miércoles, 12 de noviembre de 2025

☕ 𝑴𝒂𝒏̃𝒂𝒏𝒂 𝒄𝒂𝒇𝒆𝒕𝒆𝒓𝒂: 𝑬𝒍 𝑷𝑨𝑵 𝒆𝒏 𝑸𝒖𝒆𝒓𝒆́𝒕𝒂𝒓𝒐 — 𝑫𝒆 𝒍𝒂 𝑬𝒖𝒇𝒐𝒓𝒊𝒂 𝑨𝒛𝒖𝒍 𝒂 𝒍𝒂 𝒕𝒓𝒊𝒔𝒕𝒆𝒛𝒂 𝑷𝒓𝒊𝒂𝒏𝒊𝒔𝒕𝒂

 

Amanece y el ritual es el mismo: un vaso de agua con una pizca de sal, la caminata breve que despeja las sombras, y el sonido inconfundible de la cafetera italiana soltando su primer suspiro. Ese aroma a café recién hecho se parece mucho a la nostalgia del PAN queretano: fuerte al principio, pero que se desvanece en el aire cuando falta fuego y sobra rutina. Hubo un tiempo en que el azul representaba convicción, comunidad, doctrina. Hoy, su sabor es agrio, como un café recalentado. Lo que alguna vez fue un movimiento de principios se ha vuelto una franquicia de intereses, donde el cálculo suplanta a la mística. En palabras de Maquiavelo, el príncipe que se deja gobernar por sus cortesanos termina prisionero de su propia corte. Y eso, precisamente, le pasa al PAN: el partido de la alternancia se volvió rehén del poder que juró disputar.


El segundo sorbo me obliga a mirar atrás. En 2019, Pancho Domínguez orquestaba su ejército político con disciplina prusiana. La consigna era teñir Querétaro de azul y entregar la plaza a su candidato Kuri. Y lo logró. Pero en política, el éxito sin liderazgo político es preludio de decadencia. Aquel enjambre de operadores disciplinados se desbandó con el tiempo, convertidos en operadores del voto sin rumbo: algunos hoy trabajan en Morena por falta de espacios, otros caminan rumbo a Movimiento Ciudadano o a la oposición. Como advertía Gramsci, cuando el viejo orden no termina de morir y el nuevo aún no nace, emergen las crisis políticas. Y en Querétaro, esa crisis viste camisa azul, pero piensa como priísta reciclado. El antipriismo moral panista se transformó en un prianismo cínico. Lo que era convicción se volvió conveniencia. Donde antes había lucha, hoy hay nómina.


El café se enfría, y con él la disciplina interna. Las reuniones prianistas son hoy un coro desafinado de ambiciones: diez precandidatos peleando por un padrón de militantes y electores menguante, operadores azules despedidos por el propio gobierno panista que debería cohesionarlos, y un presidente estatal que administra ruinas con sonrisa de burócrata. Martín Arango repite que no irán con el PRI en 2027, pero el panismo institucional está hoy habitado por ellos. En el fondo los panistas históricos saben que la traición ya ocurrió. Además, el fuego amigo que Felifer Macías dirige contra Nava y, otras veces, contra los exalcaldes panistas es el síntoma más claro de una fractura moral: el ego sustituyó al proyecto. Sin rotación de élites —como advertía Pareto— el poder se pudre en su propio caldo. Y lo que antes fue liderazgo se volvió autocomplacencia. El azul dejó de ser esperanza para volverse el color de una tristeza cívica.


Hay algo casi poético —y doloroso— en recorrer hoy las calles de Querétaro: las placas nuevas que encarecen la vida, las multas que castigan, el 5 de Febrero sin rumbo, la deuda pública y los impuestos que crecen sin explicación. Todo eso se siente en el aire, como ese café que se quema por descuido. El gobierno tecnócrata de Kuri habla de cifras, no de sueños. Su narrativa ya no conmueve, porque olvidó el alma. Cardoso lo llamó “modernización periférica”: crecer sin incluir. Y ahí está la falla estructural del panismo queretano. Hablan de progreso, pero gobiernan sin pueblo. Mientras tanto, Morena y Movimiento Ciudadano hacen lo que el PAN dejó de hacer: caminar, escuchar, emocionar. El tablero político cambió y el viejo jugador sigue leyendo manuales priistas de 1991.


El último trago deja un sabor amargo, pero también una enseñanza. Las alianzas no se sostienen con discursos, sino con confianza. El prianismo fue un injerto mal hecho: un trasplante que el cuerpo social está rechazando. Si el PAN no vuelve a su raíz ciudadana —la del mérito, la ética y la comunidad—, 2027 lo encontrará reducido a un recuerdo, una sigla que alguna vez significó algo. Sun Tzu decía que el general que no conoce el terreno está perdido antes de empezar la batalla. En Querétaro, el PAN ha confundido el mapa con el territorio. Y en política, quien no escucha al pueblo termina gobernando solo entre los ecos de su pasado.


☕ Moraleja política:

En política, la virtud del líder no está en resistirse al cambio, sino en dominarlo. El príncipe que confía en su linaje o en sus aliados, pero olvida conquistar de nuevo la voluntad de su pueblo, pierde primero la autoridad y después el poder. El PAN creyó que la lealtad era eterna y que el gobierno era herencia; no entendió que la fortuna —como la política— se inclina solo ante quien tiene el valor de reinventarse. En Querétaro, la lección es clara: quien no gobierna con virtud termina siendo gobernado por su propia soberbia.

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