El 28 de septiembre de 2025, en pleno centro de Chicago, un repartidor en bicicleta logró escapar de una redada del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). La escena, filmada y viralizada en cuestión de horas, parece salida de una sátira política: diez agentes federales corriendo tras un ciclista que, zigzagueando con rabia, logra burlarlos y desaparecer entre las calles. Pero lo que podría tomarse como un simple episodio anecdótico condensa una verdad inquietante: Estados Unidos se desliza a toda velocidad hacia un estado policiaco donde las libertades se reducen y el miedo se normaliza como forma de gobierno.
El espectáculo del poder
La redada en Chicago no es solo un acto administrativo de control migratorio; es, sobre todo, un espectáculo político. Michel Foucault lo explicaba con precisión: el poder no necesita únicamente prohibir, también debe mostrarse, teatralizarse, para que su efecto disciplinario penetre en los cuerpos y en las conciencias. Diez agentes contra un ciclista no es eficiencia, es demostración de fuerza. No buscan detener solo a ese trabajador inmigrante, buscan enviar un mensaje a millones: “podemos perseguirte en cualquier calle, a cualquier hora”.
El episodio se convierte así en pedagogía del miedo. El inmigrante que trabaja, el vecino que protesta, el ciudadano que observa, todos aprenden la misma lección: el Estado vigila y castiga. La metáfora es evidente: la bicicleta representa la precariedad y la libertad al mismo tiempo; la persecución, la maquinaria sobredimensionada del Leviatán.
El estado de excepción como norma
Giorgio Agamben advertía que el “estado de excepción” —ese momento en que la ley se suspende para preservar el orden— se ha convertido en regla en las democracias contemporáneas. Estados Unidos, bajo las políticas de redadas masivas impulsadas por Donald Trump, ejemplifica esta deriva. El migrante deja de ser persona con derechos y se convierte en “vida desnuda”: un cuerpo que puede ser detenido, expulsado o perseguido sin que las garantías constitucionales se apliquen plenamente.
Lo que ocurrió en Chicago no es una anomalía; es la normalización del estado de excepción. Barrios enteros se transforman en zonas militarizadas, donde el ICE, la policía local y cuerpos federales operan como si se tratara de territorios en guerra.
Una guerra civil molecular
Michael Hardt y Antonio Negri, en Multitud, sostienen que las guerras del presente ya no son convencionales, sino difusas, capilares, “moleculares”. No se libran en frentes delimitados, sino en cada esquina, en cada casa, en cada cuerpo. La persecución al ciclista es la imagen de esa guerra civil larvada: el Estado contra su propia población, bajo el pretexto de seguridad.
Lo que debería ser la defensa de derechos ciudadanos se transforma en la criminalización de la pobreza y la extranjería. Y cuando el Estado convierte a sus propios trabajadores en enemigos internos, el conflicto deja de ser coyuntural y se convierte en estructural.
Hegemonía en crisis
Antonio Gramsci enseñaba que la hegemonía no se sostiene solo en la coerción, sino en el consenso. El sueño americano, durante décadas, funcionó como mito articulador: la promesa de que, con esfuerzo, cualquiera podía prosperar. Pero cuando ese mito se erosiona —por desigualdad, racismo y violencia estatal—, el consenso se rompe. Entonces, al sistema no le queda más que recurrir a la fuerza desnuda.
La persecución del ciclista y las protestas espontáneas en Chicago son síntomas de esa fractura: una hegemonía que ya no convence y que solo puede imponerse con redadas y persecuciones.
Conclusión: la bicicleta contra el Leviatán
El ciclista que escapó en zigzag no fue solo un hombre que logró burlar a sus perseguidores. Fue la encarnación de una metáfora política: la precariedad pedaleando contra el aparato monstruoso de un Estado que ha olvidado que su función no es cazar, sino proteger.
Estados Unidos enfrenta una disyuntiva histórica: o corrige la deriva hacia un estado policiaco que devora libertades, o se precipita hacia una guerra civil silenciosa donde la excepción se convierte en la única regla. El episodio de Chicago nos recuerda que incluso el Leviatán puede ser ridiculizado por una bicicleta, pero también que un imperio que persigue a sus propios trabajadores ha comenzado a cavar su propia tumba democrática.

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