lunes, 29 de septiembre de 2025

Estados Unidos: de la democracia vigilada al estado policiaco

 


El 28 de septiembre de 2025, en pleno centro de Chicago, un repartidor en bicicleta logró escapar de una redada del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). La escena, filmada y viralizada en cuestión de horas, parece salida de una sátira política: diez agentes federales corriendo tras un ciclista que, zigzagueando con rabia, logra burlarlos y desaparecer entre las calles. Pero lo que podría tomarse como un simple episodio anecdótico condensa una verdad inquietante: Estados Unidos se desliza a toda velocidad hacia un estado policiaco donde las libertades se reducen y el miedo se normaliza como forma de gobierno.



El espectáculo del poder



La redada en Chicago no es solo un acto administrativo de control migratorio; es, sobre todo, un espectáculo político. Michel Foucault lo explicaba con precisión: el poder no necesita únicamente prohibir, también debe mostrarse, teatralizarse, para que su efecto disciplinario penetre en los cuerpos y en las conciencias. Diez agentes contra un ciclista no es eficiencia, es demostración de fuerza. No buscan detener solo a ese trabajador inmigrante, buscan enviar un mensaje a millones: “podemos perseguirte en cualquier calle, a cualquier hora”.


El episodio se convierte así en pedagogía del miedo. El inmigrante que trabaja, el vecino que protesta, el ciudadano que observa, todos aprenden la misma lección: el Estado vigila y castiga. La metáfora es evidente: la bicicleta representa la precariedad y la libertad al mismo tiempo; la persecución, la maquinaria sobredimensionada del Leviatán.



El estado de excepción como norma



Giorgio Agamben advertía que el “estado de excepción” —ese momento en que la ley se suspende para preservar el orden— se ha convertido en regla en las democracias contemporáneas. Estados Unidos, bajo las políticas de redadas masivas impulsadas por Donald Trump, ejemplifica esta deriva. El migrante deja de ser persona con derechos y se convierte en “vida desnuda”: un cuerpo que puede ser detenido, expulsado o perseguido sin que las garantías constitucionales se apliquen plenamente.


Lo que ocurrió en Chicago no es una anomalía; es la normalización del estado de excepción. Barrios enteros se transforman en zonas militarizadas, donde el ICE, la policía local y cuerpos federales operan como si se tratara de territorios en guerra.



Una guerra civil molecular



Michael Hardt y Antonio Negri, en Multitud, sostienen que las guerras del presente ya no son convencionales, sino difusas, capilares, “moleculares”. No se libran en frentes delimitados, sino en cada esquina, en cada casa, en cada cuerpo. La persecución al ciclista es la imagen de esa guerra civil larvada: el Estado contra su propia población, bajo el pretexto de seguridad.


Lo que debería ser la defensa de derechos ciudadanos se transforma en la criminalización de la pobreza y la extranjería. Y cuando el Estado convierte a sus propios trabajadores en enemigos internos, el conflicto deja de ser coyuntural y se convierte en estructural.



Hegemonía en crisis



Antonio Gramsci enseñaba que la hegemonía no se sostiene solo en la coerción, sino en el consenso. El sueño americano, durante décadas, funcionó como mito articulador: la promesa de que, con esfuerzo, cualquiera podía prosperar. Pero cuando ese mito se erosiona —por desigualdad, racismo y violencia estatal—, el consenso se rompe. Entonces, al sistema no le queda más que recurrir a la fuerza desnuda.


La persecución del ciclista y las protestas espontáneas en Chicago son síntomas de esa fractura: una hegemonía que ya no convence y que solo puede imponerse con redadas y persecuciones.



Conclusión: la bicicleta contra el Leviatán



El ciclista que escapó en zigzag no fue solo un hombre que logró burlar a sus perseguidores. Fue la encarnación de una metáfora política: la precariedad pedaleando contra el aparato monstruoso de un Estado que ha olvidado que su función no es cazar, sino proteger.


Estados Unidos enfrenta una disyuntiva histórica: o corrige la deriva hacia un estado policiaco que devora libertades, o se precipita hacia una guerra civil silenciosa donde la excepción se convierte en la única regla. El episodio de Chicago nos recuerda que incluso el Leviatán puede ser ridiculizado por una bicicleta, pero también que un imperio que persigue a sus propios trabajadores ha comenzado a cavar su propia tumba democrática.


El costo de tensar la cuerda: el Partido Verde entre Washington y Palacio Nacional

 





“El arte de la guerra se basa en el engaño… Si el oponente es arrogante, fomenta su egoísmo; si está unido, siembra la disensión.” — Sun Tzu


La política mexicana suele parecer un tablero de ajedrez, donde las piezas menores definen, con sus movimientos calculados o erráticos, el destino de la partida . El reciente retiro del visado estadounidense al diputado federal Mario López Hernández, “La Borrega”, militante del Partido Verde Ecologista de México (PVEM), es uno de esos episodios aparentemente menores que, sin embargo, desatan ondas expansivas en las coordenadas de poder. El hecho ha colocado al Verde en una situación incómoda: atrapado entre la expectativa de ampliar su influencia electoral en 2027 y la necesidad de mantener prudencia para no tensar innecesariamente sus relaciones con la presidenta Claudia Sheinbaum ni con Washington.


La cautela como reflejo de supervivencia

La dirigencia del PVEM reaccionó con cautela tras la cancelación del visado de López. No hubo declaraciones estridentes ni gestos de confrontación. El silencio, en este caso, es una estrategia: evitar agravar la polémica y mantener bajo perfil para no comprometer la relación con Palacio Nacional ni con Estados Unidos. En el Verde se entiende que un conflicto diplomático con Washington —que ejerce influencia en migración, seguridad y cooperación internacional— podría tener un costo mayor que cualquier ganancia política.


Más aún, dentro del partido se percibe este episodio como un llamado a la prudencia. El mensaje implícito es que la confrontación abierta no solo enfriaría sus reclamos de candidaturas, sino que podría exponer al Verde a una presión internacional que desborde sus capacidades de control narrativo.


Tensión con Morena: la disputa por las gubernaturas

Lo más significativo es que este incidente se suma a una tensión creciente entre el Verde y Morena. En varios estados, la dirigencia verde ha buscado ampliar su margen de negociación demandando más candidaturas a gubernaturas para 2027. Esa presión ha sido vista en Palacio Nacional como un gesto de deslealtad que amenaza la unidad de la coalición.


En términos ajedrecísticos, el Verde intenta avanzar como un peón pasado en busca de coronarse en posiciones estratégicas. Pero ese avance arriesga fracturar la coalición y exponerlo a un jaque de su propio aliado principal. Sheinbaum, cuya prioridad es preservar la hegemonía electoral, no puede tolerar que un socio menor condicione su agenda con amagos que, además, generan ruido en la relación bilateral con Estados Unidos.


El escándalo como frontera de poder

Gramsci enseñaba que la hegemonía se sostiene en consensos más que en imposiciones. La narrativa verde, basada en su utilidad como socio parlamentario, se erosiona cuando la opinión pública asocia al partido con episodios de fragilidad o con riesgos diplomáticos. La cancelación del visado no constituye un escándalo mayor, pero sí marca un límite: expone al partido a un terreno en el que no puede jugar con la misma soltura que en el ámbito interno.


El Verde, que ha hecho de la negociación su identidad, descubre que las jugadas de alto riesgo tienen consecuencias. Protagonizar conflictos con un actor como Estados Unidos puede transformar la flexibilidad en vulnerabilidad.


Prudencia, cálculo y supervivencia electoral

La reacción de la dirigencia verde —mantener la calma, evitar declaraciones y enfriar las exigencias de candidaturas— se explica por esta lógica de supervivencia. No es momento de exhibir músculo, sino de recalibrar su posición como aliado indispensable.


La lección de Sun Tzu es clara: la victoria completa se alcanza cuando se vence sin luchar. Para el Verde, eso implica mostrar utilidad en el Congreso, aportar votos y estructura electoral en estados clave, pero sin generar tensiones que desestabilicen ni a la presidencia ni a la relación bilateral.


Epílogo: entre la expansión y el repliegue

El caso de Mario López Hernández no es un simple problema administrativo: es un espejo que refleja las tensiones estructurales del PVEM. De un lado, el deseo de ampliar su poder con más candidaturas a gubernaturas; del otro, la necesidad de no romper la armonía con Morena ni abrir un frente con Washington.


El Verde, acostumbrado a moverse como caballo impredecible en el tablero político, enfrenta ahora la necesidad de jugar como torre: firme, predecible, disciplinada. Porque en este punto, tensar la cuerda más de lo debido puede convertirlo en pieza sacrificable para el jaque mate de 2027.


viernes, 12 de septiembre de 2025

El error del “todo o nada”: el Batán y la estrategia fallida del PAN

 


“El que no mide sus fuerzas, se precipita en la derrota.” Sun Tzu, El arte de la guerra



El absolutismo como error político

En la historia de la teoría política, una constante advertencia aparece una y otra vez: la política no es un salto al vacío, sino un arte de equilibrios. Tanto Maquiavelo como Sun Tzu coincidían en que la supervivencia del poder depende menos de la audacia desbordada que de la prudencia calculada. El florentino advertía que el príncipe que confunde lo que debe ser con lo que es “aprende antes la manera de la autodestrucción que la de la autoconservación” . El estratega chino, por su parte, señalaba que un ejército derrotado es aquel que “lucha primero e intenta obtener la victoria después” .


Ambos coinciden en un principio fundamental: en política, el “todo o nada” es una trampa. Apostar todo a una sola carta no es signo de valentía, sino de rigidez; no es un despliegue de fuerza, sino una confesión de desesperación. En el terreno psicológico, este absolutismo refleja incapacidad de tolerar la ambigüedad, rechazo a la negociación y obsesión con el control. Y en el plano político, clausura los márgenes de maniobra, erosiona alianzas y convierte un problema concreto en una crisis existencial.


El caso del proyecto hídrico de El Batán en Querétaro encarna este error con claridad. El PAN, en lugar de construir un consenso amplio, optó por defenderlo como si se tratara de una cruzada civilizatoria: o todo o nada. El resultado fue el peor: nada.



El Batán: de promesa técnica a cadáver político

Cuando el gobernador Mauricio Kuri declaró públicamente que El Batán estaba “muerto”, la frase resonó como epitafio de una estrategia fallida. Lo que fue presentado como un megaproyecto destinado a garantizar agua para 50 años terminó convertido en un símbolo de derrota.


Martín Arango, dirigente estatal del PAN, sostuvo que se trataba de una obra respaldada por expertos y necesaria para la viabilidad hídrica. Guillermo Vega, desde el Congreso, culpó a Morena del estancamiento. Gerardo Ángeles, presidente de la Mesa Directiva, insistió en que aún había espacio para el diálogo. Pero todas esas voces compartían la misma premisa: el Batán no era negociable, sino indispensable.


El error fue doble. Primero, porque subestimaron el rechazo social. Colectivos ciudadanos y especialistas señalaron riesgos ambientales, dudas técnicas y posibles impactos en la salud. En lugar de atender esas críticas, el PAN respondió con una narrativa de acusación: quienes se oponían eran enemigos del desarrollo. Esa descalificación cerró los puentes que podrían haber construido un consenso.


Segundo, porque sobreestimaron su capacidad legislativa. El PAN asumió que podría convencer —o incluso comprar— votos en el Congreso para garantizar la aprobación. Pero en lugar de fracturar a la 4T, fortaleció su cohesión: los legisladores morenistas encontraron en la oposición al Batán un punto de unidad, una bandera común que reforzó su disciplina interna.



El ajedrez político y el zugzwang panista

El ajedrez político ofrece una metáfora poderosa: el zugzwang, esa situación en la que cualquier movimiento empeora la posición . Así está hoy el PAN. Si insiste en resucitar El Batán, enfrenta el rechazo ciudadano y la oposición legislativa. Si lo abandona, reconoce una derrota que debilita a su gobernador y desgasta su narrativa de gestión.


Este es el costo del absolutismo: convertir un proyecto técnico en un dilema existencial. En términos narrativos, El Batán ya no es una obra hídrica, sino un cadáver político que simboliza soberbia, desconexión ciudadana e incapacidad de negociación.


El “todo o nada” transformó lo que pudo ser una política pública en una guerra simbólica. Y en esa guerra, el PAN salió perdiendo: su proyecto murió antes de nacer, y su adversario político logró cohesionarse.



Morena y la paradoja de la unidad

Uno de los efectos más visibles de esta crisis es la inesperada cohesión de Morena en Querétaro. El PAN apostaba a que la presión legislativa fracturaría a la 4T. Pero ocurrió lo contrario: el rechazo al Batán operó como cemento político. En la lógica gramsciana, el PAN perdió la batalla por la hegemonía simbólica. No logró convencer de que el proyecto era “agua para la vida”, mientras que Morena sí logró instalar la narrativa de que se trataba de un “proyecto de muerte”, cargado de endeudamiento y riesgos sanitarios.


La paradoja es clara: un proyecto diseñado para ser la gran obra panista terminó funcionando como mecanismo de cohesión morenista. En lugar de debilitar al adversario, fortaleció su unidad interna y lo dotó de una bandera política que será utilizada en la disputa de 2027.



La escucha social: el eco digital del rechazo

En las redes sociales, el proyecto hídrico El Batán ha enfrentado una resistencia tan intensa como transversal. Bajo el hashtag #NoAlBatán, ciudadanos expresan miedo, indignación y desconfianza. Los señalamientos más repetidos apuntan al riesgo sanitario de consumir agua tratada, descrita como “agua del drenaje”, lo que cristaliza un rechazo visceral difícil de revertir. A ello se suma la crítica a la falta de transparencia: la ciudadanía percibe que se les negó información suficiente y que incluso se bloquearon espacios de participación en el Congreso. Las dudas técnicas y financieras, amplificadas por académicos y colectivos, han erosionado la credibilidad del proyecto, mientras la movilización ciudadana se articula en peticiones, foros y protestas digitales que han hecho visible un hartazgo social. La escucha social muestra que el Batán no solo fracasó en el terreno institucional, sino también en el simbólico: perdió la narrativa en la arena donde hoy se libra gran parte de la política, las redes digitales.



Un error estratégico rumbo al 2027

La política es acumulación de fuerzas, no un sprint hacia el abismo. El Batán debía ser, para el PAN, un instrumento de legitimidad de gestión rumbo a 2027. En cambio, se convirtió en un lastre narrativo.


El “todo o nada” los dejó sin margen: no supieron presentar alternativas, no tejieron consensos, no midieron la resistencia social. Y ahora pagan el costo de haber convertido la política del agua en una batalla ideológica perdida.


Este error estratégico tiene consecuencias profundas:


  • Debilita la imagen de Mauricio Kuri como líder capaz de construir acuerdos.
  • Expone a los liderazgos panistas como soberbios e inflexibles.
  • Fortalece la narrativa de Morena como defensora del interés social.
  • Coloca al PAN en posición defensiva rumbo al 2027, sin una bandera clara que le devuelva iniciativa.



El ajedrez político enseña que un mal movimiento en el medio juego puede hipotecar toda la partida . El PAN en Querétaro cometió ese error: sacrificó su propia posición por insistir en un proyecto innegociable, y ahora enfrenta un tablero adverso.



Epílogo: la locura del “todo o nada”

El “todo o nada” no es estrategia: es un síntoma de desesperación. Psicológicamente, refleja rigidez y obsesión; políticamente, clausura los márgenes de negociación y conduce al aislamiento.


El Batán quedará en la memoria política de Querétaro no como un proyecto hídrico, sino como el monumento a un error estratégico. El PAN apostó todo a una jugada y perdió. En el tablero rumbo a 2027, esa derrota puede costarles no solo un proyecto, sino la partida completa.


Como diría Maquiavelo, la prudencia está en “tomar por bueno el menos malo de los obstáculos” . El PAN eligió el peor: el absolutismo. Y en política, ese camino rara vez conduce a la victoria.


martes, 26 de agosto de 2025

El Mayo, Washington y la soberanía en ruinas

 



“El Mayo confesó, Washington aplaudió… y México quedó desnudo: narco, poder y soberanía en ruinas.”


El 25 de agosto de 2025 no fue un lunes cualquiera. Fue un lunes negro. Ese día, Ismael “El Mayo” Zambada, uno de los hombres más buscados en la historia del narcotráfico, se declaró culpable en una corte de Nueva York. No lo hizo en México, no fue un tribunal mexicano el que escuchó sus confesiones sobre toneladas de droga traficada, sobre sobornos a policías, militares y políticos. Fue Estados Unidos quien se arrogó el derecho de juzgarlo, quien retuvo los bienes y quien exhibió ante el mundo lo que aquí siempre supimos, pero rara vez se quiso reconocer: que México tiene una narcopolítica incrustada hasta la médula.


El problema no es solo Zambada. El problema es lo que revela su confesión: un Estado que entregó su soberanía judicial, que se resignó a mirar cómo el vecino del norte se queda con los capos y con sus fortunas, mientras en territorio mexicano quedan los muertos, las viudas y los huérfanos. Más de 1,500 vidas se apagaron en Sinaloa tras su captura y extradición. La ecuación es insultante: ellos obtienen resultados, nosotros acumulamos cadáveres.



La nueva narrativa de Sheinbaum: continuidad o ruptura



Claudia Sheinbaum ha intentado diferenciarse de Andrés Manuel López Obrador en el terreno de la relación bilateral. Mientras su antecesor se enredaba en desplantes retóricos contra Donald Trump, ella ha optado por una diplomacia pragmática: resultados, no discursos. Lo deja ver en su cálculo inmediato: entregar capos, exhibir operativos y ganar oxígeno frente a las presiones de Washington.


El respaldo de la fiscal general estadounidense, Pam Bondi, a la administración mexicana no es gratuito. Washington necesita mostrar que la guerra contra las drogas sigue viva y que la Casa Blanca de Trump puede presumir logros históricos en la captura de líderes criminales. A cambio, Sheinbaum consigue lo que considera un respiro en otras áreas: la negociación del T-MEC, la contención de las voces trumpistas que claman por operaciones militares en suelo mexicano, y un margen político para evitar embestir directamente contra gobernadores o senadores de su propio partido vinculados al narco.


Pero aquí se abre la grieta narrativa: ¿puede un gobierno que se proclama como la cuarta transformación de México sostener un discurso de soberanía, cuando la justicia contra los capos se libra en cortes extranjeras? ¿Puede hablar de ruptura histórica con el pasado cuando repite la misma lógica de entregar a Estados Unidos a quienes deberían ser juzgados en territorio nacional?



El juego político: arrestos diferidos y sacrificios calculados


En Palacio Nacional existe la creencia de que los arrestos pueden dosificarse. Primero Iván Archibaldo Guzmán, pieza de cambio para demostrar eficacia y contener a Trump. Después, eventualmente, algún político menor para simular mano dura. Lo que se busca evitar es lo inminente: que las investigaciones estadounidenses terminen alcanzando a figuras centrales del oficialismo, como gobernadores o líderes legislativos.


Es la política como ajedrez: sacrificar peones para salvar a la reina. Pero en este juego, las reglas no las dicta México, sino Washington. La visita confirmada de Marco Rubio en septiembre es prueba de ello: Estados Unidos marca los tiempos y los temas. Y el gobierno mexicano, atrapado entre la necesidad de sobrevivir políticamente y el miedo a exhibir su propia narcopolítica, acepta el rol de socio menor en un tablero que debería disputar con dignidad.



La teoría política de la corrupción aplicada a México



La corrupción, decía Karl Popper, no es solo un abuso de poder sino un quiebre del pacto social que sostiene a la democracia. Cuando la corrupción se convierte en sistema, el Estado deja de ser garante del interés público y pasa a ser operador de intereses privados. Eso es lo que revela el caso Zambada: que el narcotráfico y la política mexicana no son mundos paralelos, sino vasos comunicantes.


La lista de once políticos —gobernadores en funciones, exmandatarios, fiscales, jueces— vinculados por investigaciones periodísticas con distintos cárteles confirma que el fenómeno no tiene color partidista: es transversal. Y la confesión de El Mayo ante un tribunal extranjero le da a esa lista un peso que ninguna declaración presidencial puede neutralizar.


México queda así expuesto en el escenario internacional: como un país que no controla a sus criminales, que no juzga a sus corruptos y que permite que otro Estado haga el trabajo. El costo no es solo simbólico: es la erosión de la legitimidad interna y la fragilidad de la narrativa soberana.



La herida de la soberanía


El triunfo que Estados Unidos presume tiene un lado oscuro: el injerencismo. Zambada no cayó por la fortaleza institucional de México, sino por una operación avalada y orquestada desde Washington. El resultado es una herida profunda en la soberanía.


La presidenta puede aprobar nuevas leyes, puede reorganizar el Poder Judicial, puede intentar construir un discurso distinto. Pero nada borrará la imagen de un capo mexicano confesando ante un juez extranjero lo que los jueces mexicanos nunca escucharon. Nada borrará la evidencia de que la justicia, cuando se trata de los grandes peces, no ocurre aquí, sino allá.



Última escena: el teatro de la justicia



Imagino la última escena como un teatro invertido. En Nueva York, un juez estadounidense dicta sentencia contra un hombre que durante medio siglo fue el fantasma del narco. En México, los políticos se observan en silencio, midiendo sus palabras, temiendo que el eco de esas confesiones los alcance. Afuera, la sociedad se pregunta cómo fue posible que un Estado entero funcionara tanto tiempo al servicio de un criminal.


Lo dramático es que no es solo la historia de Zambada: es la historia de México expuesta ante el mundo. Washington presume justicia, la 4T presume pragmatismo, y el país queda desnudo, sin soberanía judicial, con un sistema político señalado y con la mancha indeleble de la narcopolítica.


Ese es el verdadero desafío de Sheinbaum: romper no con la retórica de su antecesor, sino con los hechos que hoy la igualan. Porque si México no puede juzgar a sus propios criminales, la promesa de transformación queda reducida a simulacro. Y un país que convierte la justicia en espectáculo ajeno es un país que sigue siendo rehén de su propia sombra.