Era sábado 11 de octubre y el aroma del primer informe de Felifer Macías se colaba entre los callejones de Querétaro. Los camiones ya estaban listos, los mensajes de WhatsApp a los trabajadores salían en cascada, y los operadores afinaban la logística con la precisión de una orquesta electoral. Mientras tanto, en otro punto del tablero, un exgobernador —al que algunos daban por políticamente difunto— se ajustaba el saco con la serenidad de quien sabe que los muertos que el sistema entierra suelen resucitar en los momentos más inoportunos. Pancho Domínguez se preparaba, y cuando Pancho se prepara, algo se mueve.
El maestro del “timing político” eligió su instante con precisión quirúrgica. No necesitó discursos ni desplegados: bastó un gesto, una frase bien colocada para que todos entendieran el mensaje. Mientras los reflectores apuntaban a Felifer, Pancho le hablaba al oído al verdadero receptor: al gobernador. Y el mensaje fue claro: “el más panista de todos es Luis Bernardo Nava”. Pedigrí, historia, lealtad y la frase que retumbó como eco de campaña: “sabía que esta en una elección, por eso mando el mensaje”. En ese instante, la política panista cambió de aroma: del café institucional al espresso intenso de la conspiración azul.
Mientras tanto, en la Sierra Gorda, el aludido secretario de Desarrollo Social —Luis Bernardo Nava— entendió la seña. La “Pancho-señal” había sido lanzada. Y como buen político con olfato, se puso a trabajar. Cargó colchones, láminas, cobijas y despensas; posó sonriente junto a la presidenta de la República, Claudia Sheinbaum, y dejó claro que la política también se cocina en las montañas. Era un mensaje dentro de otro mensaje: mientras Felifer presumía cifras, Nava acumulaba empatías. El primero hablaba de gestión, el segundo mostraba cercanía. Uno buscaba aplausos, el otro construía alianzas.
A partir de ahí, el tablero del PAN se encendió como cafetera en fuego alto. Las encuestas comenzaron a moverse, los operadores se reactivaron y los grupos se reacomodaron. Pancho, sin pronunciar una sola palabra más, empezó a mover las piezas: reactivó a su hijo, lo mandó a caminar con los viejos cuadros que él mismo formó. Las fotos lo delatan: rostros conocidos, fidelidades intactas. Pancho vuelve a controlar los tiempos del panismo queretano, y muchos, distraídos en el brillo del informe, no se han dado cuenta de que el poder interno ya cambió de manos.
El PAN, mientras tanto, se desgrana lentamente como café viejo: sin aroma, sin fuerza, sin cohesión. Los unos recelan de los otros, los jefes se miden, y el ciudadano, ajeno a la intriga, sigue esquivando baches y pagando el agua más cara del país. El desgaste no solo es político: es estructural. Pancho lo sabe y juega con el silencio del zorro que regresa al gallinero. Si le cumplen, se queda; si no, se va. Pero donde vaya, llevará su estructura, su apellido y ese olfato que solo tienen los que aprendieron a oler el poder antes de que huela a derrota.
☕ Moraleja política:
Como diría Maquiavelo, “el príncipe debe saber ser zorro y león a la vez”. Pancho lo entendió: rugir cuando hace falta, pero moverse en silencio cuando el ruido distrae. En la guerra del poder —diría Sun Tzu— el arte está en hacer que el enemigo crea que tú ya no estás, cuando en realidad nunca te fuiste. Y en Querétaro, Pancho Domínguez vuelve a servir café… pero esta vez, lo prepara a fuego lento. Y de que vaya a ganar el PAN el 2027 no lo sé… ☕ esa, querido lector, será otra historia que se contará con otro café.
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