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El acuerdo como forma de poder


 “La política comienza donde termina la moral absoluta.” Max Weber


Cuando el poder baja la voz

Hay mañanas en las que la política se entiende mejor antes de que empiece el ruido. El café aún no hierve del todo, la ciudad sigue medio dormida y uno repasa mentalmente las jugadas recientes como si fueran movimientos en un tablero de ajedrez. En esos momentos se vuelve evidente una verdad incómoda: el poder no se ejerce solo desde el conflicto, también —y a veces sobre todo— desde el acuerdo.

La ratificación de Ernestina Godoy como fiscal general de la República, el pasado 3 de diciembre de 2025, con 97 votos a favor en el Senado, fue presentada como un acto estrictamente institucional. Y lo fue. Pero también fue un gesto político de alta densidad simbólica. Entre esos votos estuvieron los de los senadores de Querétaro. No fue casualidad. Fue una señal cuidadosamente emitida en un sistema donde, como advertía Norbert Elias, el poder rara vez se expresa de forma directa: suele circular, insinuarse y equilibrarse.

Como lo será, en cuestión de días, la aprobación sin sobresaltos del paquete económico del gobierno estatal antes del 15 de diciembre, fecha límite marcada por la ley. Ambos hechos no son episodios aislados. Forman parte de una misma racionalidad política: la del acuerdo como mecanismo de estabilización en contextos de alta polarización.


El acuerdo no es traición, es cálculo

Un acuerdo político no es una claudicación ideológica ni una concesión vergonzante. Es un pacto racional entre actores con poder efectivo para reducir la incertidumbre, administrar conflictos y preservar gobernabilidad. La teoría política clásica y contemporánea es clara en este punto. Maquiavelo lo planteó sin rodeos: quien gobierna debe aprender a no ser bueno cuando la conservación del orden lo exige. Weber, desde otra orilla, profundizó la idea al distinguir entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. Gobernar pertenece, inevitablemente, a la segunda.

Desde esta perspectiva, la relación entre la presidenta Claudia Sheinbaum y el gobernador Mauricio Kuri debe analizarse sin ingenuidad moral ni prejuicio partidista. No estamos ante una alianza ideológica, ni ante un pacto programático de largo plazo. Estamos ante un entendimiento estratégico entre dos actores que reconocen una verdad básica del realismo político: la cooperación limitada puede ser más rentable que el conflicto total.

Robert Dahl advertía que en las democracias modernas el poder nunca es absoluto, siempre es relacional. Nadie gobierna solo. Y cuando los centros de poder se bloquean mutuamente, el sistema entero paga el costo.


La Fiscalía, el presupuesto y la hegemonía

Para la presidenta Sheinbaum, la ratificación amplia de la fiscal general fortalece mucho más que una institución. Refuerza la legitimidad del Estado. En clave gramsciana, se trata de un movimiento orientado a consolidar hegemonía, entendida no como dominación pura, sino como dirección política aceptada. Una Fiscalía avalada por una mayoría calificada reduce la percepción de imposición y amplía el consenso mínimo necesario para que el aparato judicial funcione sin erosión constante.

Para el gobernador Kuri, la aprobación del paquete económico representa un movimiento igualmente racional. Evitar una crisis presupuestal en el cierre de su administración no solo garantiza continuidad administrativa; también preserva capital político. Giovanni Sartori insistía en que la estabilidad institucional es un valor democrático en sí mismo. Un presupuesto bloqueado habría abierto un escenario de parálisis que ninguna fuerza estaba en condiciones de capitalizar plenamente.

Aquí entra el papel del bloque de Morena en la Legislatura local. Un bloque que, no nos hagamos, históricamente ha mantenido vasos comunicantes con sectores del panismo. Hoy honrará los acuerdos no por sumisión, sino por lectura correcta del momento político. Como diría Gramsci, el “sentido común” no es espontáneo: se construye. Y hoy ese sentido común dicta que una crisis artificial sería políticamente irracional.


Gobernar sin incendiar el tablero

Sun Tzu sostenía que la mejor victoria es la que se obtiene sin combatir. Evitar el choque frontal entre Federación y estado, entre Morena y PAN, es una victoria estratégica compartida. La confrontación permanente produce rendimientos decrecientes: desgasta narrativas, erosiona instituciones y trivializa el conflicto.

Carl Schmitt veía la política como la distinción entre amigo y enemigo. Pero incluso desde esa visión dura, la enemistad absoluta conduce al colapso del orden. Las democracias modernas, como recuerda Chantal Mouffe, necesitan antagonismo, sí, pero un antagonismo canalizado institucionalmente. El acuerdo no elimina el conflicto; lo contiene dentro de reglas compartidas.

Los acuerdos que hoy se observan no anulan la competencia futura. La posponen. Preservan el tablero para que la disputa ocurra donde debe ocurrir: en las urnas, no en la parálisis gubernamental.


Cuando todos ganan, nadie gobierna solo

Existe una obsesión contemporánea por leer todo acuerdo como traición. Esa lógica responde más a la política-espectáculo que a la política real. La democracia no es una sucesión infinita de choques, sino un sistema para procesar diferencias sin destruir la estructura que las contiene.

En este episodio, Claudia Sheinbaum consolida autoridad nacional sin abrir frentes innecesarios. Mauricio Kuri garantiza gobernabilidad local sin dinamitar su relación con el centro. Morena actúa como fuerza de gobierno, no solo como fuerza testimonial. El PAN evita una crisis que no estaba en condiciones de convertir en ventaja estratégica. Todos ganan algo. Nadie lo gana todo. Esa es, precisamente, la definición clásica del acuerdo político funcional.


Epílogo. El poder que no hace ruido

Cuando el 15 de diciembre el paquete económico sea aprobado sin estridencias, muchos dirán que “todo estaba arreglado”. Probablemente. Pero la pregunta relevante no es si hubo arreglo, sino si ese arreglo fortaleció la estabilidad democrática y preservó la capacidad del Estado para gobernar.

El poder no siempre se grita. A veces se ejerce en voz baja, con acuerdos que no entusiasman, pero sostienen. En una democracia tensionada por la polarización, entender eso no es cinismo. Es, simplemente, teoría política aplicada a la realidad.


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