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La narrativa del poder vacío: El liderazgo posgobernante y la construcción simbólica del consenso en Querétaro

 



“No gobierna, pero decide. No compite, pero elige. El poder ya no está en el sillón: está en la sombra que lo espera."



En la política, el poder no siempre reside en el cargo, sino en la capacidad de narrar la realidad. En Querétaro, mientras el gobernador Mauricio Kuri González ejerce el poder formal del Estado, una figura posgobernante —Francisco Domínguez Servién— ha comenzado a ocupar un espacio más poderoso: el de la narrativa. No gobierna, pero define. No impone, pero sugiere. No compite, pero decide. Este fenómeno no es un accidente institucional; es una manifestación clara de lo que la teoría de la narrativa política denomina el poder simbólico del exlíder: aquel que, tras abandonar el trono, se convierte en el guardián del sentido.


El caso de “Pancho” Domínguez no es nuevo en la historia política mexicana, pero sí es paradigmático en su ejecución contemporánea. Su aparición reciente en el programa Revelaciones, lejos de ser un simple acto mediático, constituye un momento fundacional en la construcción de una narrativa hegemónica: la del liderazgo postergado por el bien común. En este relato, Domínguez se presenta no como un aspirante, sino como un árbitro moral; no como un rival, sino como un garante de la unidad. Y en esta construcción, el vacío de poder dejado por Kuri —un vacío aún no visible, pero ya estructural— comienza a llenarse con una figura que, aunque no ostenta cargo, sí ejerce influencia.


El vacío de poder: más allá del cargo


El concepto de "vacío de poder" suele asociarse a crisis institucionales o sucesiones inciertas. Pero en contextos estables como Querétaro, el vacío no es institucional, sino narrativo. A medida que un gobernador se acerca al final de su mandato, su capacidad para definir el futuro se erosiona. Ya no es el centro de la historia; es parte del pasado inmediato. Kuri, aunque aún en funciones, ha comenzado a transitar hacia esa condición: su tiempo como actor principal se agota. El poder narrativo —la facultad de decir quién será, quién debe ser, quién puede ser— comienza a desplazarse.


Aquí es donde Domínguez irrumpe con una estrategia de desplazamiento simbólico. No dice: “yo debería ser”. Dice: “yo no pelearé”. No propone: “yo soy el mejor”. Asegura: “Kuri elegirá”. En apariencia, esto es humildad. En realidad, es una operación de *legitimación por delegación*. Al reconocer a Kuri como el árbitro de la sucesión, Domínguez se coloca por encima del conflicto, pero no por fuera de él. Se convierte en el testigo autorizado, el narrador que puede decir: “esto es así porque debe ser así”.


La narrativa política: el poder de contar quién es quién


La teoría de la narrativa política, desarrollada por autores como Mark Fishman, Murray Edelman y más recientemente por Roger Chartier y Frank Ankersmit, sostiene que el poder no se ejerce solo mediante decisiones, sino mediante historias. Los actores políticos no solo compiten por votos o cargos; compiten por quién tiene derecho a contar la historia del presente.


En este sentido, Domínguez no está construyendo un discurso electoral, sino una *mitología política*. Su narrativa se articula en tres ejes:


1. La unidad como virtud cívica: “La división hace que pierda, el que no llega unido”. Aquí, el interés personal se convierte en pecado, y la sumisión al elegido en acto de patriotismo emocional. Esta retórica no es nueva —es la vieja moral del partido único— pero se actualiza con un tono posmoderno: no se impone, se *invita* a la obediencia.


2. La deslegitimación de las tribus: “Enemigo de las tribus… Kuristas, Panchistas, Anayistas”. Esta frase, aparentemente inclusiva, es profundamente excluyente. Al condenar las etiquetas, Domínguez las reproduce. No se puede prohibir un nombre sin antes reconocer su existencia. Y al hacerlo, él mismo se convierte en la única figura que puede trascenderlas. Él no es “panchista”, es “Pancho”. El nombre propio se convierte en marca, en símbolo de una autoridad que se niega a ser categorizada.


3. El sacrificio como capital simbólico: “No me encarto… doy paso a las nuevas generaciones”. Esta narrativa del retiro voluntario es una de las más poderosas en la política posmoderna. No es debilidad; es fortaleza disfrazada de renuncia. Como el César que se retira a su villa, Domínguez se presenta como quien podría volver, pero elige no hacerlo. Y en esa elección, acumula capital moral: el del que no necesita el poder para tener influencia.


El ungido y el pacto de silencio


Lo más revelador del mensaje de Domínguez es su afirmación de que Kuri elegirá al candidato. Sólo a uno. Aquí, el proceso democrático —tan cacareado en los discursos partidistas— se subordina a una lógica de designación simbólica. No se trata de que gane el mejor, sino de que sea aceptado el elegido. Y el mecanismo de aceptación no es el voto, sino la sumisión colectiva. “Tendrán que sumarse, cerrar filas. Hacer una operación cicatriz”.


Este lenguaje no es democrático; es terapéutico. La política se convierte en una cura para la herida de la división. El candidato no es un contendiente, sino un antídoto. Y el exgobernador, en este esquema, no es un actor, sino un sacerdote de la reconciliación.


Pero hay un trasfondo más siniestro: la descalificación de la competencia interna como traición. Al decir que los demás deben tener “humildad”, Domínguez está definiendo lo que no debe ser: un aspirante que cuestione el orden. Y al mencionar a Felifer, Del Prete, Nava, Dorantes y Guerrero como figuras con “madurez política”, está trazando una línea entre quienes están dentro del relato y quienes podrían estar fuera. El mensaje es claro: el poder no se conquista, se recibe. Y quien lo recibe, lo hace por gracia, no por mérito.


El legado y el potrillo: la dinastía simbólica


El toque final de esta narrativa es la mención de su hijo, Francisco Domínguez Castro, a quien describe como “cercano al PAN”, aunque “no afiliado”. Aquí, Domínguez realiza una operación de sucesión simbólica sin sucesión formal. No impone a su heredero, pero lo presenta como el natural. El mensaje no es “él será”, sino “él podría ser”. Y en esa ambigüedad, reside el poder: el de sembrar el futuro sin parecer que lo controla.


Este gesto recuerda a las dinastías políticas europeas, donde el rey abdica, pero deja a su hijo como príncipe heredero. En Querétaro, no hay monarquía, pero hay monarquía simbólica. Y Pancho, aunque no use corona, ya ha comenzado a designar al sucesor.


Última escena: el poder que no se ve, pero todo lo mueve


El vacío de poder que deja Kuri no será llenado por un nuevo gobernador, sino por una narrativa. Y esa narrativa ya tiene autor: Francisco Domínguez Servién. Él no busca el cargo, porque ya tiene algo más valioso: la capacidad de definir quién lo obtendrá. En política, eso es el poder absoluto disfrazado de ausencia.


Como escribiera Pierre Bourdieu, el poder simbólico es aquel que se ejerce sin que se note que se ejerce. Domínguez no da órdenes; da consejos. No impone; sugiere. No compite; bendice. Y en ese gesto, reinstala un orden donde él, aunque no gobierne, sigue siendo el centro.


La pregunta no es si ganará en 2027. La pregunta es si alguien podrá ganar sin su palabra. Porque en Querétaro, ya no basta con tener votos. Se necesita, también, la narrativa. Y por ahora, esa narrativa tiene dueño.


Pancho no pelea.  Pero gana.

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