martes, 24 de junio de 2025

Cuando el agua se vende, el pueblo castiga


 

PAN. En Querétaro capital ha perdido 9 puntos. En El Marqués, más de 12. En Corregidora, el 65% de la población manifiesta rechazo a la privatización del agua. Y San Juan del Río se encuentra prácticamente perdido para el PAN, con un diferencial de 8 puntos a favor de Morena. La única ventaja que sostiene al oficialismo en este escenario es la división interna de Morena, cuyas fracturas, ambiciones cruzadas y falta de liderazgo consolidado aún impiden que el descontento se traduzca automáticamente en una mayoría sólida.


Pero incluso ese factor comienza a diluirse. Porque cuando el sentimiento de traición se instala en el ánimo colectivo, no necesita grandes estructuras para manifestarse. Solo necesita una boleta y una pluma. Y en 2027, miles de queretanos las tendrán en la mano.


El comportamiento electoral en contextos de privatización ha sido ampliamente documentado: el partido gobernante puede perder entre 15% y 30% de su base electoral en los siguientes comicios. Si el PAN cae en ese rango, ya no hay margen de victoria posible, especialmente con una abstención que ronda el 40% y podría aumentar entre los sectores medios que antes le eran fieles.


Última escena


Lo que se aproxima no es una elección ordinaria. Es un referéndum emocional sobre la traición. Sobre la dignidad. Sobre el agua. La ciudadanía queretana votará en 2027 como quien ajusta cuentas. No votará por partidos: votará por justicia.


Y ahí, entre boletas marcadas con rabia y abstenciones cargadas de desprecio, se escribirá el fin de una era. La caída del PAN no será solo numérica: será simbólica. Y será irreversible.


Porque cuando se pierde la calle y se pierde el algoritmo, solo queda una cosa por perder: el gobierno.


Y en Querétaro, el PAN ya perdió las dos primeras.


Solo es cuestión de tiempo para que la tercera también se les escape entre las manos… como el agua.


domingo, 22 de junio de 2025

El ajedrez sangriento de Medio Oriente y la máscara de la hegemonía


“En Medio Oriente no solo se disputan territorios, se libra la batalla por el relato que gobierna al mundo.”



No hay frontera más difusa que aquella donde termina una guerra y comienza otra. En Medio Oriente, los mapas se redibujan con fuego, y los discursos que se pronuncian en las cancillerías del mundo apenas logran ocultar el verdadero campo de batalla: la lucha por la hegemonía, el control narrativo y la arquitectura del poder regional.


Hoy, lo que arde no es solo la tierra entre Irán e Israel. Arde el concepto mismo de equilibrio, ese delgado hilo que durante años sostuvo la ficción de que la diplomacia podría ser suficiente para contener el choque de dos proyectos irreconciliables: un Israel con poderío nuclear, respaldado sin pudor por Estados Unidos, y un Irán que resiste desde la orilla opuesta, decidido a no doblegarse ante el orden que otros diseñaron para su región.


La percepción general es clara: estamos ante una escalada sin precedentes. Lo que antes eran amenazas indirectas, ataques selectivos y operaciones encubiertas, ha dado paso a un conflicto directo, con misiles volando en ambas direcciones, con daños reales en ciudades, centrales nucleares, aeropuertos y, lo más grave, con víctimas civiles atrapadas en medio de un ajedrez que no eligieron jugar.


Pero este no es solo un enfrentamiento entre dos países. Es una pugna estratégica entre visiones del mundo, alimentada por una narrativa que se ha ido construyendo cuidadosamente desde hace décadas. La narrativa de Occidente, dirigida por Estados Unidos, presenta a Israel como el bastión democrático frente al extremismo islámico, mientras retrata a Irán como una amenaza latente, un actor “irracional” que no puede tener acceso a la energía nuclear, aunque su enemigo sí la posea. Esta construcción narrativa no es inocente. Es parte de un dispositivo hegemónico diseñado para justificar la intervención, legitimar la violencia preventiva y mantener el statu quo geopolítico que garantiza la supremacía estadounidense en la región.


Y es que la hegemonía, como bien lo explicó Antonio Gramsci, no se sostiene solo con tanques y tratados. Se cimenta en el relato que naturaliza quién manda, por qué manda, y quién debe obedecer. Es en ese terreno simbólico donde Estados Unidos ha ejercido con maestría su dominio: no solo impone sanciones, también impone significados. No solo lanza bombas, también lanza ideas que justifican esas bombas.


Lo que está en juego en Medio Oriente es, por tanto, algo más profundo que un territorio o un oleoducto. Es la narrativa misma del orden internacional. El intento de Irán por mantener su soberanía energética y militar choca con la obsesión estadounidense por controlar la arquitectura de seguridad global. La alianza entre Washington y Tel Aviv no es circunstancial, sino estructural: forma parte de un diseño estratégico donde Israel actúa como gendarme regional, respaldado por una legitimidad discursiva que lo absuelve incluso cuando transgrede el derecho internacional.


El reciente bombardeo estadounidense sobre instalaciones nucleares iraníes es un punto de quiebre. No solo dinamita cualquier posibilidad de negociación seria en el corto plazo, también revela la determinación de mantener el dominio por la fuerza. La diplomacia, en este tablero, es apenas una pausa para recargar misiles. Y esa pausa, al parecer, se agotó.


Por su parte, Irán también ha aprendido a jugar el juego del poder con sus propias cartas narrativas. Sabe que el terreno simbólico importa tanto como el militar. Por eso, mientras responde militarmente, también se presenta como víctima de un doble rasero internacional: se le exige contención, pero se le niega el mismo respeto que se otorga a Israel. Se le acusa de desestabilizar la región, pero se ignora que ha sido blanco de operaciones encubiertas, asesinatos selectivos y sanciones asfixiantes durante décadas.


El cierre del Estrecho de Ormuz —aprobado por el Parlamento iraní como posibilidad de represalia— es más que una amenaza: es una jugada de ajedrez que trastoca la economía global. En este mundo interconectado, donde el petróleo sigue siendo el pulso de las potencias, cada misil que cae en Teherán repercute en las bolsas de Nueva York. La guerra ya no es regional, aunque lo parezca. Sus consecuencias son universales, tanto en términos energéticos como en la reconfiguración del poder global.


Mientras tanto, la opinión pública árabe está dividida. Hay quienes ven en Irán un actor legítimo de resistencia, y otros lo consideran un factor de inestabilidad sectaria. Lo cierto es que las fracturas internas del mundo árabe han impedido una respuesta común, permitiendo que el conflicto escale sin contrapesos regionales efectivos. La diplomacia árabe está paralizada, y la comunidad internacional parece resignada a observar, como si la guerra fuera un espectáculo inevitable y no un fracaso colectivo.


Los próximos meses serán cruciales. La pregunta no es solo si habrá una nueva ofensiva o una tregua negociada. La verdadera interrogante es si el mundo seguirá aceptando una arquitectura de poder donde la fuerza legitima el relato, o si se abrirá paso una narrativa alternativa, una que devuelva a la política su sentido de equidad, justicia y respeto entre naciones.


Última escena


En el Arte de la Guerra, Sun Tzu advierte que “la suprema excelencia consiste en quebrar la resistencia del enemigo sin luchar”. Pero en esta guerra —donde todos luchan y nadie vence— la paradoja es brutal: el poder se desgasta incluso en la victoria. El relato de supremacía de Estados Unidos e Israel comienza a resquebrajarse, no porque Irán haya ganado, sino porque el costo simbólico, humano y geopolítico de imponer la hegemonía a sangre y fuego se ha vuelto insostenible.

Y cuando la guerra deja de tener sentido, lo único que queda es el silencio… o una nueva narrativa que aún no se ha escrito.


viernes, 20 de junio de 2025

El relato del agua como verdad revelada: la narrativa de Kuri y la sombra del autoritarismo


 “En Querétaro, el agua dejó de ser un derecho y se convirtió en dogma. Quien no cree en El Batán, es un traidor; quien pregunta, un enemigo; y quien exige transparencia, un hereje. Así no se gobierna: así se impone una fe ciega disfrazada de progreso.”


Salgo a caminar por la ciudad. Mismo recorrido de siempre. Mismo café de la esquina. Mismas calles. Pero algo ha cambiado. Ya no hay lonas del gobierno anunciando obras; ahora cuelga el silencio. Ya no se exhiben cifras, proyecciones ni estudios: se repiten eslóganes como letanías. “Agua para todos”, “tecnología de punta”, “infraestructura moderna”. El Batán, más que una política hídrica, se ha vuelto un evangelio. Uno donde la fe sustituye al dato, y la obediencia al debate.


Lo que el gobernador Mauricio Kuri presenta como una solución técnica, es en realidad una sofisticada narrativa de poder, construida meticulosamente para ocultar un modelo de endeudamiento estructural, dividir a la sociedad, y blindar un proyecto público con lógica privada, sin transparencia ni legitimidad democrática.


Detrás del discurso del agua, lo que se impone es un régimen narrativo donde el chantaje emocional, el relato ornamental y la exclusión del disenso operan como instrumentos de control, no de gobernanza. Y si algo enseña la teoría de la narrativa política, es que el relato no sólo explica el poder: lo produce.


El chantaje emocional como arquitectura de obediencia

La narrativa política del Proyecto El Batán se estructura desde el inicio sobre una disyuntiva falsa, pero emocionalmente poderosa: agua o caos. Este binarismo no busca informar, sino condicionar. George Lakoff lo explica con claridad: los relatos que mueven a las masas no apelan al dato, sino al marco moral. En este caso, la escasez se convierte en amenaza, y el proyecto, en salvación.


Así nace el chantaje emocional como forma de gobierno. Se invoca una crisis futura para desactivar la crítica presente. El ciudadano ya no puede preguntar sin culpa, sin parecer egoísta, mezquino o traidor al desarrollo. Este chantaje opera sobre cuatro pilares clave que identifican los estudios de Noël Carroll y Paul Ricoeur en la construcción de relatos ideológicos:


  • La amenaza: si no se aprueba El Batán, Querétaro se quedará sin agua.
  • La victimización: el gobierno es atacado por los que “no hacen nada”.
  • La culpabilización: quien se opone, “politiza el agua” o “quiere que fracase Querétaro”.
  • El control: se impide el debate bajo la excusa de la urgencia.


Así se construye un estado de excepción emocional, donde el ciudadano renuncia a la deliberación a cambio de una promesa de seguridad.



El relato ornamental: símbolos sin sustancia

Uno de los recursos narrativos más eficaces y peligrosos es el uso del referente internacional como decorado simbólico. En la narrativa de Kuri, Israel, Singapur o California son citados como ejemplos de vanguardia tecnológica. Pero jamás se presenta un solo cuadro comparativo. No hay cifras de eficiencia, costos por metro cúbico, ni marcos jurídicos semejantes.


Esto responde a lo que Christian Salmon llama “ornamentación narrativa”: el uso de símbolos prestigiosos para legitimar decisiones sin sustento. En palabras de Roland Barthes, son mitos modernos: signos vaciados de contenido, pero cargados de prestigio. El decorado sustituye al análisis. Y ese decorado tiene una función precisa: impedir que el ciudadano compare, cuestione o exija.


En este modelo, el discurso público ya no informa, sino que distrae. El relato no explica el proyecto, lo embellece.


Técnica sin transparencia: el argumento de autoridad vacía

Mauricio Kuri afirma que El Batán cuenta con “más de 40 estudios técnicos”, “tecnología de punta” y una “visión a 50 años”. Pero ninguno de esos documentos ha sido publicado en su totalidad. No hay estimaciones de litros por segundo. No se explica el modelo energético. No se detalla la operación ni el mantenimiento del sistema.


Este uso del tecnicismo sin prueba concreta es lo que Jacques Rancière denomina “consenso policial del saber”: una estrategia donde el saber no se discute, se impone. La técnica se convierte en una frontera infranqueable para el ciudadano. No para resolver, sino para excluir.


Aquí, el dato no está ausente: está secuestrado. Y quien lo controla, controla el sentido común de la política pública.



El Batán como narrativa del autoritarismo

Pero lo más preocupante no es la falta de técnica. Lo más preocupante es que esa falta se disfraza de virtud. El Batán es presentado como un proyecto tan “urgente”, tan “necesario”, tan “visionario”, que cualquier duda resulta inconveniente. Así se gesta la narrativa del autoritarismo: la que concentra decisiones, elimina el disenso, y manipula la información bajo el discurso de la eficiencia.


Como advierte Hannah Arendt, el autoritarismo no siempre se impone con violencia; muchas veces se cuela en el lenguaje, en los procesos, en la forma de comunicar. No hay necesidad de callar a la oposición si basta con no mencionarla. No hace falta censura directa si se margina toda pregunta fuera del guion.


En Querétaro, la democracia no ha sido abolida: ha sido silenciada bajo la alfombra de un PowerPoint.


Un proyecto opaco, una deuda invisible

Detrás de esta narrativa se esconde el verdadero rostro del proyecto: un manual de endeudamiento disfrazado de política hídrica. El Batán costará más de 41 mil millones de pesos, a pagarse en 30 años mediante una Asociación Público-Privada (APP). Sin consulta pública. Sin acceso al contrato. Sin garantía de que el volumen de agua justificará el costo.


Este modelo ya ha fracasado en otras latitudes. En el Reino Unido, la deuda pública asociada a las APP se quintuplicó en menos de dos décadas. Los costos se dispararon, los servicios se precarizaron, y muchas de esas alianzas fueron abandonadas por insostenibles. Todo eso bajo el mismo discurso: progreso, modernidad, urgencia, eficiencia.


Eso pasó allá, con Parlamento, prensa libre y ciudadanía organizada. Imaginen aquí.


Narrativa y simulacro

Cuando la narrativa se construye sobre el chantaje emocional, el ornamento internacional y el autoritarismo técnico, no se está discutiendo un proyecto hídrico: se está ensayando un nuevo régimen narrativo del poder.


Uno donde los contratos se firman con tinta invisible, las decisiones se toman a puerta cerrada y la ciudadanía sólo es llamada a creer, no a participar.


El Batán no es una política pública: es una ficción construida para endeudar, desmovilizar y silenciar.

Y en esa ficción, lo primero que se sacrifica es el derecho a la verdad.


Última escena 

Un gobierno que necesita inducir miedo para aprobar un proyecto, no confía en su proyecto.

Un gobierno que llama traidor a quien pregunta, no gobierna: impone.

Y un proyecto que se esconde detrás de símbolos y frases vacías, no busca resolver un problema: busca controlar un relato y esconder todo. 


Porque cuando el agua se convierte en dogma y la técnica en simulacro, la democracia ya no fluye: se estanca.


Y lo que debería ser una solución, se convierte —gota a gota— en una trampa financiera de endeudamiento. 



viernes, 30 de mayo de 2025

El error de no jugar: abstenerse hoy, desaparecer mañana

 



“En el tablero del poder, hay una regla no escrita: solo gana quien está dispuesto a jugar, incluso en desventaja.”


Hay decisiones políticas que nacen del cálculo, otras de la convicción. Pero hay una tercera categoría, aún más peligrosa: las que brotan del miedo disfrazado de dignidad. La decisión de un sector de la oposición de llamar a la abstención en la elección judicial del próximo domingo no puede calificarse como estrategia. Es, en el fondo, una capitulación anticipada. Un error político de dimensiones históricas que revela, más que un desacuerdo con la reforma judicial, una falta de voluntad para disputar el poder en las condiciones reales del juego político.


Porque aquí no se trata solamente de si la reforma judicial es buena o mala —ese debate, legítimo y necesario, ya se dio, aunque sea a medias y en trincheras ideológicas—. Lo que está en juego hoy es algo más profundo: el sentido mismo de la participación democrática, la lógica de la confrontación política como instrumento para evitar que un solo actor imponga su relato sin resistencia.


El llamado a no votar no desactiva el mecanismo de la reforma; no impide la elección de jueces; no anula el proceso. Solo deja el tablero en manos del oficialismo. Es como si un jugador, enfrentado a una partida adversa, decide no mover ninguna pieza por miedo a equivocarse. Pero en política, como en ajedrez, la inacción también es un movimiento: uno que favorece al adversario. Renunciar a incidir es, paradójicamente, aceptar que el otro decida por ti. No es rebeldía; es sumisión pasiva.


Retirarse del campo de juego político es un error. Es entreguismo. Es la abdicación voluntaria de todo margen de maniobra. Y en ese acto, la oposición no solo entrega el tablero: se autodestruye. Porque la política es, en su esencia, una batalla por el alma del pueblo, por su atención, por su confianza, por su esperanza. Y toda estrategia que no contemple la disputa emocional y simbólica de esa alma está condenada a la irrelevancia.


Y sin embargo, la peor decisión posible sería renunciar a incidir. Votar este domingo no significa legitimar el desastre, sino evitar que el desastre sea absoluto. Porque si solo votan los operadores del régimen, los beneficiarios de la maquinaria, los acarreados con el acordeón del bienestar bajo el brazo, el resultado será aún más predecible y aún más dañino para quienes sí creen en una justicia imparcial, técnica y profesional.


En este contexto, el llamado a la abstención es más que un error: es una claudicación discursiva. Es decirle al país que la oposición no tiene narrativa propia, ni fuerza para disputarla. Es resignarse a mirar cómo el poder impone su relato, mientras quienes podrían contrapesarlo se encierran en la retórica del “yo no participé”. ¿Qué poder tiene un “yo no voté” frente a una maquinaria que sí lo hizo, que sí se movilizó, que sí jugó?


La oposición, incapaz de articular una alternativa creíble en seis años, hoy llama a la abstención como quien, sabiendo que va a perder, se sienta a llorar el partido antes de que inicie. Es una profecía autocumplida: no participes, porque vamos a perder… y perdemos porque no participamos. Es, otra vez, una política que se regodea en la derrota para no asumir su responsabilidad en ella. Es más fácil culpar al sistema que mirarse al espejo.


Y este error de estrategia política no es menor. En el arte de la persuasión, el llamado a no votar es un mensaje profundamente tóxico para cualquier movimiento que aspire a gobernar. Es declarar, con todas sus letras, que no confían en su capacidad de convocar. Es sembrar desmovilización hoy… y cosechar apatía mañana. ¿Con qué autoridad moral y emocional podrá la oposición en 2027 pedir a sus bases que salgan a votar, si ahora los convenció de que no hacerlo era lo correcto? ¿Cómo movilizar con credibilidad cuando antes se sembró resignación?


La política no es solo confrontación. Es también pedagogía. Cada elección es una oportunidad para enseñarle a las bases a organizarse, a resistir, a disputar. Incluso una derrota puede sembrar victorias futuras si se afronta con dignidad y movilización. Pero una retirada disfrazada de protesta solo alimenta la narrativa del adversario. Porque el poder no se inmuta con la abstención: se fortalece.


Quienes hoy optan por no jugar la partida, bajo el argumento de que las reglas están amañadas, olvidan una máxima elemental de la lucha política: las reglas nunca son neutrales, pero se transforman disputándolas, no ignorándolas. No hay justicia sin participación. No hay contrapeso sin presencia. No hay poder sin narrativa que convoque y movilice.


Renunciar a votar es renunciar a contar. Es permitir que la historia la escriba el otro, sin siquiera subrayar una línea propia. Y en tiempos donde la narrativa es la principal herramienta del poder, eso equivale a desaparecer del mapa político. Porque en el juego del poder, nadie recuerda a quien decidió no jugar.


Epílogo


En el arte de la guerra, Sun Tzu advierte: “Quien ocupa primero el campo de batalla y espera al enemigo está en posición ventajosa.” Abstenerse es ceder ese campo. Es esperar fuera del campo de batalla mientras el adversario define las coordenadas del conflicto. Es no posicionarse cuando más se necesita claridad y coraje. La política, entendida como guerra simbólica, no permite vacíos. Todo espacio abandonado será ocupado por la narrativa dominante.


Y si hoy, en 2025, la oposición se siente derrotada y por ello se margina del juego, en 2027 no podrá exigir otra cosa que su propia desaparición. Porque la política es una batalla diaria, no una cita trianual. Porque la persuasión se construye con coherencia narrativa, con actos que educan emocionalmente al electorado. Y quien hoy elige abstenerse por miedo a perder, mañana será irrelevante, no por la fuerza del adversario, sino por su propia renuncia a existir.


En este tablero, la estrategia de no jugar no es neutralidad: es rendición. Y la historia no absuelve a los que se rinden sin luchar.