miércoles, 23 de septiembre de 2026

La izquierda que pide cuentas y esconde su encuesta

 Desde el búnker estratégico de Querétaro


MIRADA CRÍTICA

Inteligencia Política · Narrativa · Poder


Por Raúl Reyes Gálvez es un consultor, estratega y analista político que interpreta la realidad desde la narrativa, el poder y la comunicación




Quien dice organización, dice oligarquía.” Robert Michels, Los partidos políticos, 1911


En 2006 el Partido de la Revolución Democrática (PRD) llevó 127 diputados a la Cámara, su mayor bancada; en 2024 no llegó al 3 por ciento y perdió su registro. Entre ambas fechas sus tribus se repartieron el partido como herencia en vida, su voto para la Cámara cayó de 18.48 por ciento en 2012 a 5.3 en 2018, y la lista de militantes señalados como traidores creció al mismo ritmo con que se vaciaba la urna. De aquella ruptura nació Morena, que hoy empieza a repetir el guion.

A las cinco de la mañana, la Bialetti revela el estado de su junta de goma, el anillo que sella sus dos mitades. Cuando ese empaque se endurece, el vapor escapa silbando por la rosca y el café llega ralo aunque el fuego sea el mismo. Morena atraviesa en Querétaro esa prueba de hermeticidad desde el 26 de agosto de 2026, cuando su dirigencia nacional nombró a Santiago Nieto Castillo coordinador estatal de la Defensa de la Transformación, antesala de la candidatura, mediante una encuesta cuyos porcentajes nunca se publicaron. Un movimiento que construyó su identidad exigiendo cuentas al viejo régimen decide sus candidaturas con números que solo conoce su cúpula. ¿Qué mantiene unidos al ganador y a los nueve aspirantes que perdieron cuando nadie más puede revisar la cuenta?


Gramsci pidió una voluntad colectiva y recibió un reparto

Antonio Gramsci llamó al partido el “moderno Príncipe”, es decir, un organismo colectivo donde voluntades dispersas se convierten en proyecto común, más cercano a una cooperativa que a una empresa con dueño. La izquierda mexicana cita mucho a Gramsci y lo aplica poco, porque su prueba incomoda: una organización produce voluntad colectiva cuando quienes pierden una contienda interna siguen aportando gente, contactos y territorio a quien ganó, sin exigir antes su parte del botín. En Querétaro esa prueba tiene nombres: la senadora con licencia Beatriz Robles declaró que la medición colocó a Nieto primero, a Gilberto Herrera Ruiz segundo, a ella tercera y al diputado federal Ricardo Astudillo en quinto lugar.

La versión de Robles es testimonio de parte, sin respaldo documental del partido. El indicio llegó antes de la visita de Claudia Sheinbaum a Querétaro el 18 de septiembre, cuando Nieto reconoció un acercamiento con Herrera para acudir juntos, y negó a la vez cualquier pacto para repartirse territorios. La izquierda queda presa de su discurso: condenó durante décadas los arreglos cupulares y ahora necesita negociar entre grupos sin poder admitirlo, aunque negociar sea lo que Gramsci llamaba construir hegemonía, esto es, lograr que los derrotados acepten como propia una dirección ajena.


Duverger y el aparato que Morena juró no tener

Maurice Duverger mostró en Los partidos políticos (1951) que la estructura de una organización explica su conducta mejor que su doctrina. El partido de masas, sostenido por afiliados y comités, necesita un aparato permanente que acaba administrando las puertas de entrada como el conserje de un edificio decide qué repartidor sube. Morena nació denunciando a los aparatos y hoy perfecciona el suyo: el secretario general en Querétaro, Alejandro Pérez Ibarra, explicó el 29 de junio que la coordinación era un cargo político, distinto de una candidatura formal, una ambigüedad que permite hacer territorio antes de los plazos legales.

Contar puertas es el indicador duvergeriano, y en Querétaro faltan varias. Nieto anunció que la encuesta decidirá también a los coordinadores distritales y municipales, y cada derrotado de agosto vigila si su grupo entra en el siguiente escalón. Diez perfiles se registraron y uno solo obtuvo la coordinación, una aritmética que convierte la unidad en contrato de compensación y la lealtad en cuenta por cobrar. El límite de Duverger es su época: estudió partidos europeos de posguerra, sin un fundador con el peso personal que sostiene a Morena.


Michels y las tribus que la izquierda heredó

Robert Michels militó en el socialismo alemán antes de concluir, en 1911, que toda organización grande engendra una minoría dirigente que concentra información, experiencia y control de los canales internos hasta volverse insustituible. Bautizó ese proceso como ley de hierro de la oligarquía, una tendencia que opera como la gravedad para un arquitecto: el diseño puede compensarla y jamás abolirla. El PRD fue su laboratorio mexicano, aunque en su caída también pesaron la salida de Andrés Manuel López Obrador en 2012 y sus alianzas con Acción Nacional y el Revolucionario Institucional.

La asimetría de información ofrece el indicador más limpio. Sin porcentajes públicos, el orden de los lugares en Querétaro se conoció cuando Robles lo reveló ante una pregunta sobre dichos atribuidos a Astudillo. Un movimiento que presume democracia desde abajo terminó dependiendo de una filtración para que sus militantes supieran quién quedó dónde. Cuando una minoría guarda el dato que decide carreras, la duda se convierte en el único recurso de quien perdió.

La pelea por 2027 arrancó dentro de Morena antes que frente a sus adversarios, en una ronda de coordinaciones que abarca 17 gubernaturas, trece de ellas en manos del movimiento o de sus aliados. Cada reparto desnuda una regla incómoda: cuando una organización acumula poder, la disputa más feroz se traslada hacia quienes aspiran a controlar su herencia, y el fratricidio que Michels permite leer avanza por retirada silenciosa del esfuerzo. El Partido del Trabajo, aliado de Morena, abandonó el proceso acusando maltrato, y en Michoacán el senador con licencia Raúl Morón aceptó los números sin comprometer un respaldo inmediato; Ariadna Montiel, presidenta de Morena, calificó en cambio el saldo de 10. Una dirigencia que pone diez a un proceso que su aliado abandona dejó de medir la cohesión y empezó a administrar su apariencia. La inferencia exige cautela: aceptar sin respaldar todavía no equivale a sabotear.


Freud y el hereje que vota igual

Sigmund Freud describió en El malestar en la cultura, de 1930, el “narcisismo de las pequeñas diferencias”, la tendencia de comunidades vecinas a burlarse y desconfiar una de otra por lo mucho que comparten, como españoles y portugueses en su ejemplo. La izquierda convirtió ese mecanismo en costumbre: Nieto, Herrera, Fernández  y Robles comparten electorado, programa y fotografía con la presidenta, y distinguirse exige inflar detalles como la antigüedad en el movimiento o la biografía local hasta volverlos certificados de pureza.

Un movimiento que presume democracia desde abajo terminó dependiendo de una filtración para que sus militantes supieran quién quedó dónde.

Freud ofreció una observación clínica y no una ley sociológica, y el Partido Acción Nacional, que gobierna Querétaro desde 1997, conoce sus propias querellas. La diferencia está en el precio moral: un movimiento que se define por una promesa ética convierte al competidor interno en traidor, y un partido de gestión lo trata como simple rival. Así, la izquierda paga más caro cada desacuerdo: narra cada derrota interna como traición y cada acuerdo como contaminación, una contabilidad que acaba dejándola sin socios.

La junta de goma de una Bialetti se cambia en un minuto y cuesta menos que el café que salva; la de un partido tarda años en formarse y se endurece cada vez que una decisión llega sin explicación. Nieto describe la contienda contra el Partido Acción Nacional como empate técnico, una distancia menor que el margen de error de las encuestas, y en esa franja cada operador cuenta. La encuesta que nadie vio se cobrará antes de la votación, en la primera sección electoral, la unidad más pequeña del mapa del voto, donde un operador de Herrera o de Robles haga lo mínimo y nadie pueda reclamarle, porque el número que lo derrotó nunca estuvo sobre la mesa.


raulreyesgalvez@miradacritica.info


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