viernes, 12 de diciembre de 2025

El acuerdo como forma de poder


 “La política comienza donde termina la moral absoluta.” Max Weber


Cuando el poder baja la voz

Hay mañanas en las que la política se entiende mejor antes de que empiece el ruido. El café aún no hierve del todo, la ciudad sigue medio dormida y uno repasa mentalmente las jugadas recientes como si fueran movimientos en un tablero de ajedrez. En esos momentos se vuelve evidente una verdad incómoda: el poder no se ejerce solo desde el conflicto, también —y a veces sobre todo— desde el acuerdo.

La ratificación de Ernestina Godoy como fiscal general de la República, el pasado 3 de diciembre de 2025, con 97 votos a favor en el Senado, fue presentada como un acto estrictamente institucional. Y lo fue. Pero también fue un gesto político de alta densidad simbólica. Entre esos votos estuvieron los de los senadores de Querétaro. No fue casualidad. Fue una señal cuidadosamente emitida en un sistema donde, como advertía Norbert Elias, el poder rara vez se expresa de forma directa: suele circular, insinuarse y equilibrarse.

Como lo será, en cuestión de días, la aprobación sin sobresaltos del paquete económico del gobierno estatal antes del 15 de diciembre, fecha límite marcada por la ley. Ambos hechos no son episodios aislados. Forman parte de una misma racionalidad política: la del acuerdo como mecanismo de estabilización en contextos de alta polarización.


El acuerdo no es traición, es cálculo

Un acuerdo político no es una claudicación ideológica ni una concesión vergonzante. Es un pacto racional entre actores con poder efectivo para reducir la incertidumbre, administrar conflictos y preservar gobernabilidad. La teoría política clásica y contemporánea es clara en este punto. Maquiavelo lo planteó sin rodeos: quien gobierna debe aprender a no ser bueno cuando la conservación del orden lo exige. Weber, desde otra orilla, profundizó la idea al distinguir entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. Gobernar pertenece, inevitablemente, a la segunda.

Desde esta perspectiva, la relación entre la presidenta Claudia Sheinbaum y el gobernador Mauricio Kuri debe analizarse sin ingenuidad moral ni prejuicio partidista. No estamos ante una alianza ideológica, ni ante un pacto programático de largo plazo. Estamos ante un entendimiento estratégico entre dos actores que reconocen una verdad básica del realismo político: la cooperación limitada puede ser más rentable que el conflicto total.

Robert Dahl advertía que en las democracias modernas el poder nunca es absoluto, siempre es relacional. Nadie gobierna solo. Y cuando los centros de poder se bloquean mutuamente, el sistema entero paga el costo.


La Fiscalía, el presupuesto y la hegemonía

Para la presidenta Sheinbaum, la ratificación amplia de la fiscal general fortalece mucho más que una institución. Refuerza la legitimidad del Estado. En clave gramsciana, se trata de un movimiento orientado a consolidar hegemonía, entendida no como dominación pura, sino como dirección política aceptada. Una Fiscalía avalada por una mayoría calificada reduce la percepción de imposición y amplía el consenso mínimo necesario para que el aparato judicial funcione sin erosión constante.

Para el gobernador Kuri, la aprobación del paquete económico representa un movimiento igualmente racional. Evitar una crisis presupuestal en el cierre de su administración no solo garantiza continuidad administrativa; también preserva capital político. Giovanni Sartori insistía en que la estabilidad institucional es un valor democrático en sí mismo. Un presupuesto bloqueado habría abierto un escenario de parálisis que ninguna fuerza estaba en condiciones de capitalizar plenamente.

Aquí entra el papel del bloque de Morena en la Legislatura local. Un bloque que, no nos hagamos, históricamente ha mantenido vasos comunicantes con sectores del panismo. Hoy honrará los acuerdos no por sumisión, sino por lectura correcta del momento político. Como diría Gramsci, el “sentido común” no es espontáneo: se construye. Y hoy ese sentido común dicta que una crisis artificial sería políticamente irracional.


Gobernar sin incendiar el tablero

Sun Tzu sostenía que la mejor victoria es la que se obtiene sin combatir. Evitar el choque frontal entre Federación y estado, entre Morena y PAN, es una victoria estratégica compartida. La confrontación permanente produce rendimientos decrecientes: desgasta narrativas, erosiona instituciones y trivializa el conflicto.

Carl Schmitt veía la política como la distinción entre amigo y enemigo. Pero incluso desde esa visión dura, la enemistad absoluta conduce al colapso del orden. Las democracias modernas, como recuerda Chantal Mouffe, necesitan antagonismo, sí, pero un antagonismo canalizado institucionalmente. El acuerdo no elimina el conflicto; lo contiene dentro de reglas compartidas.

Los acuerdos que hoy se observan no anulan la competencia futura. La posponen. Preservan el tablero para que la disputa ocurra donde debe ocurrir: en las urnas, no en la parálisis gubernamental.


Cuando todos ganan, nadie gobierna solo

Existe una obsesión contemporánea por leer todo acuerdo como traición. Esa lógica responde más a la política-espectáculo que a la política real. La democracia no es una sucesión infinita de choques, sino un sistema para procesar diferencias sin destruir la estructura que las contiene.

En este episodio, Claudia Sheinbaum consolida autoridad nacional sin abrir frentes innecesarios. Mauricio Kuri garantiza gobernabilidad local sin dinamitar su relación con el centro. Morena actúa como fuerza de gobierno, no solo como fuerza testimonial. El PAN evita una crisis que no estaba en condiciones de convertir en ventaja estratégica. Todos ganan algo. Nadie lo gana todo. Esa es, precisamente, la definición clásica del acuerdo político funcional.


Epílogo. El poder que no hace ruido

Cuando el 15 de diciembre el paquete económico sea aprobado sin estridencias, muchos dirán que “todo estaba arreglado”. Probablemente. Pero la pregunta relevante no es si hubo arreglo, sino si ese arreglo fortaleció la estabilidad democrática y preservó la capacidad del Estado para gobernar.

El poder no siempre se grita. A veces se ejerce en voz baja, con acuerdos que no entusiasman, pero sostienen. En una democracia tensionada por la polarización, entender eso no es cinismo. Es, simplemente, teoría política aplicada a la realidad.


lunes, 24 de noviembre de 2025

La curva invisible: cuando el PAN celebra sus encuestas y pierde el poder sin darse cuenta

 


“Cuando un gobernante confunde aplausos con lealtades, la caída no llega por sorpresa: apenas confirma lo que el pueblo llevaba años murmurando.”  Raúl Reyes Gálvez



La política queretana despierta estos días con una sensación inquietante, casi como cuando uno prueba el café muy caliente y nota en la lengua ese ardor sutil que anuncia problemas. En teoría, el PAN aparece arriba en todas las encuestas que circulan —y ellos lo celebran como si fueran verdades reveladas—, pero en la realidad concreta, la que se siente en la calle, en el WhatsApp de las colonias, en los grupos empresariales y en los pasillos del Centro Cívico, la hegemonía panista está entrando en una fase que la literatura especializada conoce bien: el pico, la meseta… y la caída suave que casi nadie detecta a tiempo.


No es un invento mío. En estudios de ciencia política publicados en Electoral Studies, Party Politics y The Journal of Politics, se documenta un fenómeno recurrente: cuando un partido dominante llega a su máxima intención de voto sin ampliar base social y, simultáneamente, la percepción de rechazo permanece por encima del 50%, se activa la curva descendente.

Y lo más peligroso es que esa caída comienza cuando el partido todavía presume victoria.


Ahí está hoy el PAN de Querétaro.



Cuando las encuestas se vuelven espejos deformados

En teoría, las encuestas internas deberían ser una brújula.

En la práctica, cuando un partido está emocionalmente desgastado, se vuelven narcóticos: adormecen a la dirigencia, ralentizan las decisiones y generan la ilusión de control.


El panismo queretano vive exactamente eso.


Las mediciones que presentarán esta semana —las que dan una cómoda ventaja al PAN y colocan a Felifer a la cabeza de la contienda interna— no cuentan una historia de fuerza real, sino una de inercia estadística:


  • Más del 50% de rechazo hacia los candidatos “mejor posicionados”.
  • Cerca del 20% de indecisos, un océano de electores que jamás se define antes del último año, y que suele moverse a donde aparezca la alternativa fresca.
  • Una caída estructural del voto duro panista, irreemplazable con marketing electoral.



Pero el PAN decidió apostarlo todo a la numeraria.

Y ese es el error que los estudios sobre colapso de partidos tradicionales subrayan: cuando una organización se aferra a los números para negar la crisis interna, los números se convierten en su tumba narrativa.



El 2024 abrió la grieta: el 2025 la está ensanchando

El golpe electoral de 2024 no fue menor:


  • El PAN perdió la legislatura y quedó en minoría por primera vez en más de una década.
  • Morena avanzó con fuerza y ganó tres diputaciones federales, mientras el PAN apenas conservó dos de seis.
  • La capital se sostuvo por alianzas, no por músculo propio.



Los estrategas serios saben que esto activa un principio estudiado desde hace décadas: cuando el partido dominante deja de controlar el Legislativo, empieza su erosión emocional como maquinaria.


Y eso es justo lo que vemos en 2025.



El éxodo azul: cuando los aliados se cansan y los militantes se van

Primero ocurrió en cortito, en mesas privadas donde los liderazgos panistas hablaban de “cansancio”, “incumplimientos”, “desvíos de rumbo”.


Hoy ya sucede a plena luz del día.


  • Exmilitantes panistas avanzan hacia Movimiento Ciudadano.
  • Lideresas comunitarias que antes operaban para el PAN hoy denuncian abiertamente que no les cumplieron los acuerdos del 2024.
  • Exoperadores del blanquiazul suben videos criticando al partido por haberse convertido en “el nuevo PRIANismo”, entregando secretarías, regidurías y coordinaciones al PRI… justo a quienes antes los perseguían.



Lo que la teoría llama “fractura de élites”, aquí se vive con nombre: fuego amigo, reclamos en público, traiciones discretas.


Este tipo de quiebre genera un efecto inevitable: cuando tus propios liderazgos dejan de creer en ti, el votante lo huele.


Y se va.


Felifer y la tormenta perfecta

A Felifer Macías le está ocurriendo algo que cualquier manual de campaña advertiría: cuando te conviertes en el punto focal de todas las lealtades… también te conviertes en el punto focal de todas las traiciones.


No es solo su estilo de gobierno lo que está desgastando al PAN.

Es la suma:


  • La infraestructura urbana quebrada.
  • Los impuestos altos.
  • Los servicios caros.
  • La sensación extendida de que “vivir en Querétaro ya no alcanza”.
  • Empresarios cansados de clausuras que operan en silencio… pero operan.
  • Ciudadanía que pasa del respeto al fastidio.


Ese caldo emocional es el que genera líderes antiPAN: personajes que hace un año aún tenían trato cordial con el partido y hoy afilan cuchillo en redes sociales, en chats y en reuniones nocturnas.

Se dicen ciudadanos libres, pero tienen un objetivo: la alternancia en 2027.



Movimiento Ciudadano y el “efecto Armando Rivera”

La teoría lo explica:

Cuando un partido dominante entra en meseta y su rechazo aumenta, aparece un actor disruptivo que captura el voto cansado pero no radicalizado.


Ese actor, en Querétaro, se llama Armando Rivera.


Su llegada a MC no solo fortaleció al partido naranja; lo convirtió en una plataforma de exiliados panistas, empresarios prudentes, ciudadanos hartos y operadores que buscan futuro.


Lo más interesante es que su crecimiento, por ahora, no se nota tanto en las encuestas.

Y es normal: los fenómenos disruptivos tardan seis a nueve meses en expresarse plenamente en mediciones públicas.

Pero internamente, en el PAN, ya lo sienten, lo viven, pero no lo ven por la ceguera de la soberbia.


La curva de intención de voto del panismo está llegando a su punto máximo en 2025.


2026 será el año de la caída visible.


La última escena: La madre de todas las batallas

Lo que viene para 2027 no será una elección normal.

Será una guerra por la reconfiguración completa del sistema político queretano.


Un PAN desgastado y dividido.

Un Morena que huele sangre y quiere capitalizar la ruptura emocional.

Un MC que atrae a los exiliados y se vende como la opción fresca.

Empresarios moviéndose con cautela.

Liderazgos ciudadanos cansados de la soberbia azul.

Y una ciudadanía que ya no compra discursos de “continuidad”, sino de “cambio real”.


El PAN apuesta todas sus fichas a las encuestas.

Pero los estrategas sabemos que las encuestas no ganan elecciones.

Las emociones sí.

Y hoy, la emoción dominante en Querétaro es el hartazgo.


Lo digo sin dramatismo, sino con precisión técnica:

El PAN ya llegó a su pico.

Está en la meseta.

La caída ya inició —lenta, silenciosa, inevitable—. Y 2026 será el año en que todos finjan sorpresa por algo que estaba escrito desde ahora.


Bienvenidos a la madre de todas las batallas: La batalla por la narrativa, por el territorio, por el voto emocional y por el futuro político de Querétaro.


Y como diría Maquiavelo, con esa frialdad quirúrgica que tanto incomoda:“Los hombres olvidan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio.”


Pues bien: la ciudadanía ya siente que el panismo le está costando demasiado.


domingo, 23 de noviembre de 2025

Si no viralizas, no existes: el político atrapado en el algoritmo

 


“En la guerra del algoritmo, la invisibilidad es muerte. Un líder que no viraliza, no confronta, no polariza ni desgasta, ha perdido antes de formar su ejército.” Estrategia adaptada del espíritu de Sun Tzu




Hay noches en que cierro la Mac, pero antes paso por el ritual inevitable: monitoreo intensivo de social listening. Analizo métricas clave en tiempo real, detecto tendencias y picos de conversación al instante, mido sentimiento y share of voice, y anticipo crisis o virales con horas de ventaja. Reviso dashboards que parecen electrocardiogramas del ánimo público; veo cómo ciertos relatos crecen como incendios y otros se apagan sin dejar rastro. Cruzo emociones, hashtags, territorios. Y aun así, cuando termino, me quedo con el celular en la mano, scrolleando como cualquier ciudadano.


Ahí, cuando el timeline dicta la táctica del día, la política se desnuda: no gana el que gobierna mejor, gana el que aparece más. Y casi siempre aparece el que domina el ruido, el que lanza el primer golpe, el que convierte la indignación en arma.


De esa constatación nace la hipótesis que incomoda:

“si no viralizas, no confrontas, no polarizas, no desgastas, no eres el político de esta etapa.”

No es altanería. Es, como diría Sun Tzu, reconocer el terreno en el que toca librar la guerra.



De los discursos al “mundo narrativo”: dominar el campo donde se libra la contienda


Jenkins habló de narrativa transmedia; Sun Tzu habría dicho:

“Conoce todos los caminos por los que puede fluir el relato, y el relato será tuyo.”


Hoy, la política que importa no vive en un solo medio. Se expande como un imperio narrativo:


  • clips en TikTok,
  • memes que viajan de WhatsApp a Facebook,
  • hilos estratégicos en X,
  • lives improvisados,
  • notas digitales que legitiman lo que ya explotó en redes.



No son piezas aisladas: son flancos de batalla, recursos tácticos para avanzar o resistir, para marcar agenda o desviar fuego enemigo.

En este tablero, si tu relato no se expande, tu ejército no avanza.



El sistema híbrido: el poder ya no está en el cargo, sino en el campo donde te ve la gente


Sun Tzu repetía que ningún general victorioso ignora el terreno.

Hoy, ese terreno es híbrido: una mezcla de medios tradicionales y plataformas digitales que operan según lógicas implacables.


La televisión ya no dicta la agenda, apenas lee el parte de guerra que salió de X.

El verdadero poder no es institucional: es algorítmico.


Quien domina el flujo digital puede:


  • imponer el tema del día,
  • moldear percepciones,
  • arrinconar adversarios,
  • movilizar con una frase.



Un gobernador puede hablar desde el podio;

un regidor viral puede arrebatarle la narrativa antes del mediodía.

Eso, en lenguaje Sun Tzu, es “tomar el campo antes de que el rival despierte.”



Viralidad: el algoritmo premia la emoción como arma


Los estudios lo confirman: la viralidad política no recompensa la prudencia, sino la emoción intensa.


Se viraliza lo que:


  • indigna (arma de choque),
  • ridiculiza (arma psicológica),
  • entusiasma (arma de motivación),
  • simplifica (golpe rápido).



Los memes políticos son proyectiles simbólicos: encapsulan un frame y lo lanzan sin aviso.

Sun Tzu habría celebrado esa eficiencia:

“Ataca la mente del enemigo antes que su fuerza.”


La viralidad hace exactamente eso: vence el ánimo del adversario antes de que pueda responder.



Confrontación, polarización, desgaste: las nuevas reglas del combate


La segunda parte de la hipótesis es todavía más táctica:

“si no confrontas, no polarizas, no desgastas…”.


La política digital es una guerra emocional. No chocan ideas: chocan identidades.

Las plataformas amplifican esa tensión hasta convertir cada debate en una batalla campal.


Quien domina este campo:


  • define enemigos,
  • marca territorios identitarios,
  • desgasta con ataques a baja intensidad,
  • vuelve vulnerabilidad ajena en munición constante.



Pero Sun Tzu advertía:

“Ningún ejército, por fuerte que sea, resiste una guerra prolongada.”


Desgastar al otro implica también desgastar al propio general.

El costo emocional es inevitable.



¿Condición necesaria o senda hacia la autodestrucción?


La evidencia es clara como un parte de guerra:

Quien no viraliza, no existe.

Quien no confronta, no aparece.

Quien no polariza, no convoca.

Quien no desgasta, no domina agenda.


Pero aceptar esta lógica sin reservas es perder la guerra más importante: la del largo plazo.


Sun Tzu lo diría así:

“La victoria total exige saber cuándo luchar y cuándo no.”


No se trata de huir del campo digital, sino de no convertirse en esclavo de él.



Última escena: el político que no aparece


Lo cuento desde la trinchera.

Una mañana, café en mano, abro el panel de escucha digital de un gobierno local.

La gráfica del alcalde es un desierto: ondas planas, silencio absoluto. Trabaja, inaugura, resuelve… pero no viraliza.


En política, el silencio no es calma: es margen de derrota.


En la pantalla contigua, la gráfica de un regidor estridente dibuja cordilleras: picos, incendios, memes que suben y bajan como guerrillas en la montaña. Lo aman y lo odian, pero nadie puede ignorarlo.


El alcalde me dice, con voz honesta:

—Yo no quiero gobernar a base de escándalos.


Lo respeto. Pero el terreno es el que es.

Le respondo con la severidad estratégica que exige Sun Tzu:

—Si no peleas tu espacio en el relato, otros ocuparán tu campo… y te borrarán del mapa.


Esta es la paradoja cruel de nuestro tiempo:

el político que rehúye la viralidad se vuelve fantasma;

el que se entrega sin límites al algoritmo se vuelve incendiario sin ejército.


Entre ambos extremos se juega la verdadera estrategia.

No basta gobernar.

Hay que dominar el campo donde se libra hoy la guerra:

el terreno invisible, feroz y movedizo del algoritmo.


Y hacerlo ―como enseñaba Sun Tzu― sin perder la cabeza ni el alma.