrenos más observados del ajedrez político nacional. No por su tamaño, sino por su simbolismo: aquí se libra una batalla estratégica entre un panismo que se descompone por dentro y una izquierda que aprendió a jugar con paciencia, siguiendo los preceptos de El arte de la guerra de Sun Tzu: “La suprema excelencia consiste en romper la resistencia del enemigo sin luchar”.


El gobernador Kuri enfrenta un dilema clásico de quien llegó alto sin preparar el suelo. Su administración transita entre la inercia de la gestión y la ausencia de visión estratégica. Se rodeó de cuadros reciclados, excluyó a liderazgos históricos, y apostó por un modelo de control sin cohesión. La lógica parece más de administración que de poder. Pero el poder no se conserva con Excel ni con discursos domingueros: se defiende con estrategia política, se extiende con narrativa política y se conquista con inteligencia política.


El tablero interno: cuando los aliados se vuelven obstáculos


El primer error estratégico de Kuri ha sido confundir gobernabilidad con lealtad silenciosa. En lugar de fortalecer al panismo tradicional, lo desarticuló al permitir la entrada de actores ajenos al ADN del partido. La consecuencia: un PAN sin alma, dividido, sin brújula. La política no es solo de nombres, sino de códigos compartidos. La base panista –la que toca puertas, la que llena eventos, la que convence vecinos– se siente traicionada. Y cuando la base se resiente, el castigo llega en las urnas, no con gritos, sino con silencios.


En política, como en la guerra, una tropa desmotivada vale más que un enemigo bien preparado en tiempos de campaña. La falta de renovación de cuadros, la marginación de liderazgos naturales, y la imposición de perfiles inertes ha dejado a Kuri solo en medio de una batalla que no parece entender. No hay estrategia sin cohesión, ni victoria sin equipo.


El adversario silencioso: la guerra de posiciones de Morena


Mientras el panismo local se consume en sus propias contradicciones, Morena nacional ejecuta con precisión quirúrgica su juego de desgaste. El manual no es improvisado. Es la estrategia gramsciana del asedio prolongado: no confrontar directamente al enemigo fuerte, sino rodearlo con narrativa política, programas sociales y símbolos de cercanía. Sun Tzu lo anticipó hace siglos: “El que es experto en el arte de la guerra somete al enemigo sin dar batalla”.


Morena no ha ganado aún, pero ha sembrado. En cada colonia popular donde llega el bienestar, en cada narrativa política que instala el gobierno federal en las mañaneras y en sus visitas a Querétaro, en cada espacio donde la presidenta Claudia Sheinbaum marca la agenda por encima del gobernador, se construye hegemonía. Y lo hace sin prisa. Porque entiende que el 2027 no se gana con promesas de campaña, sino con una siembra política que ya empezó.


La reciente cancelación del programa de salud estatal por el programa federal “Médico en tu calle”, impulsado personalmente por Claudia Sheinbaum como emblema de su política pública de proximidad, es más que un cambio administrativo. Es una jugada maestra en el tablero de la narrativa política: desarmar al adversario quitándole su único logro visible en la capital. No es solo política pública. Es mensaje de fuerza. Morena nacional le dijo al gobernador: aquí mandamos nosotras. Y lo hizo con una sonrisa institucional, como quien avanza un peón que nadie ve, pero que terminará coronando.


Este es el sello distintivo de la narrativa política presidencial de Sheinbaum: una política que se despliega con rostro humano, que baja al territorio con los programas de bienestar, que se presenta como alternativa de cercanía frente al poder lejano y tecnócrata del gobierno estatal. No se trata solo de programas. Se trata de símbolos, de relatos que encarnan una nueva forma de gobernar y que desafían la autoridad local con legitimidad construida desde abajo. “La mejor victoria es vencer al enemigo sin pelear.”


El poder de la percepción: donde el bolsillo se encuentra con el relato


En tiempos de polarización, la ciudadanía no elige solo por ideología, sino por percepción. Y aquí es donde Kuri se enfrenta al enemigo más peligroso: la frustración silenciosa. No es una oposición organizada la que amenaza su legado, sino una ciudadanía que ya no cree. La vida cotidiana golpea. El agua más cara y escasa, los servicios públicos caros y más lentos, a pesar de grandes cifras invertidas a la inseguridad se percibe creciente. Todo ello forma una narrativa política paralela a la institucional, una narrativa política que no necesita voceros, porque la cuentan los vecinos en la esquina, los usuarios en redes, los padres de familia al ver sus calles rotas.


La narrativa política panista, basada durante décadas en la estabilidad y el orden, comienza a resquebrajarse. No hay discurso que alcance cuando la calle dice otra cosa. Y aquí Morena nacional tiene una ventaja: ofrece esperanza, aunque aún no gobierne. El gobernador ofrece cifras, pero sin alma. Y en política, gana quien emociona, no quien administra.


Estrategia transmedia: la guerra también se da en la pantalla


Uno de los errores más graves del gobernador ha sido subestimar el poder de la narrativa política digital. Un sector de Morena en Querétaro, con sus limitaciones, ha sabido construir una presencia transmedia eficaz: videos emotivos, mensajes directos, presencia territorial amplificada por redes. En contraste, el gobierno estatal parece comunicar desde un siglo pasado: boletines y ruedas de prensa con café, pero sin impacto, eventos que no conmueven, discursos que no se viralizan.


En esta nueva plaza pública, quien no logra ser tendencia es irrelevante. La guerra por el poder ya no se da solo en la calle o en los medios tradicionales. Se da en WhatsApp, en Facebook, en X. Y ahí Morena nacional con las mañaneras ya tomó la delantera, desde hace tiempo. Con cada historia que conecta emocionalmente, construye comunidad. Con cada silencio del gobernador, pierde una batalla.


¿Qué debería hacer Kuri?


La pregunta no es menor. Kuri aún tiene tiempo, pero no margen de error. Debe asumir que su papel no es administrar una herencia, sino defender un bastión político. Necesita reconstituir al panismo desde adentro, abrir la puerta a los liderazgos que hoy caminan con resentimiento, y construir una narrativa política de futuro. No basta con gobernar con cifras: hay que emocionar, disputar sentidos, narrar esperanza.


Y hacia afuera, debe mirar con respeto al adversario, más cuando Morena Nacional trae en su hoja de ruta política a Querétaro. Morena no es un partido desorganizado, aunque en Querétaro así se perciba: es una maquinaria con centro de mando nacional, con estrategia de largo aliento y con recursos que saben traducirse en percepción. Subestimar eso es suicida. El gobernador debe plantear una contraofensiva de narrativa política, apropiarse simbólicamente del tren federal, y lanzar un programa de alto impacto que reconecte con la ciudadanía desde lo emocional.


Además, el gobernador deberá ser muy cauteloso, cuidadoso y tomar la decisión de acuerdo a la mejor carta, la mejor evaluada en las encuestas, sin dejarse llevar por sentimentalismos ni presiones internas. En política, las emociones mal canalizadas cuestan elecciones, y la lealtad sin eficacia es un lujo que en Querétaro el panismo no puede permitirse rumbo al 2027.


El 2027 será una guerra sin balas, pero con consecuencias políticas profundas. Y solo ganará quien sepa leer el tablero completo, como lo enseñó Sun Tzu: “El que conoce al enemigo y se conoce a sí mismo, no correrá peligro en cien batallas”.


Moraleja:

En política, como en el arte de la guerra, la peor derrota es aquella que llega sin haber dado pelea. Gobernar sin estrategia política es como mover piezas sin entender el ajedrez: tarde o temprano, el jaque mate llega. Querétaro no está perdido, pero tampoco está asegurado. Kuri tiene que decidir si quiere ser un jugador o solo una ficha más del tablero.


Raúl Reyes Gálvez es economista, consultor político y analista de estrategias de poder con una trayectoria como diputado, regidor y operador de campañas.


martes, 8 de abril de 2025

El déficit como relato de guerra: Trump y Xi en el tablero del poder global


 “Cuando las importaciones se vuelven símbolos y los aranceles discursos de fuerza, el verdadero conflicto no es comercial… es por el control del relato mundial.”


A partir de esta medianoche, Estados Unidos activará nuevos aranceles del 104% sobre productos chinos. El anuncio, hecho con tono desafiante por la secretaria de Prensa Karoline Leavitt, no deja lugar a dudas: el presidente Donald Trump ha escalado el conflicto comercial con Pekín hasta niveles que ya rozan lo geopolítico y lo ideológico. No es solo una nueva cifra; es una declaración de guerra simbólica, narrativa y estratégica.


China no tardó en responder. “Si EE.UU. insiste en tomar este camino, China peleará hasta el final”. La declaración del Ministerio de Comercio chino resume el carácter del conflicto: no es una negociación, es una confrontación. Un choque de dos modelos, dos liderazgos y dos formas de entender el mundo. Un ajedrez de poder donde ambos líderes han decidido avanzar peones, caballos y torres sin miedo al jaque.


Trump y el poder de la intimidación


Donald Trump ha convertido el déficit comercial en un símbolo de traición interna y humillación internacional. En su lógica narrativa, Estados Unidos fue saqueado por líderes blandos, cómplices de una globalización que favoreció a China y empobreció a la clase trabajadora estadounidense. Trump no habla de comercio: habla de soberanía. No discute cifras: construye enemigos.


Cada arancel impuesto es parte de una puesta en escena donde él aparece como el líder que “tiene el valor de hacer lo que otros no hicieron”. Leavitt lo sintetizó bien: “Trump tiene una resistencia de acero y no se va a quebrar”. Esa es la tesis que lo sostiene, aun cuando las consecuencias económicas empiecen a notarse.


La política comercial de Trump no es negociadora: es disciplinaria. Castiga, presiona, impone. Se fundamenta en la lógica del matón que golpea primero para que el otro entienda que debe agachar la cabeza. Lo ha dicho el Partido Comunista chino con crudeza: “Eso no es diplomacia. Es extorsión torpe disfrazada de política”.


Xi, entre el orgullo y la presión interna


Del otro lado, Xi Jinping ha asumido el reto no desde la improvisación, sino desde la estrategia de largo plazo. El líder chino sabe que su imagen está íntimamente ligada al relato del “rejuvenecimiento nacional”. Y en esa historia, ceder ante Trump sería una grieta en la fachada de fortaleza que lo sostiene. La frase es clara: “China peleará hasta el final”.


Pero no todo es retórica. La economía china atraviesa presiones internas severas: desempleo juvenil persistente, desaceleración del consumo, una crisis inmobiliaria que no termina de resolverse. Una guerra comercial no es oportuna. Pero Xi y su entorno lo saben: el costo de parecer débil sería aún mayor. Por eso, mientras condenan la “intimidación” estadounidense, activan a sus empresas estatales, inyectan liquidez al mercado, y publican editoriales en el Diario del Pueblo que prometen confianza y capacidad para resistir.


El uso del discurso de Ronald Reagan de 1987 en redes sociales por parte del Ministerio de Relaciones Exteriores chino es más que anecdótico. Es una jugada propagandística sofisticada que busca fracturar el frente interno de Trump, mostrar contradicción entre pasado y presente republicano, y ganarse simpatías internacionales. Pekín no sólo responde: contraataca con narrativa.


Y lo hace con números que respaldan esa narrativa. En 2024, el superávit comercial de China con el resto del mundo alcanzó los 992.000 millones de dólares, según cifras de la Administración General de Aduanas china. Se trata del mayor superávit en la historia de China, y probablemente del mundo. Este dato no es solo técnico: es simbólico. Pekín lo esgrime como prueba de su fortaleza estructural, de su capacidad para resistir sanciones externas, y de su rol como centro productivo del planeta. Para Xi, este récord no es solo una estadística: es una afirmación política.


La narrativa como arma estratégica


Ambos líderes comprenden que el tablero comercial es solo una parte del conflicto. Lo que realmente está en juego es el sentido del relato. Trump ha apostado por una narrativa que mezcla patriotismo económico, nacionalismo productivo y miedo al extranjero. Es efectiva, directa, emocional. Xi, por su parte, responde con una narrativa de dignidad civilizatoria, resistencia colectiva y liderazgo multipolar.


Ambas narrativas no solo se enfrentan en los despachos. Se despliegan en editoriales, videos emocionales, discursos, redes sociales y símbolos. Y en el contexto global, esa batalla simbólica tiene más impacto que cualquier dato técnico.


La disputa ya no es solo sobre quién tiene razón, sino sobre quién logra que el mundo —y sobre todo sus propios pueblos— crean que la tiene.


El ajedrez del poder mundial


En el fondo, esto no es una guerra comercial. Es una guerra por la hegemonía. Por eso Trump redobla sus aranceles, incluso cuando los efectos negativos sobre su propio mercado son evidentes. Y por eso Xi responde con entereza, aunque su economía no esté en su mejor momento. Ambos líderes saben que este conflicto es observado por todo el planeta: por países que decidirán con quién alinearse, por mercados que decidirán a quién seguir, por ciudadanos que decidirán a quién creer.


Trump quiere volver a imponer el orden unipolar. Xi busca demostrar que ese orden ya no existe. Por eso, aunque los aranceles sean las fichas visibles, lo que se juega es el futuro de la arquitectura mundial.


Los ciudadanos como daños colaterales


Mientras los líderes se lanzan amenazas, los mercados tiemblan. Las bolsas caen, las cadenas de suministro se alteran, los costos de producción se disparan. La inflación golpea, las inversiones se repliegan. Pero para el discurso de poder, esos daños son “colaterales”. El precio de “ganar”.


El pueblo, una vez más, es el peón sacrificado. Y eso es lo que hace de esta guerra comercial algo más que un asunto técnico. Es una crisis política, económica y moral. Porque cuando la política exterior se convierte en espectáculo de fuerza, la ciudadanía deja de ser prioridad y se convierte en decorado.


Moraleja


Maquiavelo escribió que el príncipe debe aprender a no ser bueno. Pero también advirtió que la astucia debe equilibrarse con la prudencia. Hoy, ni Trump ni Xi están mostrando prudencia. Están jugando a todo o nada. Pero lo hacen con el mundo como rehén.


Cuando el déficit se convierte en símbolo, cuando los aranceles se convierten en castigos públicos, y cuando la diplomacia es sustituida por editoriales incendiarios, lo que se pierde no es solo comercio. Se pierde confianza. Y la confianza es el cemento de cualquier orden global.


En este ajedrez de titanes, los reyes se mueven con arrogancia, pero los peones —los ciudadanos, los trabajadores, los pequeños productores— son los primeros en caer.


La moraleja es brutal: cuando el poder se convierte en teatro de guerra simbólica, el precio lo paga quien no tiene palco ni guion.