jueves, 21 de agosto de 2025

La narrativa del poder vacío: El liderazgo posgobernante y la construcción simbólica del consenso en Querétaro

 



“No gobierna, pero decide. No compite, pero elige. El poder ya no está en el sillón: está en la sombra que lo espera."



En la política, el poder no siempre reside en el cargo, sino en la capacidad de narrar la realidad. En Querétaro, mientras el gobernador Mauricio Kuri González ejerce el poder formal del Estado, una figura posgobernante —Francisco Domínguez Servién— ha comenzado a ocupar un espacio más poderoso: el de la narrativa. No gobierna, pero define. No impone, pero sugiere. No compite, pero decide. Este fenómeno no es un accidente institucional; es una manifestación clara de lo que la teoría de la narrativa política denomina el poder simbólico del exlíder: aquel que, tras abandonar el trono, se convierte en el guardián del sentido.


El caso de “Pancho” Domínguez no es nuevo en la historia política mexicana, pero sí es paradigmático en su ejecución contemporánea. Su aparición reciente en el programa Revelaciones, lejos de ser un simple acto mediático, constituye un momento fundacional en la construcción de una narrativa hegemónica: la del liderazgo postergado por el bien común. En este relato, Domínguez se presenta no como un aspirante, sino como un árbitro moral; no como un rival, sino como un garante de la unidad. Y en esta construcción, el vacío de poder dejado por Kuri —un vacío aún no visible, pero ya estructural— comienza a llenarse con una figura que, aunque no ostenta cargo, sí ejerce influencia.


El vacío de poder: más allá del cargo


El concepto de "vacío de poder" suele asociarse a crisis institucionales o sucesiones inciertas. Pero en contextos estables como Querétaro, el vacío no es institucional, sino narrativo. A medida que un gobernador se acerca al final de su mandato, su capacidad para definir el futuro se erosiona. Ya no es el centro de la historia; es parte del pasado inmediato. Kuri, aunque aún en funciones, ha comenzado a transitar hacia esa condición: su tiempo como actor principal se agota. El poder narrativo —la facultad de decir quién será, quién debe ser, quién puede ser— comienza a desplazarse.


Aquí es donde Domínguez irrumpe con una estrategia de desplazamiento simbólico. No dice: “yo debería ser”. Dice: “yo no pelearé”. No propone: “yo soy el mejor”. Asegura: “Kuri elegirá”. En apariencia, esto es humildad. En realidad, es una operación de *legitimación por delegación*. Al reconocer a Kuri como el árbitro de la sucesión, Domínguez se coloca por encima del conflicto, pero no por fuera de él. Se convierte en el testigo autorizado, el narrador que puede decir: “esto es así porque debe ser así”.


La narrativa política: el poder de contar quién es quién


La teoría de la narrativa política, desarrollada por autores como Mark Fishman, Murray Edelman y más recientemente por Roger Chartier y Frank Ankersmit, sostiene que el poder no se ejerce solo mediante decisiones, sino mediante historias. Los actores políticos no solo compiten por votos o cargos; compiten por quién tiene derecho a contar la historia del presente.


En este sentido, Domínguez no está construyendo un discurso electoral, sino una *mitología política*. Su narrativa se articula en tres ejes:


1. La unidad como virtud cívica: “La división hace que pierda, el que no llega unido”. Aquí, el interés personal se convierte en pecado, y la sumisión al elegido en acto de patriotismo emocional. Esta retórica no es nueva —es la vieja moral del partido único— pero se actualiza con un tono posmoderno: no se impone, se *invita* a la obediencia.


2. La deslegitimación de las tribus: “Enemigo de las tribus… Kuristas, Panchistas, Anayistas”. Esta frase, aparentemente inclusiva, es profundamente excluyente. Al condenar las etiquetas, Domínguez las reproduce. No se puede prohibir un nombre sin antes reconocer su existencia. Y al hacerlo, él mismo se convierte en la única figura que puede trascenderlas. Él no es “panchista”, es “Pancho”. El nombre propio se convierte en marca, en símbolo de una autoridad que se niega a ser categorizada.


3. El sacrificio como capital simbólico: “No me encarto… doy paso a las nuevas generaciones”. Esta narrativa del retiro voluntario es una de las más poderosas en la política posmoderna. No es debilidad; es fortaleza disfrazada de renuncia. Como el César que se retira a su villa, Domínguez se presenta como quien podría volver, pero elige no hacerlo. Y en esa elección, acumula capital moral: el del que no necesita el poder para tener influencia.


El ungido y el pacto de silencio


Lo más revelador del mensaje de Domínguez es su afirmación de que Kuri elegirá al candidato. Sólo a uno. Aquí, el proceso democrático —tan cacareado en los discursos partidistas— se subordina a una lógica de designación simbólica. No se trata de que gane el mejor, sino de que sea aceptado el elegido. Y el mecanismo de aceptación no es el voto, sino la sumisión colectiva. “Tendrán que sumarse, cerrar filas. Hacer una operación cicatriz”.


Este lenguaje no es democrático; es terapéutico. La política se convierte en una cura para la herida de la división. El candidato no es un contendiente, sino un antídoto. Y el exgobernador, en este esquema, no es un actor, sino un sacerdote de la reconciliación.


Pero hay un trasfondo más siniestro: la descalificación de la competencia interna como traición. Al decir que los demás deben tener “humildad”, Domínguez está definiendo lo que no debe ser: un aspirante que cuestione el orden. Y al mencionar a Felifer, Del Prete, Nava, Dorantes y Guerrero como figuras con “madurez política”, está trazando una línea entre quienes están dentro del relato y quienes podrían estar fuera. El mensaje es claro: el poder no se conquista, se recibe. Y quien lo recibe, lo hace por gracia, no por mérito.


El legado y el potrillo: la dinastía simbólica


El toque final de esta narrativa es la mención de su hijo, Francisco Domínguez Castro, a quien describe como “cercano al PAN”, aunque “no afiliado”. Aquí, Domínguez realiza una operación de sucesión simbólica sin sucesión formal. No impone a su heredero, pero lo presenta como el natural. El mensaje no es “él será”, sino “él podría ser”. Y en esa ambigüedad, reside el poder: el de sembrar el futuro sin parecer que lo controla.


Este gesto recuerda a las dinastías políticas europeas, donde el rey abdica, pero deja a su hijo como príncipe heredero. En Querétaro, no hay monarquía, pero hay monarquía simbólica. Y Pancho, aunque no use corona, ya ha comenzado a designar al sucesor.


Última escena: el poder que no se ve, pero todo lo mueve


El vacío de poder que deja Kuri no será llenado por un nuevo gobernador, sino por una narrativa. Y esa narrativa ya tiene autor: Francisco Domínguez Servién. Él no busca el cargo, porque ya tiene algo más valioso: la capacidad de definir quién lo obtendrá. En política, eso es el poder absoluto disfrazado de ausencia.


Como escribiera Pierre Bourdieu, el poder simbólico es aquel que se ejerce sin que se note que se ejerce. Domínguez no da órdenes; da consejos. No impone; sugiere. No compite; bendice. Y en ese gesto, reinstala un orden donde él, aunque no gobierne, sigue siendo el centro.


La pregunta no es si ganará en 2027. La pregunta es si alguien podrá ganar sin su palabra. Porque en Querétaro, ya no basta con tener votos. Se necesita, también, la narrativa. Y por ahora, esa narrativa tiene dueño.


Pancho no pelea.  Pero gana.

lunes, 18 de agosto de 2025

Morena: entre la élite dorada y la militancia empobrecida, la crisis de un partido en el poder

 

“Morena nació prometiendo austeridad y justicia; hoy enfrenta lujos, corrupción y acusaciones de narcopolítica que amenazan con devorar su propia legitimidad.”



Cuando Morena nació, se presentó como la antítesis del viejo régimen: un movimiento que hablaba de austeridad republicana, de humildad juarista, de un “primero los pobres” que galvanizó a millones de mexicanos cansados de las élites políticas. Ese relato fundacional fue suficiente para conquistar la presidencia en 2018 y arrasar en las urnas a lo largo del país. Sin embargo, hoy, apenas siete años después, la fuerza que prometía regenerar la vida pública enfrenta una crisis interna profunda, que combina viejos vicios con nuevas ambiciones.


El contraste es brutal: una dirigencia convertida en élite dorada, con estilos de vida de millonarios, frente a una militancia que sigue en la precariedad y que observa, con desconcierto y rabia, cómo la narrativa de la austeridad se derrumba.


El peso del legado y la fragilidad de la unidad

Claudia Sheinbaum, presidenta nacional de Morena, enfrenta un reto que pocos desean: gobernar un partido que todavía vive bajo la sombra de su fundador. Andrés Manuel López Obrador mantiene una influencia centralizada, casi autoritaria, sobre la vida interna del movimiento. Pero su figura ya no garantiza cohesión. Morena se fragmenta porque la disciplina obradorista funcionaba como cemento simbólico; sin él en la primera línea, la fractura se vuelve inevitable.


Las tensiones son visibles en el Congreso: se estima que alrededor del 40% de los legisladores que integran el frente oficialista no son plenamente afines a Morena. Varios provienen de alianzas pragmáticas, de partidos satélite o de negociaciones de coyuntura. Esa diversidad, que en 2018 parecía un activo, hoy se traduce en deslealtades y rebeliones soterradas.


Corrupción, opacidad y la sombra de los viejos vicios

La austeridad republicana fue un mito eficaz, pero el mito se rompió. Más de 100 casos de presunta corrupción durante el sexenio anterior han estallado en medios y tribunales, erosionando la credibilidad del partido. Los nombres son conocidos: desde contratos inflados en Dos Bocas, hasta redes de influencia en Sembrando Vida. El propio dirigente nacional de Morena, Mario Delgado, arrastra cuestionamientos sobre la opacidad en el manejo de recursos partidistas, mientras cuadros históricos como Yeidckol Polevnsky quedaron marcados por negocios inmobiliarios dudosos.


El resultado es un partido que, mientras sigue administrando un poder inmenso a nivel federal, estatal y municipal, ya no puede sostener con credibilidad el discurso de la pobreza franciscana. Morena se convirtió en lo que juró destruir: una maquinaria con élites ricas y militancia pobre.


Las tribus: el PRD reencarnado

Lo que más preocupa es la repetición del viejo guion del PRD: el surgimiento de tribus internas. Morena ya no es un bloque compacto. Al contrario, se divide en corrientes que disputan candidaturas, contratos y poder simbólico. El enfrentamiento público entre Adán Augusto López y Ricardo Monreal sobre irregularidades financieras en el Senado fue apenas un preludio: se trata de la institucionalización del faccionalismo.


Estas tribus no solo desgastan; pueden incubar rupturas. Ya existen voces internas que plantean la creación de un nuevo partido que garantice estabilidad hasta 2030 en caso de que Morena pierda la mayoría legislativa. Un escenario que parecía impensable en 2018 hoy es parte del cálculo político.


Gobernadores contra gobernadores: el fuego amigo

Las acusaciones cruzadas entre gobernadores de Morena, actuales y anteriores, reflejan un deterioro acelerado. En redes sociales, en ruedas de prensa o incluso en tribunales, se lanzan denuncias sobre corrupción, pactos con el crimen organizado y manejo delictivo de recursos. La llamada “familia morenista” se ha convertido en un campo de batalla donde cada grupo busca sobrevivir o ampliar su cuota de poder.


Mientras tanto, la ciudadanía observa con desconfianza. Lo que alguna vez fue percibido como un proyecto ético hoy aparece como un espejo más del sistema político mexicano, plagado de soberbia y ambición.


La élite dorada y la militancia empobrecida

El problema no es solo ético; es simbólico. Morena, que surgió como el partido de los pobres, es dirigido hoy por una cúpula millonaria. Andy López Beltrán viajando a Tokio con facturas de lujo, Mario Delgado cenando en Lisboa, Monreal hospedándose en hoteles exclusivos, Bartlett acumulando propiedades: todo ello dibuja un retrato de una élite desconectada de las bases.


La militancia, en cambio, sigue siendo la que llena mítines, pega carteles, recorre barrios con sus propios recursos. Una militancia pobre que mira con frustración cómo la austeridad se volvió privilegio de discurso y no de vida.


El “efecto Trump”: crimen organizado y la lista negra

A esta crisis doméstica se suma un factor externo que la agrava: el regreso de Donald Trump con un discurso agresivo hacia México. En su narrativa de campaña, Trump señaló  que líderes políticos mexicanos de estar vinculados al crimen organizado, filtrado de haber recibido dinero para financiar campañas y de figurar en listas de políticos ligados al narcotráfico y al huachicol.


Este señalamiento, amplificado veladamente por agencias estadounidenses y replicado en medios internacionales, coloca a Morena en un terreno aún más pantanoso. No se trata solo de presiones diplomáticas o arancelarias: se trata de una acusación que toca el corazón de su legitimidad. Mientras Sheinbaum intenta mantener la unidad interna, Trump alimenta la percepción de que Morena es un partido penetrado por los cárteles, debilitando así su imagen ante la opinión pública nacional e internacional.


El “efecto Trump” no une al partido en torno a la defensa de la soberanía, como muchos imaginarían; por el contrario, profundiza las divisiones. Algunos cuadros plantean negociar y minimizar tensiones; otros, atrincherarse en un discurso nacionalista. En cualquier caso, la acusación de vínculos con el narco se convierte en un catalizador que agudiza la crisis interna de Morena, dejándolo vulnerable frente a su propio electorado y frente a la presión externa.


Última escena

Morena no está en crisis porque la oposición sea fuerte; está en crisis porque se está traicionando a sí mismo. Las tribus internas, los escándalos de corrupción, la élite dorada que se pasea entre lujos mientras el pueblo sobrevive apenas con programas sociales: todo ello dibuja la paradoja de un movimiento que nació para transformar y hoy se consume en su propia contradicción.


El gran dilema de Claudia Sheinbaum será si tiene la fuerza y la legitimidad para someter a los nuevos millonarios de la 4T y reconstruir un relato de credibilidad. De no hacerlo, Morena corre el riesgo de repetir la historia del PRI y el PRD: partidos que creyeron ser eternos y terminaron devorados por su soberbia.


La austeridad republicana murió. Lo que está por verse es si con ella morirá también la promesa de la Cuarta Transformación. Y ahora, con Trump señalando la complicidad con el crimen organizado, esa pregunta se vuelve todavía más urgente.




📌 Fuentes consultadas:

[1] Buzos: Fracturas y crisis internas en Morena, el inicio de su declive

[2] Alfonso Zárate: ¿Crisis en Morena?

[3] Político MX

[4] José Ramón Cossío: Escándalo o pecado: la crisis en Morena


lunes, 11 de agosto de 2025

Morena nació para barrer privilegios… y hoy tropieza con sus alfombras de Prada.

 




“En política, como en los reinos, la traición casi nunca viene de fuera. El filo de la daga es más mortal cuando lo sostiene quien comparte tu mesa.”


Morena se encuentra en su propio Juego de Tronos. Un tablero donde el poder es el único dios verdadero y la lealtad es moneda de cambio, siempre al mejor postor. Y es que la causa que alguna vez se presentó como regeneradora hoy enfrenta su momento más crudo: decidir si toma la escoba y barre —aunque sea de abajo arriba— a quienes han convertido el movimiento en pasarela de Prada, Cartier, Louis Vuitton y Ferragamo.


La teoría de la narrativa política nos recuerda que todo movimiento necesita un relato coherente para sostener su hegemonía. Ese relato no es solo discurso: es símbolo, conducta y ejemplo. Morena nació como la historia del pueblo que derriba los muros del privilegio; sin embargo, demasiados de sus protagonistas actúan ya como nobles de corte, cercanos al lujo y distantes de la plaza pública. En términos gramscianos, la hegemonía se erosiona cuando el bloque histórico que sostiene el poder deja de encarnar los valores que dice defender.


La lección es brutal: un movimiento que no se limpia por dentro se pudre por fuera. La oposición no necesita asestar grandes golpes; basta con dejar que los morenos de etiqueta se exhiban solos, que las fotos de relojes de oro y cenas en restaurantes de lujo circulen mientras el pueblo sigue esperando que la regeneración no se quede en eslogan.


En clave de Juego de Tronos, Morena corre el riesgo de convertirse en Desembarco del Rey: un palacio lleno de intrigas, favores comprados, linajes inflados y banquetes interminables, mientras en las murallas crece la amenaza. La diferencia es que aquí el enemigo no es un ejército extranjero ni un invierno que se acerca; el enemigo es la descomposición interna, el hastío ciudadano y la incapacidad de poner orden.


En menos de catorce años, el movimiento pasó de ser un proyecto insurgente a un régimen con tentaciones cortesanas. Y ahí está el dilema: ¿debe barrer desde la cúpula o desde las bases? Andrés Manuel López Obrador recomendó hacerlo de arriba hacia abajo; no lo hizo. Hoy, Claudia Sheinbaum y la dirigencia enfrentan la disyuntiva inversa: limpiar de abajo hacia arriba, antes de que la base se rebele o la desilusión se vuelva irreversible.


No se trata solo de nombres —aunque los hay, y muchos— sino de lo que representan. Adán Augusto López, que de guinda solo viste la corbata y cuyo historial deja más sombras que luces; Andrés Manuel López Beltrán, que actúa como heredero de título nobiliario, sin someterse a la disciplina militante; gobernadores que confunden la política con reality shows; ministros que se aferran al cargo aunque su prestigio esté en ruinas; funcionarios que se van impunes tras tragedias nacionales. Todos ellos son piezas en un tablero que ya perdió parte de su legitimidad.


Desde la teoría de la hegemonía política, la erosión no ocurre por un solo acto, sino por la acumulación de pequeñas traiciones: al programa, al símbolo, al pueblo. Y esas traiciones no siempre son ideológicas; muchas veces son estéticas. Porque en política, el lujo exhibido no es solo una cuestión de mal gusto, sino una declaración de distancia con la realidad de la mayoría.


El problema es que Morena parece haber caído en la trampa del poder como botín. Se afilia a quienes suman votos, aunque resten credibilidad. Se cierra la puerta a la crítica interna y se tolera la mediocridad si viene acompañada de lealtad al líder, no al proyecto. Este es el camino más rápido para pasar de fuerza hegemónica a administración agotada.


En el tablero, hay quienes todavía creen en la causa original, pero dudan en actuar. Temen que una purga provoque fracturas irreparables o que un ajuste interno frene la maquinaria electoral. No advierten que el costo de no hacer nada puede ser mayor: el vacío narrativo y moral que se genera cuando el movimiento deja de diferenciarse de aquello que prometió combatir.


En Juego de Tronos, la caída de una casa no siempre la provoca un ejército rival. Muchas veces la derriban las intrigas internas, el lujo desmedido, la arrogancia y la incapacidad de ver más allá de los muros del castillo. Morena debería tomar nota. La política mexicana es despiadada: el día que la narrativa de regeneración muera, el trono quedará vacío… y otro jugador se sentará en él.



Última escena


La sala está en silencio. Afuera, el ruido de la calle es apenas un eco lejano. Sobre la mesa, una escoba descansa junto a un libro abierto: El arte de la guerra. En sus páginas, una frase subrayada brilla como advertencia: “Si no puedes gobernar tu casa, no pretendas gobernar un reino.”


En las sombras, algunos rostros observan, calculan, miden el tiempo. Saben que la limpieza significará perder aliados, pero también que no barrer será perderlo todo. El aire huele a traición y a miedo.


El tablero está listo. El movimiento tiene dos caminos: aferrarse a la comodidad de los palacios o regresar a la crudeza de las plazas. Y en política, como en los reinos, el invierno siempre llega… pero no siempre avisa.


martes, 29 de julio de 2025

Querétaro bajo la lupa: narrativa, hegemonía y escucha social en el duelo político entre Luisa Alcalde y Mauricio Kuri

 

“La escucha social no mide opiniones, mide emociones políticas. Y Kuri, hoy, está en el lado equivocado del relato.”



Política en tiempos de narrativas

La política contemporánea no se disputa únicamente en las urnas, en las calles o en los congresos. Se juega, con igual o mayor intensidad, en el territorio emocional de la ciudadanía, donde las narrativas estructuran la percepción pública del poder. En este nuevo ecosistema, la escucha social se ha convertido en una herramienta crucial para medir estados de ánimo, identificar rupturas simbólicas y anticipar escenarios de crisis. Pero también es un campo de batalla, donde se libran guerras invisibles entre significantes flotantes como “transparencia”, “corrupción”, “traición” o “rendición de cuentas”.


El reciente conflicto entre Luisa María Alcalde y Mauricio Kuri —originado por las críticas de la dirigente morenista respecto a supuestas propiedades no declaradas del gobernador en Texas— ofrece un caso paradigmático para explorar cómo se construye, se impone y se disputa una narrativa política, y cómo esa narrativa puede poner en riesgo la hegemonía simbólica de un actor tradicional en su propio territorio.


La teoría de la narrativa política: el arte de contar lo que importa

La narrativa política, según Walter Fisher, no es un recurso decorativo del discurso, sino su estructura más profunda. Los líderes políticos no persuaden con datos, sino con relatos que ofrecen sentido a una realidad percibida como caótica. En este caso, Luisa María Alcalde logró construir un relato emocionalmente coherente y verosímil: el de un gobernador panista beneficiado por la opacidad, símbolo de los privilegios de una élite que se niega a rendir cuentas.

La clave de esta narrativa no está en su veracidad jurídica, sino en su coherencia moral. Es sencilla, apela a valores universales (honestidad, transparencia, rendición de cuentas) y sintoniza con el sentimiento social de hartazgo hacia la corrupción. Aunque Kuri respondió con hechos —declaraciones patrimoniales, reconocimientos de la ASF, logros administrativos—, su narrativa fue reactiva. Y en política, quien responde, ya va perdiendo.


Gramsci y la hegemonía simbólica: quien impone el lenguaje, impone la realidad

Desde la teoría de la hegemonía política, desarrollada por Gramsci y reelaborada por Laclau y Mouffe, lo fundamental en política no es solo controlar el aparato institucional, sino dominar el lenguaje, los símbolos, los valores. Alcalde no solo lanzó una acusación: instaló un nuevo significante maestro —la “transparencia”— en el centro del debate político queretano. Y lo hizo en uno de los bastiones del PAN, donde ese partido había gozado de legitimidad simbólica durante décadas.


Este movimiento no es inocente. Al convertir la “opacidad” en un significante flotante que puede ser apropiado por Morena, Alcalde despoja al PAN de uno de sus activos simbólicos más valiosos: la imagen de orden, legalidad y gestión ética. Si logra consolidar esta resignificación, Morena podría presentarse, incluso en Querétaro, como el nuevo partido del orden moral, desplazando al panismo a una posición defensiva y anacrónica.


Agenda pública y escucha social: las emociones como campo de poder

El análisis de sentimiento en redes sociales tras la acusación de Alcalde muestra una polarización significativa: por un lado, defensores firmes de Kuri que apelan a su historial de transparencia; por otro, críticos que lo asocian con privilegios ocultos y corrupción sistémica. Esta división no es anecdótica: refleja una disputa profunda por el clima emocional del electorado. Y ese clima, como han demostrado estudios recientes en comunicación política, es más determinante en los procesos de persuasión que cualquier plataforma de gobierno.

Alcalde, al colocar el tema en la agenda pública, consiguió una doble victoria: obligó a Kuri a responder en sus términos y logró que los medios —tradicionales y digitales— replicaran el encuadre narrativo de Morena. Mientras tanto, la audiencia digital reconfiguró el relato a través de memes, hilos, videos virales y comentarios con carga emocional. La narrativa panista —basada en resultados de gobierno— fue desplazada por una narrativa afectiva que conecta con la sospecha ciudadana.


El error estratégico de Kuri: responder sin cambiar la historia

En lugar de redefinir la conversación, Mauricio Kuri eligió el camino de la rectificación. Su narrativa —centrada en hechos objetivos y en la defensa del orgullo queretano— no logró contrarrestar el marco emocional que Alcalde había instalado. Peor aún: al insistir en su transparencia, sin desmontar el relato alternativo, reforzó la sospecha simbólica. Como señalaría Sun Tzu, responder al enemigo en el terreno que él ha escogido es iniciar la batalla en desventaja.


Kuri debió disputar el encuadre narrativo, no los hechos. Y, en lugar de plantear un nuevo horizonte de significación, se encerró en una narrativa de defensa técnica que no resuena con el ciudadano medio, que no se siente convocado por cifras, sino por causas.


Proyecciones hacia 2027: la guerra por la hegemonía ya comenzó


Este episodio no es menor. En Querétaro, donde el PAN conserva aún ventaja electoral según encuestas como Rubrum, lo que se disputa no es una elección, sino el relato fundacional del futuro. Morena busca, mediante episodios como este, construir una narrativa de renovación moral, desmantelar los mitos de buena gestión panista y abrir una grieta en el sentido común dominante. Si logra conectar esa narrativa con el malestar social —aunque sea incipiente—, podría convertir su desventaja electoral en una oportunidad hegemónica.


En cambio, el PAN enfrenta el riesgo de quedar anclado a un relato de pasado exitoso que ya no moviliza. Su mayor error no sería perder votos, sino perder el relato que los justifica. Porque como señala Laclau, las elecciones no se ganan solo en las urnas, sino antes, en la imaginación colectiva.


Última escena: la batalla por el relato ya está en marcha

El duelo entre Luisa Alcalde y Mauricio Kuri no es un simple desencuentro discursivo: es un episodio de una batalla mayor por la hegemonía simbólica en Querétaro. Alcalde ha demostrado que Morena tiene la capacidad de disputar incluso los territorios más consolidados del PAN, no con clientelismo ni estructuras, sino con relatos potentes, emocionalmente articulados y éticamente verosímiles.

El panismo, si desea conservar su hegemonía, deberá dejar de pensar en términos de gestión y comenzar a construir narrativas que convoquen. Porque en la política de nuestro tiempo, no gobierna quien administra mejor, sino quien cuenta mejor la historia del futuro.