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El PAN atrapado en el espejo: gobierno sin agenda, narrativa sin hegemonía

 


“El PAN gobierna, pero no lidera. Su relato no nace de la calle ni de la gente; es apenas el reflejo de lo que hace Morena. Y en política, quien vive en el espejo termina perdiendo el poder y el alma.”


En política no basta con gobernar ni con ganar elecciones; hay que ganar el relato. Antonio Gramsci lo expresó con claridad: “toda relación de hegemonía es necesariamente una relación pedagógica” (Cuadernos de la cárcel). El poder no se sostiene solo en las instituciones, sino en la capacidad de construir ideas, símbolos y emociones que consoliden un proyecto político en el imaginario colectivo. En Querétaro, el Partido Acción Nacional (PAN), aun siendo gobierno, parece haber olvidado esta lección. Aunque controla espacios de poder, actúa como oposición, limitándose a reaccionar ante Morena sin proponer una narrativa propia que movilice a las mayorías.

La trampa de la reacción permanente

Martín Arango, presidente estatal del PAN, ha centrado su estrategia en atacar a Morena, acusándola de desmantelar instituciones autónomas como el Coneval y el INAI, capturar el Poder Judicial y promover un proyecto autoritario. También ha denunciado la “Ley Espía” como una amenaza a las libertades y criticado a Morena en Querétaro por oponerse a proyectos como El Batán Agua para Todos, acusándolos de ineficacia y politiquería. Estas críticas pueden ser ciertas, pero revelan un problema estructural: el PAN responde, pero no propone. Como señala Chantal Mouffe, “quien no define el terreno del conflicto corre el riesgo de quedar atrapado en el marco discursivo de su adversario” (La paradoja democrática). Al centrarse en descalificar a Morena, el PAN se convierte en un actor secundario, incapaz de fijar la agenda pública o construir una visión de país que inspire.

Esta lógica reactiva, que Gramsci denominaría una “narrativa del espejo”, define al PAN en función de su adversario. Critica, desmiente y resiste, pero no articula un proyecto propio. Esto lo condena a una posición defensiva, donde Morena impone el ritmo del debate. En política, quien no cuenta su historia permite que otro la cuente por él.

El divorcio social y la narrativa vacía

El PAN enfrenta un desafío adicional: su narrativa no conecta con las necesidades cotidianas de la población. En Querétaro, las calles agrietadas, los baches expuestos por las lluvias y los recibos de agua cada vez más caros son problemas tangibles que afectan a las mayorías. Sin embargo, el PAN insiste en defender instituciones autónomas o soluciones técnicas, discursos que resuenan en élites urbanas, pero no en quienes enfrentan la precariedad diaria.

Un ejemplo claro es la Comisión Estatal de Aguas (CEA). Conectar un domicilio al agua puede costar hasta 40 mil pesos, e incluso 70 mil en nuevas colonias, cuando el material necesario no supera los 1,500 pesos. Estas prácticas, que encarecen la vida de las familias, contradicen el discurso del PAN sobre el “bien común” y lo proyectan como un partido tecnocrático, desconectado de las luchas populares. Ernesto Laclau lo explica en La razón populista: “El pueblo no preexiste; es el resultado de una articulación de demandas que crea un sujeto colectivo.” Morena, con su narrativa de “transformación” y “primero los pobres”, ha sabido interpelar a los sectores populares, mientras el PAN sigue atrapado en un relato racionalista que no moviliza afectos.

Hegemonía o marginalidad

Gramsci distinguía entre dominación (control de las instituciones) y hegemonía (liderazgo intelectual y moral). Morena, a pesar de sus contradicciones, ha construido una hegemonía cultural con relatos épicos que conectan con las mayorías: la lucha contra la corrupción, la soberanía nacional, la justicia social. El PAN, en cambio, se limita a defender lo existente –instituciones, contrapesos– sin proponer un horizonte que convoque. Este enfoque lo aleja del “idioma del pueblo” y lo relega a una posición marginal en la batalla por el sentido común.

En Querétaro, el PAN no logra articular un relato que hable a la madre que paga 40 mil pesos por agua o al trabajador que sortea baches diariamente. Su obsesión por denunciar a Morena –el autoritarismo, el populismo, la destrucción institucional– es legítima, pero insuficiente. Sin una narrativa emocional y cercana, el PAN no puede construir un sujeto colectivo que legitime su proyecto.

Última escena: la batalla del relato

La narrativa reactiva del PAN puede generar victorias tácticas, pero no sostiene una hegemonía de largo plazo. Como advertía Gramsci, en épocas de crisis orgánica, los partidos que no conectan con el pueblo pierden la capacidad de articular consensos. En Querétaro, el PAN está atrapado en el espejo de Morena, reflejando sus miedos y carencias discursivas. Si no supera esta lógica y construye un relato propio –uno que hagas suya las demandas populares y proponga un futuro compartido–, el Bajío, su último bastión, podría ser el preludio de una crisis mayor.

La pregunta no es si Arango tiene razón en sus críticas a Morena –en muchos casos, la tiene–, sino si esas críticas bastan para construir futuro. En política, como en el ajedrez, no gana quien solo se defiende; gana quien obliga al adversario a jugar su partida.

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