“Los tiempos extraordinarios no esperan a los presidentes prudentes: exigen jefas de Estado audaces.”
Claudia Sheinbaum ha iniciado su presidencia con una mezcla de eficacia técnica y cautela diplomática. Su estilo laborioso y prudente ha sido celebrado incluso por críticos de la 4T, como si en la sobriedad de su liderazgo descansara la última garantía de estabilidad en un país desgarrado por desigualdades históricas y una dependencia crónica de Estados Unidos.
Y, sin embargo, la realidad golpea con la fuerza de una tormenta. El arancel del 17% al jitomate mexicano y la amenaza de tarifas generalizadas del 30% para agosto son más que una embestida comercial: son el síntoma de un modelo agotado. Tres décadas de integración neoliberal con Estados Unidos han producido riqueza, sí, pero también una vulnerabilidad estructural que convierte a México en rehén del humor de la Casa Blanca. Trump no es un accidente en la política estadounidense; es la encarnación de un orden mundial que se desmorona. Y ante ese derrumbe, la pregunta es inevitable: ¿puede México seguir apostando por la prudencia o ha llegado la hora de ensayar una ruptura histórica?
La prudencia como virtud… y como límite
Hasta hoy, la estrategia de Sheinbaum ha consistido en contener las fricciones. Ha extraditado narcotraficantes, aceptado migrantes expulsados, reforzado la lucha contra los cárteles y evitado cualquier gesto que pueda interpretarse como desafío a Washington. Ha sido una narrativa eficaz para ganar tiempo… pero no para ganar la partida.
Mantener la calma puede ser una virtud, pero también puede convertirse en un atajo hacia la irrelevancia histórica.
“Los líderes que solo gestionan el presente terminan siendo administradores del declive.”
Engancharse con Trump sería un error estratégico: un gesto de “dignidad nacional” podría encender represalias devastadoras en los mercados y en la frontera. Sin embargo, la inacción tiene un costo similar: consolidar la vulnerabilidad estructural de México frente al capricho de su vecino.
En el ajedrez del poder, no siempre gana quien ataca primero, pero tampoco sobrevive quien solo sabe retroceder. Sheinbaum enfrenta una paradoja: un paso en falso puede incendiar la relación bilateral; pero demasiada prudencia puede dejarla atrapada en un juego donde las reglas las dicta otro.
Narrativa, hegemonía y ruptura
Antonio Gramsci enseñó que la hegemonía no se ejerce únicamente por la fuerza, sino por la capacidad de una fuerza política de convertir sus intereses en sentido común. La narrativa de Sheinbaum, centrada en la prudencia, ha protegido a México en el corto plazo. Pero ¿puede esa narrativa construir una posición de fuerza en un orden internacional cada vez más fragmentado?
China ofrece una lección. Mientras Trump multiplicaba sus aranceles, Pekín tejía un sistema alternativo que redujo su dependencia del mercado estadounidense. Diversificación comercial, estímulos internos, inversión en infraestructura y una narrativa de autosuficiencia tecnológica permitieron a la economía china crecer un 5.2% en el segundo trimestre, pese a la guerra económica.
México no puede replicar el modelo chino, pero sí inspirarse en su audacia.
La pregunta es brutal: “¿Quién cuenta la historia de México en esta nueva era? ¿Nosotros o Trump?” Porque si México no escribe su propia narrativa, otros la escribirán… y será una historia de humillación.
Un Plan México 2.0
La verdadera pregunta no es si mantener la calma o romper con Washington, sino qué estamos construyendo mientras resistimos. Lo que está en juego no es solo el corto plazo: es la posibilidad de un Plan México 2.0, una apuesta audaz por reconfigurar el modelo económico y social del país.
Ese plan debe incluir:
- Diversificación de socios comerciales y cadenas de valor estratégicas.
- Inversión masiva en infraestructura energética y alimentaria.
- Polos tecnológicos y de especialización internacional.
- Reforma fiscal inteligente y una estrategia de endeudamiento responsable para movilizar recursos como en un “Plan Marshall local”.
- Y, sobre todo, una narrativa nacional que movilice al país hacia un nuevo horizonte histórico.
En términos de estrategia pura, Sheinbaum necesita lo que Sun Tzu llamaba “el terreno elevado”: una posición que no solo le permita defenderse, sino desde la cual pueda proyectar fuerza. Eso requiere una transformación estructural que comience ahora, antes de que las próximas elecciones en Estados Unidos congelen a México en la pasividad.
El dilema existencial de una presidenta
Hay momentos en la historia en los que la audacia no es una opción, sino una necesidad. La presidencia de Sheinbaum puede ser recordada como el momento en que México comenzó a romper con su dependencia, o como la administración que esperó demasiado mientras el mundo se incendiaba.
La estrategia de la cabeza fría ha servido para contener, pero no para resolver. La ruptura no debe ser un gesto vacío, sino una construcción estratégica que combine diplomacia, narrativa y poder económico.
Como enseñó Maquiavelo: “No hay nada más difícil ni más incierto que crear un nuevo orden de cosas.” Pero también advirtió que quien no lo intenta termina subordinado a la voluntad de otros.
Última escena: ¿administrar la crisis o reescribir la historia?
Gramsci advirtió: “La crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer. En ese interregno surgen los monstruos.” Trump es uno de esos monstruos.
La pregunta para Sheinbaum es clara: ¿será la mandataria que administró con prudencia una tormenta o la arquitecta de un México menos vulnerable y más soberano?
Porque hay momentos en que la prudencia es una traición al porvenir.
“Los tiempos extraordinarios no necesitan prudencia: necesitan audacia.”

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