Me despierto a las cinco de la mañana, soy del club de las cinco. La casa aún está en penumbra, pero la ciudad ya empieza a mostrar signos de vida. Enciendo la cafetera italiana, ese pequeño ritual que me conecta con la reflexión diaria. Mientras el aroma del café invade la cocina, abro mi iPad y reviso las redes sociales. Uso herramientas de escucha social y analítica avanzada para intentar desentrañar ese mosaico complejo de voces y relatos. Las redes sociales son hoy una plaza pública, una caja de resonancia donde la política contemporánea se revela en tiempo real.
Esta mañana, como tantas otras, las noticias me llevan de vuelta a Querétaro. El gobierno del estado y del municipio son, otra vez, la nota. La represión ha marcado el ritmo de los últimos días: vendedoras indígenas desalojadas sin piedad, policías que actúan más como verdugos que como protectores, y un sistema que se aferra a viejas fórmulas sin comprender que el mundo ha cambiado.
Pienso en Felifer Macías, ese alcalde joven que pudo haber encarnado el renacer de un PAN cercano y humano. Pienso en Mauricio Kuri, ese gobernador que todavía tiene tiempo para cambiar el rumbo, pero parece atrapado en las inercias de un sistema que ya no funciona. Y pienso en Carlos Alcaraz, secretario de Gobierno, cuya narrativa política parece estar hecha de silencios estratégicos y palabras vacías.
En lugar de liderar desde el diálogo, Alcaraz ha optado por una estrategia reactiva, obsesionado con desviar el foco hacia los “responsables detrás de las protestas”. Esa narrativa que intenta politizar cada acto de inconformidad ha resultado contraproducente: no solo ha alejado a los ciudadanos, sino que ha consolidado la percepción de un gobierno desconectado y represor. Sus palabras carecen de empatía, de esa chispa que hace que un político pueda conectar con las emociones y las demandas legítimas del pueblo. No hay timming, no hay autocorrección, solo la repetición de un discurso que, al querer justificarlo todo, termina diciendo nada.
En tiempos de redes sociales, cada acto de represión deja una cicatriz que trasciende fronteras. El celular se ha convertido en un arma mortal contra los abusos de poder: cada video, cada transmisión en vivo, convierte las injusticias locales en imágenes globales. En minutos, los desalojos violentos y la represión policial se viralizan, proyectando a un gobierno que ya no puede esconderse detrás de los discursos oficiales. Es la imagen de un sistema insensible, de un gobierno inhumano que parece más preocupado por controlar que por gobernar.
Mientras me sirvo el segundo café, me pregunto si mis amigos panistas no ven lo que es tan evidente para quienes estamos fuera. Les han robado su partido. No fue de golpe, sino poco a poco, en decisiones aparentemente pequeñas que terminaron alejándolos de la gente. Y esa desconexión duele, porque sé que muchos de ellos todavía creen en el proyecto, todavía quieren recuperar esa esencia.
El PAN que conocimos –ese partido que en otro tiempo representó la lucha por la democracia y la dignidad– parece hoy un cascarón vacío. Lo que queda son gestos autoritarios y un alejamiento inquietante de los valores que alguna vez lo definieron. ¿Dónde quedó ese PAN que era capaz de tender puentes y escuchar? ¿En qué momento se transformó en una maquinaria que prioriza el control y la represión sobre el entendimiento?
Pero no se trata solo de nostalgia. La represión no es solo un error de cálculo, es un síntoma de algo más profundo: una crisis de gobernanza. Cuando un gobierno recurre a la fuerza para acallar voces, cuando desaloja a mujeres indígenas sin ofrecer alternativas, no solo pierde legitimidad, sino también humanidad. Y es ahí donde les cuesta reconciliar su afecto mis amigos panistas con su indignación por lo que representan hoy sus líderes.
El futuro del PAN en Querétaro está en juego. Si no corrige el rumbo, si no regresa a sus raíces de cercanía y respeto por los ciudadanos, quedará reducido a un recuerdo, a una sombra de lo que pudo haber sido. Pero este tiempo de corrección no es infinito. La política, como la vida, se mide en oportunidades, y el PAN ha desperdiciado demasiadas.
Sin embargo, la verdadera tragedia no será la caída del PAN como fuerza política; será el vacío que deje en una ciudadanía que aún busca alguien en quien confiar. Será el silencio de esas mujeres indígenas, desalojadas y humilladas, cuyas historias pasarán al olvido si no hay una respuesta clara y contundente. Será la normalización de la represión, la resignación ante un sistema que no supo adaptarse, y la traición de aquellos que alguna vez prometieron dignidad.
El PAN tiene una última oportunidad para redimirse. Pero si sigue ignorando el clamor de su gente, si se aferra a una narrativa desconectada y vacía, quedará para siempre en la memoria de Querétaro no como el partido que luchó por la democracia, sino como el que abandonó a su pueblo cuando más lo necesitaba. La pregunta no es si podrán cambiar; la pregunta es si tendrán el valor de mirar al abismo y dar el salto hacia el futuro. Porque, al final, no solo es el PAN quien está en juego. Es Querétaro. Es México. Es la esperanza de todos los que todavía creen que la política puede ser más que esto.
Apuro el último sorbo de mi café, que hoy estuvo cargado de nostalgia e indignación. Y mientras el aroma aún persiste en el aire, no puedo evitar pensar que el cambio empieza con mirar de frente lo que duele. Que quizá, solo quizá, aún hay tiempo de recuperar el rumbo.

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