“En la guerra del algoritmo, la invisibilidad es muerte. Un líder que no viraliza, no confronta, no polariza ni desgasta, ha perdido antes de formar su ejército.” Estrategia adaptada del espíritu de Sun Tzu
Hay noches en que cierro la Mac, pero antes paso por el ritual inevitable: monitoreo intensivo de social listening. Analizo métricas clave en tiempo real, detecto tendencias y picos de conversación al instante, mido sentimiento y share of voice, y anticipo crisis o virales con horas de ventaja. Reviso dashboards que parecen electrocardiogramas del ánimo público; veo cómo ciertos relatos crecen como incendios y otros se apagan sin dejar rastro. Cruzo emociones, hashtags, territorios. Y aun así, cuando termino, me quedo con el celular en la mano, scrolleando como cualquier ciudadano.
Ahí, cuando el timeline dicta la táctica del día, la política se desnuda: no gana el que gobierna mejor, gana el que aparece más. Y casi siempre aparece el que domina el ruido, el que lanza el primer golpe, el que convierte la indignación en arma.
De esa constatación nace la hipótesis que incomoda:
“si no viralizas, no confrontas, no polarizas, no desgastas, no eres el político de esta etapa.”
No es altanería. Es, como diría Sun Tzu, reconocer el terreno en el que toca librar la guerra.
De los discursos al “mundo narrativo”: dominar el campo donde se libra la contienda
Jenkins habló de narrativa transmedia; Sun Tzu habría dicho:
“Conoce todos los caminos por los que puede fluir el relato, y el relato será tuyo.”
Hoy, la política que importa no vive en un solo medio. Se expande como un imperio narrativo:
- clips en TikTok,
- memes que viajan de WhatsApp a Facebook,
- hilos estratégicos en X,
- lives improvisados,
- notas digitales que legitiman lo que ya explotó en redes.
No son piezas aisladas: son flancos de batalla, recursos tácticos para avanzar o resistir, para marcar agenda o desviar fuego enemigo.
En este tablero, si tu relato no se expande, tu ejército no avanza.
El sistema híbrido: el poder ya no está en el cargo, sino en el campo donde te ve la gente
Sun Tzu repetía que ningún general victorioso ignora el terreno.
Hoy, ese terreno es híbrido: una mezcla de medios tradicionales y plataformas digitales que operan según lógicas implacables.
La televisión ya no dicta la agenda, apenas lee el parte de guerra que salió de X.
El verdadero poder no es institucional: es algorítmico.
Quien domina el flujo digital puede:
- imponer el tema del día,
- moldear percepciones,
- arrinconar adversarios,
- movilizar con una frase.
Un gobernador puede hablar desde el podio;
un regidor viral puede arrebatarle la narrativa antes del mediodía.
Eso, en lenguaje Sun Tzu, es “tomar el campo antes de que el rival despierte.”
Viralidad: el algoritmo premia la emoción como arma
Los estudios lo confirman: la viralidad política no recompensa la prudencia, sino la emoción intensa.
Se viraliza lo que:
- indigna (arma de choque),
- ridiculiza (arma psicológica),
- entusiasma (arma de motivación),
- simplifica (golpe rápido).
Los memes políticos son proyectiles simbólicos: encapsulan un frame y lo lanzan sin aviso.
Sun Tzu habría celebrado esa eficiencia:
“Ataca la mente del enemigo antes que su fuerza.”
La viralidad hace exactamente eso: vence el ánimo del adversario antes de que pueda responder.
Confrontación, polarización, desgaste: las nuevas reglas del combate
La segunda parte de la hipótesis es todavía más táctica:
“si no confrontas, no polarizas, no desgastas…”.
La política digital es una guerra emocional. No chocan ideas: chocan identidades.
Las plataformas amplifican esa tensión hasta convertir cada debate en una batalla campal.
Quien domina este campo:
- define enemigos,
- marca territorios identitarios,
- desgasta con ataques a baja intensidad,
- vuelve vulnerabilidad ajena en munición constante.
Pero Sun Tzu advertía:
“Ningún ejército, por fuerte que sea, resiste una guerra prolongada.”
Desgastar al otro implica también desgastar al propio general.
El costo emocional es inevitable.
¿Condición necesaria o senda hacia la autodestrucción?
La evidencia es clara como un parte de guerra:
Quien no viraliza, no existe.
Quien no confronta, no aparece.
Quien no polariza, no convoca.
Quien no desgasta, no domina agenda.
Pero aceptar esta lógica sin reservas es perder la guerra más importante: la del largo plazo.
Sun Tzu lo diría así:
“La victoria total exige saber cuándo luchar y cuándo no.”
No se trata de huir del campo digital, sino de no convertirse en esclavo de él.
Última escena: el político que no aparece
Lo cuento desde la trinchera.
Una mañana, café en mano, abro el panel de escucha digital de un gobierno local.
La gráfica del alcalde es un desierto: ondas planas, silencio absoluto. Trabaja, inaugura, resuelve… pero no viraliza.
En política, el silencio no es calma: es margen de derrota.
En la pantalla contigua, la gráfica de un regidor estridente dibuja cordilleras: picos, incendios, memes que suben y bajan como guerrillas en la montaña. Lo aman y lo odian, pero nadie puede ignorarlo.
El alcalde me dice, con voz honesta:
—Yo no quiero gobernar a base de escándalos.
Lo respeto. Pero el terreno es el que es.
Le respondo con la severidad estratégica que exige Sun Tzu:
—Si no peleas tu espacio en el relato, otros ocuparán tu campo… y te borrarán del mapa.
Esta es la paradoja cruel de nuestro tiempo:
el político que rehúye la viralidad se vuelve fantasma;
el que se entrega sin límites al algoritmo se vuelve incendiario sin ejército.
Entre ambos extremos se juega la verdadera estrategia.
No basta gobernar.
Hay que dominar el campo donde se libra hoy la guerra:
el terreno invisible, feroz y movedizo del algoritmo.
Y hacerlo ―como enseñaba Sun Tzu― sin perder la cabeza ni el alma.

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