“La narrativa no solo dice lo que pasa: dice lo que debe pasar, quién es el enemigo, dónde está el conflicto y quién merece ganar.”
El relato como campo de batalla
En la política contemporánea no basta con tener la razón: hay que narrarla. La disputa por la hegemonía —siguiendo a Gramsci— se libra menos en los decretos que en el sentido común, y éste se construye narrativamente. En ese terreno, lo simbólico es poder. La reciente visita de Gerardo Fernández Noroña a Querétaro debe ser leída precisamente como un ejercicio narrativo: no fue una gira institucional, sino una intervención discursiva con arquitectura simbólica y estrategia transmedia. Un acto de provocación planeada, dirigido a perforar la legitimidad del relato oficial panista.
Noroña no vino a proponer. Vino a desestabilizar. Y lo hizo, como lo hacen los relatos eficaces: a través de la emoción, el conflicto y la identificación. No habló desde el Senado ni desde la formalidad de los argumentos técnicos; habló desde las tripas de una narrativa popular insurgente. Una narrativa pensada para viralizarse, para hacer ruido y para conectar con una audiencia saturada de tecnocracia moralista.
El insulto como dispositivo narrativo
Para muchos observadores, el estilo de Noroña es irreverente, histriónico y agresivo. Sin embargo, ese tono no es un accidente. Es su herramienta principal. Su método es performativo: insulta para construir. Provoca para colocar temas. Agrede para romper el silencio del relato dominante. Desde la teoría de la narrativa política, lo que realiza es una inversión del bullying tradicional: en vez de aplastar desde el poder, habla como portavoz del pueblo contra las élites.
En su retórica hay trazos del frame moral descrito por George Lakoff, donde el lenguaje configura el conflicto. Su dicotomía es simple y eficaz: el pueblo contra los corruptos; la transparencia popular contra la opacidad institucional. Con lenguaje llano y emocional, Noroña logra activar un relato en el que sus excesos verbales funcionan como justicia simbólica: él dice lo que muchos quisieran gritarle al poder.
Esta narrativa se nutre de lo que Christian Salmon llama “el storytelling del combate”: confrontativo, polarizante y profundamente emocional. No pretende convencer al adversario, sino galvanizar a los suyos. No es un llamado al diálogo, sino a la movilización del imaginario colectivo.
Una reacción panista que revela impotencia narrativa
La reacción del PAN en Querétaro —personificada en Agustín Dorantes y Roberto Sosa— respondió al estilo y no al fondo. Contestaron al insulto con más insulto. Calificaron a Noroña de “payaso” y “aberración política”. Pero en términos narrativos, esa réplica fue un error estratégico. En lugar de disputar el relato, lo confirmaron. Cuando el poder cae en la trampa de responder emocionalmente a un provocador, pierde altura simbólica. Se degrada al terreno del adversario.
La defensa del gobernador Kuri no se construyó en torno a argumentos, resultados o empatía ciudadana, sino desde la lógica del agravio institucional. La narrativa del PAN quedó encerrada en un marco defensivo, autorreferencial, sin relato moral ni horizonte emocional. Como señaló Joseph Nye, “el poder blando es más eficaz cuando no necesita levantar la voz”. El PAN gritó, pero no emocionó.
El Batán: el símbolo perfecto
El verdadero golpe de Noroña no fue el insulto al gobernador, sino su sincronización con una bomba narrativa: el proyecto hídrico El Batán. Un megaproyecto adjudicado con cláusulas opacas, pagos plurianuales, sobrecostos y fuerte resistencia social. Un modelo de gestión hídrica sin licitación abierta ni consultas ciudadanas, defendido con retórica tecnocrática, pero sin legitimidad popular. Una joya simbólica para un discurso anticorrupción.
La denuncia, que ya circula en medios y redes, será amplificada por la próxima visita de Noroña, quien la incorporará como prueba material en su acusación. Este recurso no solo refuerza su credibilidad: le da un guion para nuevos capítulos. Lo que Henry Jenkins llamó narrativa transmedia serializada: una historia que se despliega en plataformas diversas (redes, territorio, prensa) y que gana fuerza conforme suma episodios.
Noroña no diseñó El Batán. Lo que hará es convertirlo en un símbolo. El conflicto hídrico deja de ser técnico y se convierte en relato, en imagen, en escándalo emocional. Y el PAN, frente a ello, calla o insulta. Pero no cuenta, no emociona.
Querétaro y la crisis de la narrativa oficial
El PAN gobierna Querétaro con lealtad ciudadana, pero con pobreza narrativa. Su discurso de “estado modelo” no conmueve, no emociona, no moviliza. La defensa tecnocrática de lo “bien hecho” ha dejado vacíos simbólicos, que se han profundizado con las lluvias. La narrativa oficial no tiene pueblo, no tiene emoción, no tiene conflicto épico. Es un discurso plano que no compite en la era del algoritmo.
Y en ese vacío, los adversarios construyen. Cuando el poder abandona la disputa del relato, otros lo ocupan. Por eso, Noroña no sólo habla de agua o infraestructura: habla de traición, de mentira, de indignación. Ahí se juega la hegemonía: no en las cifras, sino en la interpretación moral de los hechos.
El 2027 ya comenzó: narrativa o naufragio
La campaña por la gubernatura de Querétaro en 2027 ya está en curso, aunque sin anuncios oficiales. Y uno de los actores más eficaces en esta etapa simbólica será Noroña. Será un visitante frecuente, será pieza clave en esa ruta al 2027. Su narrativa confrontativa, si no es contrarrestada con inteligencia, pondrá en jaque a un gobierno panista que todavía cree que la política se gana con boletines y entrevistas de prensa.
El PAN deberá preparar a sus voceros para contraatacar el relato del acosador narrativo de Noroña. Pero no basta con indignarse: hay que diseñar. Y el diseño narrativo requiere claridad estratégica.
Para ello, necesita construir un relato con rostro ciudadano, tono emocional, símbolos de honestidad y una contra-historia que no niegue el conflicto, sino que lo reinterprete a su favor. Solo así podrá evitar que el adversario le imponga el marco, el guion y el ritmo.
Porque en política, no gana quien tiene la última palabra, sino quien cuenta mejor la historia.

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